- Es cierto que el ganador en una contienda debe mostrar compasión y en cierto modo reincorporación del enemigo en un espacio común de recapitulación y acatamiento en vez de venganza terapéutica, saña y regocijo preventivo de futuros desordenes. Tan dura verdad es esa como la insostenible esencia lacayuna del torticero narcisista arruinado que profesa libre y autocomplacida obediencia sádica hacia los mismos que le dieron fe, un yo, comida y fracaso: de nada sirven ya las muestras de una renovada soberbia y arrogancia política entre los escombros humeantes de un viejo calor y fulgor belicoso, a sabiendas de que sólo en Cataluña héroes y víctimas son la misma cosa, la misma plasta de moniato enverdecida. Resulta difícil imaginar que tras una iluminada noche de tahúres, pitonisas, ilusionistas, excéntricos feriantes y gitanas de ojos verdes, se levantaran en tropel a la mañana siguiente, y con el realismo de la primera luz del día, como seres que todavía persiguen de inmediato continuar los salvajes impulsos lúdicos y recreativos de la mágica noche; bien saben estos seres apasionados y apasionantes, que sólo mediante la rutina zozobrante y aplastante del día después, la semana gris o los meses de niebla posteriores a la gran fiesta, llegan los minutos de gloria que anteceden a la siguiente noche de felicidad y despreocupación, bien saben, sometidos como están a la razón del suelo y el neumático, que sólo en la posibilidad de interrupción y discontinuidad de la noche eterna tiene sentido su oscuridad y su habitabilidad. Sin embargo, esos catalanes, siguen en esa continuidad de locos entre la noche y el día, sin ventanas.
- Tengo la sensación que sólo escribo sobre, por y para locos, y ,¡ah!, claro, también sólo para curarnos, Teresa: << ¡Qué me dices!, por supuesto que sí, los nacionalistas y los pedófilos son la misma clase de hombres: hay que respetarles por lo que son, ¡quia!, pero en absoluto por lo que hacen, sus extravagantes y en ocasiones criminales costumbres; tiene razón don Arcadi (...) Es así, Teresa, nos molesta su misma presencia, ese olor a leche regurgitada, pero son las prácticas pedófilas y nacionalistas las que resultan violentas e indecentes, no su existencia, molesta, tediosa... sino su... acontecer, infame y regresivo. Ambos, son víctimas también de si mismos, de su ruina personal y su devastación intelectual; ya sé que piensas como yo Teresa, porque siempre los hemos tratado con la compasión culpable que se tiene hacia los buenos hombres poseídos por el demonio, esa condescendencia hacia el mal inconsciente. Qué suerte verte y hablarte así, así, Teresa, como si no hubiera nadie. >>
Primeras horas del año 2018 en casa del escritor J. Jorge Sánchez y su encantadora familia. Más allá de su calidez y amabilidad, ¡y del dulce fuego de una bebida soviética!, se dijeron cosas de sumo interés filosófico y humano, pero sólo una encaja perfectamente en este espacio para crear vidas de papel. Se planteó un problema fundamental de la escritura biográfica, tras derivar el debate del evidente descenso de la violencia en nuestro presente histórico planteado por Pinker (y también clave para valorar y analizar el efecto de la violencia física y efectiva en contraposición a la constrictiva y estructural; ya se hablará de eso en otro momento...): ¿todas las vidas valen lo mismo? El escritor Sánchez sostenía que desde un punto de vista moral (y habría que añadir el asunto estético y su compleja pero segura relación con lo ético) todas las vidas valen lo mismo; yo, tengo serias y decisivas dudas, aunque apelé erróneamente, provocativamente, a argumentos populistas del tipo: ¿la vida de Hitler vale lo mismo que la del judío gaseado? Sigo atrapado en, quizá, ese atroz y grosero populismo. Yo no creo que todas las vidas valgan lo mismo, aunque tampoco estoy dispuesto a pensar fuera del perímetro moral (que tiene que ser el de la razón) para sostenerlo; si la moral fuera eso que dice Jorge, si condujera a eso que me parece tan contraintuitivo, lo acataría sin mayores problemas, con la satisfacción y tranquilidad de acercarme al paradójico bálsamo de la verdad.
