miércoles, 28 de diciembre de 2016
Barcelona y sus vidas
Una tarde, apurando Junio hasta el borde, de 2016. Humedad y calor en una ciudad en sus finales, si vencen esos, una verdadera necrópolis. Dos jóvenes, reencontrados en el tiempo, de la, tristemente, nueva época post truth y en el supuesto acabamiento de la historia política, hablan sobre sus vidas en una de las mejores ciudades europeas para vivir la vida bonheur, si se posee un saquito de dinero en los bolsillos. Una ciudad tipo, repetida, alienada, de plantilla, y sucia, si se está sometido al universo de sentido del trabajo, al homo economicus. Brutal. Una ciudad, a pesar de todo, de las más equilibradas en el orden estético, geográfico, climatológico y gastronómico; dispuesta para arrancar del aislamiento general la felicidad más concreta. Contradictoria, ay, como tantas. Descosida moralmente e irrelevante culturalmente, por podrida y primitiva políticamente, pero habitable. Hace falta un Kraus para que se viva una ciudad moralmente recta y pueda leerse, sin frustración ni rencor; leerla para vivirla de una manera distinta, y ser en ella de una manera distinta. En fin, dos jóvenes, hablan, de sus vidas barcelonesas.
Ahora sólo habla un fragmento de la memoria...
Y.- Nos encontramos donde siempre. Se oye el hormigueo incesante de la gente en las terrazas veraniegas y su bullicio erótico casi adolescente, frustrado siempre por su vanidad y futilidad; se oye el ruido metálico y seco de los cuchillos, los cubiertos, y las copas donde se ahogan las miserias de la densa intimidad, en ocasiones, vidas enteras, pero no, ni de eso son capaces; sus vidas son propaganda de su propia corrupción, mentira hasta de su propia muerte. Voces graves y agudas, roncas, entrecortadas, aterciopeladas y duras como una piedra, envuelven nuestro cálido silencio y nuestro (re)encuentro. Todo un gallinero psicológico: lo gallinaceo que nos rodea, nos glosa, ¡no somos más que texto!, fundido en el decadente contexto, engullidos por él, prácticamente sin opción. R aparece vestida perfecta para la ocasión, carga elegante y ligera, fresca, con sus autores. Muchos jadean en cada párrafo y sudan tiempos enteros cuando escriben, sin que nada de todo esto le pese mucho, ella sabe llevar sus ideas acorde con los tiempos, pero con líneas sobrias, subrayadas, de elegancia. Viene de aparcar la moto, con nombre humano, o de serie de televisión, ¿Shandi, Sandy?. Yo, llego tarde y de casa, somnoliento, limpio, casi entero y acabado, aunque siempre aguardamos con alegría al otro, con la paciencia y el tímido temblor, un tintineo, de quien espera un placer intenso. Ya en la terracita, hablamos, no hacemos otra cosa que intentar descifrar la mentira de nuestro tiempo; ponernos de acuerdo en un modo de ordenamiento y comprensión del mundo. No hay más que cordialidad y ternura en sus gestos, humanidad e inteligencia en sus palabras. Una humanidad desnuda y profunda. Empezó a hablar, con una franqueza insólita entre mis pares, de lo que realmente interesa y es, mucho a su pesar, de absoluta y total actualidad para la izquierda: el sujeto histórico. De su desaparición y disolución, pues como todo animalito, su vida, depende de sus alimentos, inexistentes, y su adaptabilidad al medio, en este caso demasiado hostil. Un drama para la izquierda, si es que ella misma no lo significa ya. Hablaba digo, sobre una izquierda antigua ya perdida que nunca conocimos, con la autoridad de un juicio autónomo y con todos esos benditos y deliciosos libros reposando sobre su regazo, cómo se aguantaba la enormidad de Ferlosio ahí, ¡qué recostado y grueso se veía a Pla!, el escritor de la ciencia melancólica, con la vaguedad depurada del estilo, colada, cernida, en fuga, en retirada, reculada, de su prosa pura decapada, que decía Arcadi. Algún día tendré que ocuparme seriamente de este asunto, concienzudamente y disciplinadamente, como sólo se hacen los trabajos que verdaderamente importan por sí mismos, y son evidentes para unos pocos. Pla y Ferlosio marcaron esa tarde, pero podrían marcar a sangre y fuego cualquier tarde de cualquier vida, de nuestras vidas, incluso, nuestra vida entera.