Sin embargo, no puedo dejar de pensar en el error del todismo, y en si no guardará alguna relación de vacío de significado el "todas las vidas valen lo mismo", con el "todos fueron culpables", y entonces nadie fue culpable de nada; del mismo modo, si las vidas son todas iguales, la vida no vale nada; parece algo precario, sustituible, andrajoso, sin mucho valor, supeditado y subordinado a la geometría de la gran Historia anónima y sin rostro, algo ad hoc para confeccionar estadísticas, desprovisto en definitiva de toda relevancia y significación moral fuerte; pues al igual que la luz, quizá la moral sólo brille entre las sombras. Me extraña poder decir todo esto, pues he leído en lo de Jorge, en el cuaderno digital Bajo la Lluvia, algún que otro texto en contra de estas totalizaciones ontológicas y morales, en contra del "todos somos responsables de todo y ante todos", el "todo esta relacionado con todo" y cosas así. Cabe pensar que mi comparación todista no es exacta. Pero esta mañana, tras la música metálica y láser de los locales de fin de año en Gràcia, mientras me lavaba los dientes para empezar el primero de todos los días, no podía abandonar la idea de este insistente y tenaz vínculo del "todas las vidas valen lo mismo" con el error analítico del todismo. En cualquier caso, y dejando esto para otro día, la escritura subjetiva debe encararse ante todas las vidas de los hombres del mismo modo conceptual; asumiendo que el modo en que conciba el valor moral, intelectual y estético de las distintas vidas será decisivo para la obra en construcción que pretende ser un simulacro, una prolongación, más o menos artificiosa, de la vida misma, y deberá responder, directa o indirectamente, qué vale la vida humana biografiada y qué valen las demás vidas de su tiempo.
La finalidad real de toda escritura biográfica es hacer de la vida algo absolutamente comprensible como obra, es decir, como objeto contemplativo exteriorizado, pero no ajeno ni extraño, cuya expresión debe someterse a una forma estilística íntegramente inteligible. Este proceso en ningún caso constituye un falseamiento de la vida, una desnaturalización o manipulación, sino uno de sus más bellos movimientos de espíritu raramente realizables por su dificultad y complejidad: la objetualización y objetivación de la subjetividad, algo así como dar al tono concentrado e íntimo de la vida el mismo carácter expansivo y accesible de mundo. Por eso, no se puede escribir un ensayo biográfico sin reflexionar sobre los mecanismos de producción del mensaje y el discurso literario, las técnicas de fabricación del yo y la personalidad o el mero acto de creación artística; sea de un modo implícito en la estructura textual, implícito en la propia escritura, o sea de un modo explícito en la exposición analítica paralela a la vida relatada: dos libros en uno. Se debe contar qué se está haciendo y quién es uno en el momento de contar algo al modo estético; sin duda es la deconstrucción de una vida para la (re)construcción de una obra biográfica. El yo del ejercicio subjetivo no es una muestra de arrogancia y soberbia como creen los reaccionarios, sino que es una muestra de la precariedad de la vida; no de prepotencia, porque es un yo exhibido, sujeto al comentario y a la interpelación del otro, a la infatigable vulnerabilidad y erosión. El proceso mediante el cual la vida, y en especial la vida de un escritor o creador, aunque sea para impugnarla, se convierte en materia literaria, es uno de los procesos más fascinantes de la literatura, quizá el que más.
Una declaración solemne e imprescindible para todo escritor de la intimidad, que como el no, es muy fea e incomoda pero muy desengañada: << A mí no me gusta la gente, no la soporto, a mí lo que me gusta son sus vidas >>. Dando a las vidas un carácter absoluto de movimientos autónomos y despliegue objetivo, siendo sus gentes un mero soporte efímero para ver el espectáculo, un conductor de alquiler, un triste e infeliz pretexto.