La plaza está llena, es un verano intenso, sudoroso y pesado, pero estamos solos. No nos oye nadie, o casi nadie. No nos importa que nos oiga nadie; aunque tampoco creo que nadie quisiera asumir esas voces, esas palabras, ese carácter y personalidad, van contra todos y contra todo, sobre todo contra esas identidades totalistas, en ocasiones, contra nosotros mismos y nuestro lenguaje. Tal vez no estemos aquí; nadie lo espera. De todos modos seguimos hablando, ella, repito, con esa franqueza insólita. Pretendemos tragarlo y digerirlo todo, tragamos el pasado, el presente, el futuro... pero estamos muy mediatizados, por nuestro tiempo, nuestro presente nos desborda, nos aplasta, y nos engulle, en un mejunje ácido y extraño.Veo a nuestra generación, ¡no voy a hablar del conflicto político con nuestros padres, y sus residuos, todavía!, como el quebrantamiento de esa ley inflexible de la camaradería, perro no muerde a perro. Yo veo, insisto, ¡perro come a perro!, al modo de la antropofagia. Una mayoría ruidosa, indiferente, ignorante, inculta, apática, frívola y descuidada con lo que realmente importa, burbujeando en su levedad consustancial, estofadas sus cabezas. Y me ronda constantemene ese libro que marcó y marcará mi vida para siempre, uno de los diez más importantes que he leído, La gallina ciega, 1971, de Max Aub, los rincones de mi cabeza contienen los pliegues de sus páginas y fragmentos intensos de sus reflexiones y emociones, que en Aub son exactamente lo mismo, y recuerdo, porque llego a casa y lo vuelvo a leer: << Lo entiendo cada vez menos. Antes las cosas estaban claras y las esperanzas que podíamos tener de una evolución eran también más concretas. Parecían más alcanzables e inmediatas. Pero no resultaron así. La realidad se ha alterado y no hay nada que nos permita pensar que nuestras esperanzas estén ahora más cerca que antes. >> Mi generación directamente no tuvo ninguna barandilla en la que apoyar la esperanza, y nada estuvo claro bajo ninguna luz racional, cierto que no hemos sufrido las ilusiones perdidas, ¡aunque somos muy jóvenes todavía!, pero sí vivimos en la ausencia perpetua de esa esperanza antigua y honda, quizá emancipadora y plena. El único ideal es ese bienestar que se consigue con la traición al conocimiento, que dice Adorno; y desgraciadamente hasta los hombres, amigos y familiares más inteligentes y bondadoso, aspiran a él con inconsciencia y cinismo. Y sigo. Max Aub también escribió la raíz de nuestro tiempo y no sólo el suyo, y por eso es un clásico, intempestivo. Cuenta en su dañado y melancólico dietario, esa crónica sentimental, que lo más grave de su retorno a España y su penosa situación, precaria, no era la ausencia de libertad, sino la indiferencia gozosa y cínica con que los esclavos opulentos, los asimilados, vivían esa ausencia. A esos españolitos del franquismo, mentecatos y cobardones, les daba absolutamente igual la supresión de la libertad mientras pudieran llevar una vida acomodada y en "abundancia". Vivían como si no hubiera sucedido nada, como si no pasará nada, cuando todo había cambiado bajo sus pies hacia la decadencia y la indecencia; esa calma inocente y confusa tras el terremoto que se lleva tu vida por delante, ante tus ojos. Hoy sucede algo parecido con la verdad, el conocimiento y la vida justa, una vida adulta en estado de razón y serenidad, con aquello que no nombro, que no digo, pero que solo escribo, porque solo puede ser comprendido por la totalidad de la escritura o por una vida intuitiva, genuina y espontánea, y que realmente importa, mientras otros, los otros que no míos, lo hunden en el fango más viscoso y oscuro. Viven sin una sola brecha, sin un solo temblor, con una terrible firmeza de su yo hueco y vacío, en una dramática indolencia. Al borde, insoportable.
Fin de una tarde de Junio, agotada, consumida, sin más.
jueves, 22 de diciembre de 2016
Sumisiones voluntarias
Quizá el objeto inmemorial, propio, de toda filosofía sea la vida, la vida recta y buena. Entender que la finalidad de esa escritura personal, como pueden ser las confesiones o unas memorias, es encajar exactamente el lenguaje de la intimidad con lo real, medirse uno mismo con las cosas para situar las palabras, frágiles y cálidas, de la vida personal como centro indeleble del mundo, es entender que hoy su función no es otra que la de la ciencia melancólica; concepto acuñado por Adorno en la dedicatoria de Mínima moralia. Ciencia melancólica de la que se ofrecen jugosos fragmentos indivisibles de vida y pensamiento hasta el borde mismo del libro. Reflexiones desde la vida dañada, el corazón de cada página, y La vida no vive, una especie de espantapájaros literario que debe colgar de todo libro en sus primeras páginas, y en esta primera parte de 1944, un año criminal de estetas que pretendían reducir al hombre a pastillas de jabón, dan muestra evidente de ello. Parafraseando, diríamos que se ha vuelto evidente que ya nada es evidente en la vida, especialmente en la vida íntima y personal. Lo que en un tiempo (me atrevo a decir que hasta el S.XIX) fue para los filósofos la vida, se ha convertido en la esfera de la ideología; la vida es ya pura ideología. Ni siquiera lo privado, sino simplemente el comercio, el consumo y el ocio, que antes formaban parte esencial de la vida, pero fragmento y parte al fin, ahora son la vida misma en su totalidad, y como absoluto. La vida es apéndice del proceso material de producción por el que se desliza sin autonomía y sin sustancia propia, perfectamente repetible y sustituible por lo mismo, otros iguales, idénticos, adiestrados por el Dios del comercio. El todo del orden ideológico y cotidiano esterilizan la virtud moral, espontánea y distinguida, por la cual el hombre podía oponerse, resistir, y dar una producción de sí mismo más dignamente humana. Todo pensar veraz y toda acción honda caen dentro del perímetro de la ideología, hasta tal punto que vida e ideología se han hecho indisociables creando la ilusión de que ya no hay vida genuina ni es posible su expresión y recreación. Incluso el filosofar se ha visto sometido a su incesante yugo. Pla dijo que para que la filosofía recuperase su autenticidad, esta debería pasar una temporada en el purgatorio de la confesión personal, la nota subjetiva y el dietario íntimo; me parece bien. Precisamente aquel tipo de texto, tan múltiple y libre, que desgraciadamente se lee por nuestro presente con sospecha y recelo, como una caricatura de la verdadera vida, la servidumbre y sometimiento de la marioneta; donde los hombres dejan de ser espectadores y testigos de su tiempo pare ser síntomas de una época avasalladora que los apelmaza.
Toda visión subjetiva forma parte del pasado, tiene algo de sentimental y anacrónico, algo de lamento melancólico por el curso del mundo, donde rechazarlo desde el no man's land parece un modo de anquilosamiento en un modo de ser corrompido que no es consciente de su situación y circunstancia general, que lo supera y arrastra. Toda "conversación" en el tiempo y en la vida se ha convertido en una narración providencial de representantes, el alegorismo de la vida donde el hombre tiene que representar una idea abstracta apologética, una causa, una clase social, un trabajo, o un momento histórico y productivo. Entonces permanece atado y amarrado en función de la representación pedagógica de la idea que se pretende imponer en nombre de la bondad y la justicia, como en una especie de predestinación ideológica y destino social. Esta esencia humana enajenada, reducida y degradada que consiste en la disolución del sujeto y su autonomía en el flujo del contexto, y en la que coinciden el sistema productivo y la posmodernidad, no solo conduce a la impotencia y la frustración, sino que se extiende, y nos desborda, hasta hacernos imposible una relación de franqueza y reconocimiento con los otros, incluso, con nuestros amigos. Vivimos impersonalmente. Sin recuperar y rescatar la experiencia individual, política e íntima, emancipada de la ideología, toda confesión personal es fruto de la alienación y conduce inequívocamente a la infelicidad. La mayoría de las vidas que veo y trato, que me involucran, son un absurdo quid pro quo.
miércoles, 21 de diciembre de 2016
Otro rugir de la marabunta
<<Cuando los asesinos fascistas están a las puertas, no conviene azuzar al pueblo contra el gobierno débil. Pero tampoco la alianza con el poder menos brutal implica la necesidad de callar las infamias. El riesgo que la buena causa puede correr por la denuncia de la injusticia que nos protege del diablo ha sido siempre menor que la ventaja obtenida por este último cuando se le ha dejado a él la denuncia de la injusticia [...] La invocación del sol es idolatría. Sólo en la mirada del árbol secado por su fuego vive el presentimiento de la majestad del día en que ya no tenga que quemar el mundo que ilumina.>> Dice Adorno a Voltaire en una sincera carta sobre la razón, nada anacrónica.