A muchos hombres acomplejados, ingenuos querubines todavía, les intimida la exuberante exposición de las frivolidades femeninas de la corrección política, fruto de esta socialdemocracia moribunda que, agotada y hundida internacionalmente, bracea desesperada en los inhóspitos y abandonados mares de la ignominia para sobrevivir tras su propio fracaso constitutivo basado en la mentira. Si muchos de mi generación han desarrollado, y lo sé bien, técnicas de sofisticado cinismo para ligar ("conseguir un chocho o un coñete feminista"... esa es su virtualidad y su imaginario, que tanto gusta a algunas muchachas desoladas; aunque yo no sé lo que será eso del "chochete", desconozco esa clase de cochinadas...) que consisten en ser "el hombre que mejor comprende la necesidad del feminismo " o "el mejor amigo heterosexual de las chicas", hay otros que directamente, de frágiles y chamuscadas neuronas, prefieren la férrea militancia del activismo identitario en pro de la pureza de género del lenguaje público y ¡privado!; un verdadero desvarío. Y que además, son casi más amanerados e insufribles que muchas militantes masa narcotizadas; más papistas que el papa. Como a mí todas esas cosas me importan básicamente un pimiento, yo vivo del aire, prefiero desactivar esos infectos animalitos llamados eufemismos, eslóganes, fraseo profesoral, retórica, pedagogemas, prosas burocráticas, que parasitan verdaderamente el lenguaje hasta dejarlo hecho un pellejo flácido, antes que sumarme a unas infelices modas muy remunerativas pero que degradarían mi estupenda figura y mi inmejorable salud. El caso es sencillo y divertido. Corresponde a la penetrante campaña desatada de necedad y estulticia que nuestros sofistas tan contemporáneos como vernáculos están ejecutando para liberar a Cataluña de su fatalidad: el pueblo como opio del pueblo. Durante el cruce de propagandas, un cómico catalán sin mucho talento pero con notables fondos económicos de la administración terminó una ridícula sátira de rimas con un maravilloso sello, "la mala puta", dirigido a Inés, la Arrimadas. La ola de demagogia se desató, y lo/as cancerberos de la moral oficial salieron a decretar a su nueva víctima y su indispensable verdugo: sucios machistas o crueles misóginos que aceptaran, promovieran y celebraran esas ofensivas palabras. Lo cierto es que esas nobles y exactas palabras tiene un origen anecdotario entrañable, hay que rescatar, antes que nada, los nutritivos materiales de la memoria:
<< En el peligroso verano de 1959 el poeta (y editor con aires cesaristas) Carlos Barral viajó a Madrid. Una tarde se encontró a Ernest Hemingway en el hotel. Hechas las presentaciones, el novelista americano le preguntó: "¿Qué tal la mala puta?" Barral se quedó perplejo y apenas acertó a decir: "¿Qué mala puta?" A lo que Hemingway respondió: "¡La literatura española!" >>
La anécdota es de lo más oportuna. El fragmento, muy expresivo y directo. Lo que demuestra el fructífero significado de las palabras, el inmenso campo semántico de las malas putas, la pragmática y polisemia de un lenguaje rico y jugoso que hace de ofensas satíricas rotundos elogios políticos. No es extraño que la Arrimadas, viva representante de la falsa e ilusoria emancipación de la mujer - puesto que se ha quedado en ser la monísima representante de la estúpida figura femenina moderna como sujeto de consumo cosmético y fatuidad intelectual de ESADE- no se de cuenta del elogio, rodeados como estamos de una histérica opinión pública afectada del síndrome de monjas y capellanes ante la carne desnuda. Cuando salta como la liebre la mala puta, nadie se para a pensar en su plural y revelador significado, se enrolan en la remuneración publicitaria del impacto de la falsa ofensa. El elogio, tal y como yo lo veo, consiste en la astucia y picardía inherentes a la posición o la situación tácticamente beneficiosa en que se encuentra la mala puta: en la mismísima centralidad del tablero electoral. Su partido es la única fuerza política "unionista" que aspira a la presidencia real, acumulando así la mayoría de votos de los "constitucionalistas" y el voto del despertar abstencionista, mientras se aprovecha como nunca de la erosión y decadencia de la fratricida lucha simbólica del bloque secesionista por la hegemonía nacionalista. La mala puta, es astuta, pícara, hábil, más lista que el hambre, y sin duda, cabronaza (porque busca rematar el cadáver electoral), aprovecha la debilidad de los demás para crecer, algo difícil, pero que se ha hecho factible, y de lo que se congratula notoriamente toda la derecha mesetaria. Este tipo de ofensas son la mayor gloria para los candidatos obligados a ser héroes deportivos o verdaderos cesaristas de la tecnopolítica. Inés es sin duda un Impublicable, la mala puta.
PD: No puedo dejar de mencionar el momento en que descubrí mi omnímoda libertad para juzgar a una mujer pública que podía ser monísima y atractiva pero a su vez absolutamente estúpida y analfabeta; sin que ello acarrease ningún complejo de culpa en mí. Un verano, tumbado en el césped del jardín de la casa del pueblo de Gerard, tocando este el piano, y Clàudia tostando su bello cuerpo al sol leyendo a Nabokov, y pensando yo en la sencilla, feliz y sabrosa comida que nos iba a preparar (fue el único día que no cocinamos todos juntos), leí una entrevista de la Arrimadas en el periódico El Mundo. La pobre contestó, a la increíble y surrealista pregunta que la comparaba con Azaña, que no había leído ningún libro de él pero que su jefe de prensa le había preparado un dossier con sus mejores frases. Nada más que decir. Si esto es la supuesta emancipación femenina, casi prefiero el estereotipo de las antiguas amas de casa burguesas con un estupendo tiempo libre y un excelente nivel cultural, de acceso ilimitado a la literatura, la música y la filosofía clásica, que a estas profesionales de las finanzas pero con la cabeza vacía y la palabra estéril.