Tras el último atentado en Berlín, un camión delirante de dios que ha dejado algún que otro charco de sangre convertido por el frío y el tiempo en una lámina de costra marrón, incrustado en el asfalto y en la retina de los ojos mediáticos, las ruedas de los aparatos electorales europeos giran con la fuerza del odio visceral inmediato del agredido y el orgullo estúpidamente patriótico dañado; como nos tienen ya fatigosamente acostumbrados. Solo que ahora, bajo las relativamente nuevas condiciones (quizá por las tóxicas circunstancias mediáticas que han roto el sustrato ético: implosión de lo políticamente correcto y su complejo sistema eufemístico, y la idolatría de la vulgaridad y la zafiedad de lo políticamente incorrecto) regresivas de la política que retornan a viejas formas primitivas del nacionalismo y la organización religiosa de la explotación económica sistemática, parece que el peligro de la instrumentalización del dolor y el miedo, únicos vínculos que garantizan el odio y el hostigamiento del otro sin límites racionales, están más vigentes, por su intensidad, que en la última década. Tras el atentado, la marabunta ha cargado con la infamia a la socialdemocracia, que por si fueran pocos sus propios errores y desintegraciones internas, un burdo enemigo exterior (aunque ella lo haya producido) amenaza con devorarla hasta el tuétano. Un fenómeno de radicalización se incuba en los viejos y cansados países modernos, y los portavoces del populismo, matarifes y charlatanes, hablan en nombre del pueblo, por, para y desde, su inquebrantable voluntad general, para degradarlo y reducirlo a la irracionalidad animal que, en comparación, demuestra la dignidad del hombre adulto, en la edad de la razón, que hoy es residual. Los orígenes y las causas me son desconocidos más allá de las inestables e inseguras analogías históricas, pero su modo de manifestarse son evidentes: la demagogia y la mentira en el orden discursivo, y la reconversión reaccionaria (racial, económica, moral, cultural etc) de todas las capas sociales, incluso las acechadas por la precariedad, cuando no por el hambre, ese lobo universal. Cuando el lenguaje se vuelve apologético, sea en defensa de la sociedad abierta o el odio al extranjero de la integridad e identidad nacional, ya está corrompido, inservible para ajustarse a la realidad, o siquiera negarla, oponerse, resistirla, en aquello que tenga de injusticia. En su esencia está el medirse con las cosas, y en su perversión el oponerse a lo humano, y a los otros. Como mera herramienta de la propaganda se vuelve idéntico a la mentira como se hacen idénticas entre sí las cosas en la oscuridad. Así, el lenguaje de la quebrada y aparentemente consumida socialdemocracia, como el lenguaje de lo denominado por la prensa como "nuevos movimientos de la ultraderecha", la sombra del fascismo, dicen, comparten la misma incapacidad para vincular lenguaje y razón, pensamiento y verdad. La equidistancia política y moral de ambas ideologías no se corresponde, de todos modos, con las diferencias radicales de su presencia estética. Ciertamente la repetición de los momentos sociales y políticos que se imponen una y otra vez en el estado de bienestar poscapitalista como lo mismo, como iguales, idénticos, y saturados, se asemejan más a una vana y mecánica letanía que una verdadera recuperación la palabra veraz, o el rescate de un lenguaje racional y emancipatorio. Sin embargo, su relevancia estética, aún, de las formas liberales y socialdemócrata que tiene de aparecer el hombre, parecen el único camino para denunciar la injusticia y la mórbida basura que ellos mismos han creado; por muy contradictorio que parezca, el sistema actual permite pequeños cambios de microcirugía política, en la que pequeñas intervenciones modifican la estructura entera y la hacen habitable. Unas hermosas y densas palabras de Adorno sintetizan lo que pretendo decir: "Bajo las alas del poder han jugado la vida y el amor; ellas han arrancado a la naturaleza hostil incluso tu felicidad". Bajo las zarpas de la bestia por venir, ni siquiera un leve rastro de dulce humanidad parece posible, el mundo precario y de zozobra de hoy, quizá sea sustituido por un erial desértico e inhabitable.
PD: La manipulación y distorsión del atentado de ayer en Berlín por ciertas distopías regresivas dan un ejemplo palmario de ello; la por venir y rescatada ausencia del rostro humano.
martes, 20 de diciembre de 2016
¡Oh, dulce y sabroso veneno!
(David Levine)
Todos los jóvenes, ahora sólo escribo para nosotros, que no son todos, hemos perdido algo valioso en el conflicto generacional; siempre recluido en el hermético ámbito de la privacidad y el secretismo de la intimidad. La firme voluntad de desenmascaramiento del joven con espíritu, inteligencia y moralidad, puede confundirse con la arrogancia y la insensatez, del mismo modo que nosotros vemos en el adulto, en las disfunciones de sus costumbres y su conciencia, la indeleble señal de la claudicación, la traición y el resentimiento; producto de ese enlace quebrado de la esperanza que conecta con ese hombre joven que no fue y ese espíritu que no hubo. La discusión en esos términos se vuelve tediosa, pobre y frustrante. La imagen de cierta madurez adaptada y asimilada a todo, ese peso de la vida mal llevado, sea lo que sea, me resulta ridícula y penosa, tocado por una extraña y triste locura, como si se vieran golpeados por una decadencia precoz y tuvieran que maldecir y boquear antes de arrastrarse precariamente persiguiendo un falso recuerdo, y un futuro adverso. En todo adulto manqué, el hombre marcado de Adorno, existe un poso denso de mentira e inferioridad; y, repito, como dice Adorno, "No hay vida justa, en la vida falsa".
Escribe delicadamente Benjamin en la misma charca:
<< "Experincia (1913)"
Libramos nuestra lucha por la responsabilidad contra un enmascarado.
La máscara del adulto se llama “experiencia”. Es inexpresiva,
impenetrable, siempre igual; ese adulto ya lo ha experimentado
todo: la juventud, los ideales, las esperanzas, la mujer. Todo era
ilusión. A menudo nos sentimos intimidados o amargados. Quizás
ese adulto tenga razón. ¿Qué podemos contestarle? Nosotros aún
no hemos experimentado nada.
Pero trataremos de quitar la máscara. ¿Qué ha experimentado
ese adulto? ¿Qué quiere demostramos? Ante todo, una cosa: él también
ha sido joven, también él quería lo que queremos nosotros; él
tampoco quería a sus padres, pero la vida le ha enseñado que los padres
tenían razón. Y muestra su sonrisa de superioridad, pues a nosotros
nos sucederá lo mismo. De antemano desvaloriza nuestros
años, los convierte en una época de simpáticas necedades, en una
infantil embriaguez que precede a la larga sobriedad de la vida formal.
Así son los benévolos, los liberales. Pero conocemos otros pedagogos
cuya amargura no pretende ni siquiera permitirnos los breves
años de la “juventud”. Severos y crueles, quieren sometemos
—ya— a la servidumbre de la vida. Unos y otros desvalorizan nuestros
años, los destruyen. Y, cada vez más, nos invade una sensación:
la juventud no es más que una breve noche (¡llénala de embriaguez!);
después vendrá la gran “experiencia”, años de compromisos
pobres de ideas y carentes de inspiración. Así es la vida. Lo que
nos dicen los adultos es lo que ellos experimentaron.
¡Sí! Esto es lo único que experimentaron, jamás supieron de otra
cosa: el absurdo de la vida, la brutalidad. ¿Nos alentaron alguna vez
a emprender cosas grandes, cosas nuevas, a acometer lo futuro?
¡Oh, no, porque eso no se experimenta! Todo lo que tiene sentido,
lo que es verdadero, lo que es bello, lo que es bueno, está fundado
en sí mismo. ¿Para qué nos sirve allí la experiencia? Y he aquí el secreto;
como jamás eleva la vista hacia la grandeza, hacia la inspiración,
el burgués ha convertido la experiencia en Evangelio, en
mensaje de la vulgaridad de la vida. El jamás ha comprendido que
hay algo más que la experiencia, que existen valores a los cuales
servimos y que no están sujetos a experimentación.
¿Por qué la vida carece de consuelo y sentido para el burgués?