Existe un molesto tipo de zoquetes, excéntricos y muy bien alimentados, que niegan a la representación lingüística toda capacidad de recrear y reflejar verazmente el mundo tal como es; sus hechos, su vida, su acontecer, sus motivos. No es mi caso. Aunque siempre me mareo ante el mismo abismo de oscuros y afilados acantilados, misteriosos vientos, y feroces mares solitarios: ¿cómo con el brillante y extenuante ejercicio de la razón hemos conseguido, en lo importante, tan sólidos y perdurables resultados a un precio moral y político tan injusto y sanguinario? No tengo la respuesta, sólo sé que los límites de la razón no son una insuficiencia ni un problema, sino precisamente su grandeza y el origen de su fecundidad, una generosa concesión de espacio y habitabilidad a otras muchas, y excesivas, dimensiones del ser humano que cohabitan realimentándose parasitariamente. Y en modo alguno sus límites nos ofrecen una visión global de la realidad torcida, perversa o degenerada; nuestras sombras se deben, sin duda, no a una incapacidad inherente y consustancial del pensamiento, sino a la falta de tiempo, al carácter finito y embrutecido de la mortalidad, su decisiva ruina. Así, la escritura biográfica puede dar cuenta de una vida entera y su exacto lugar en el mundo, levantarla letra a letra por sí misma, sin agotarse en nada ni consumirse antes de finalizar su tarea comprensiva o explicativa. Si no conseguimos descifrar ese espacio vacío entre vida y literatura, ese frío silencio del mundo que nos perturba, se debe al tiempo perdido, ya sea malgastado, despilfarrado, o por escasez, porque simplemente no se tiene. No es la incapacidad de la escritura la que no permite una vida completa de papel, es la claudicación del tiempo.
Léautaud es un vivísimo y riquísimo ejemplo de eso. Si no tenemos toda su vida representada (aunque sí casi toda) en los numerosos tomos de su diario literario o diario particular, publicados por el Mercure de France (revista y editorial donde trabajó siempre como crítico y editor), es porque no le dio tiempo, pero no porque no pudiera escribirla con sensibilidad y eficiencia: el trabajo, la preocupación por la muerte, la crueldad de la vejez, la comida para sus animales en años de guerra y escasez, la destrucción del ser amado, los perturbados y ardientes recuerdos de una feminidad imposible e indecible, la pasión domesticada de la madurez, el entretenimiento con el hombre lúdico que aparece en cada nazi, judío o colaboracionista francés, la abnegada y cínica vida de la sociedad literaria, el incestuoso enamoramiento con la madre que lo abandonó al nacer, el cuidado del jardín como esa necrópolis donde enterró a centenares de gatos y decenas de perros que amó; un ir y venir incesante que dificulta mucho la sobriedad y tranquilidad que requiere la escritura. Su obra diarística es un monumental y crudo autoanálisis subjetivo del yo, a la vez que la grosera exposición del fresco generacional y profesional de su época. Pero ante todo, sus escritos son la trampa más genial y astuta contra la aniquilación irremediable del tiempo: su escritura es un gesto irónico que hace del enemigo un aliado fiel; el tiempo perdido, gastado, ausente, no es el impedimento, es el indiscutible motor de su literatura, el sobrecogedor tema de su obra/vida.
Una buena vida mal contada, esto es, que no tenga la posibilidad ni la fuerza interna de aparecer y revelarse de modo alguno ante nosotros, no vale para nada, ni siquiera para ser vivida, ni apreciada. Sin embargo, una vida mal vivida es susceptible de conformar un excitante, gozoso y sugestivo material literario, siempre que pueda ser notablemente narrada para decirnos algo; algo nuevo que irrumpa e interrumpa la apelmazada y zozobrante trama de relaciones mundanas que ahoga la espontaneidad. Aprender a escribir tiene una profunda relación conflictiva con aprender a vivir (no quiero entrar, tanto da, en lo de Montaigne, filosofar es aprender a morir; ambos estamos diciendo lo mismo); a ser de un modo radicalmente distinto a los demás, sabiendo que todos somos exactamente lo mismo. Asumir la paradoja biográfica. Según la cual en cada hombre habita el corazón de lo insoluble, en un solo hombre convive contradictoriamente, si bien también destructivamente, el secreto de toda la humanidad, y a su vez, nos sabemos, porque lo somos absolutamente, perfectamente sustituibles por otros, por otros rotundamente iguales e insignificantes. Poder decir así, sin más, como Montaigne otra vez, yo soy el material de mis libros, es el deslumbrante inicio del ensayo subjetivo, del ensayo biográfico, la escritura del yo, que de un modo entero y desnudo, sólo existe en relación con la insondable inmensidad del mundo objetivo y la ambiciosa pretensión de recrear todo un tiempo en la sola figura de un hombre con su memoria.