Porque lo único que conoce es la experiencia. Porque él mismo
carece de consuelo y sentido. Y porque él no mantiene ninguna
relación tan intima como la que lo liga a lo ordinario, a lo que es
“eternamente ayer”.
Pero nosotros conocemos otra cosa, que ninguna experiencia
nos da ni nos quita. Sabemos que existe la verdad, aunque todo lo
pensado hasta ahora haya sido un error. Sabemos también que se
debe ser fiel, aunque nadie lo haya sido hasta ahora. Ninguna experiencia
puede robamos esa voluntad. Sin embargo ¿tendrían en
algo razón los padres con sus cansados gestos y su desesperanza petulante?
¿Será triste lo que hemos de experimentar? ¿Sólo en lo que
no es posible experimentar podemos fundar la intrepidez y el sentido?
En tal caso, el espíritu sería libre, pero la vida sin cesar lo
arrastraría hacia abajo, porque esa vida, esa suma de experiencias,
resultaría desconsoladora.
Nosotros, sin embargo, no comprendemos tales interrogantes.
¿Acaso llevamos todavía la vida de aquellos que ignoran el espíritu,
de aquellos cuyo Yo inerte es arrojado por la borda como las olas
contra un arrecife? No. Pues cada una de nuestras experiencias tiene
ahora un contenido. Nosotros mismos le daremos un contenido
con nuestro espíritu. El irreflexivo se conforma con el error. “Nunca
encontrarás la verdad —le dice al investigador—, lo sé por experiencia.”
Pero el investigador hallará en el error una nueva ayuda
para encontrar la verdad (Spinoza). La experiencia sólo carece de
sentido y de impulso para el espíritu embotado. Quizá resulte dolorosa
para quien aspira a alcanzar las alturas; pero difícilmente lo
precipitará en la desesperación.
Una cosa es cierta: jamás caerá en una morosa resignación ni se
dejará adormecer por el ritmo del burgués. Porque —como habréis notado— éste sólo celebra todo nuevo fracaso. ¿Acaso eso nos está
demostrando que él tenía razón? Su creencia se ha confirmado:
es verdad que el espíritu no existe. Sin embargo, nadie exige como
él un sometimiento tan absoluto, una “veneración” tan rigurosa al
“espíritu”. Porque si criticara, tendría que participar en la creación.
Y él no puede hacerlo. Hasta la experiencia del espíritu, que él hace
contra su voluntad, carece para él de espíritu.
Dígale usted
que cuando sea hombre
respete los sueños de su juventud.*
Nada más odioso para el burgués que sus “sueños de juventud”.
(Y la sensiblería suele ser una forma de mimetismo de ese odio.)
Porque lo que aparecía en esos sueños era la voz del espíritu, que
también a él lo llamó una vez, como a todo ser humano. La juventud
es el eterno recuerdo de ello y por eso la combate, le habla de
esa experiencia gris y todopoderosa y enseña al joven a reírse de sí
mismo. “Vivenciar” sin espíritu es cómodo, pero funesto.
Repito: nosotros conocemos otra experiencia. Esa experiencia
puede ser hostil al espíritu y destruir muchos sueños; no obstante es
lo más hermoso, lo más intocable, lo más inmediato, porque jamás
puede faltar el espíritu si nosotros seguimos siendo jóvenes. Uno
siempre se vivencia sólo a sí mismo, dice Zaratustra al final de su
peregrinaje. El burgués hace su “experiencia”; y es la eterna y única
experiencia de la falta de espíritu. El joven vivenciará el espíritu
y cuanto más le cueste lograr algo grande, más fácilmente encontrará
el espíritu en todo su camino y en todos los hombres. El joven
será indulgente cuando sea hombre. El burgués es intolerante.
* Federico Schiller. >>
miércoles, 7 de diciembre de 2016
Se vive de lo muerto
Probablemente no haya nada más interesante, para un hombre como yo, que el compromiso y la creación; nada que llene más una vida cualquiera. Algo que me liga íntimamente, con el corazón y la cabeza, a la amistad y sus nombres propios, buenos y veraces, de un modo inquebrantable e insobornable. Así, con estas condiciones de antemano, ante una película de Elia Kazan, 1969, El Compromiso (The Arrangement, que sería mejor traducir por el acuerdo o el arreglo; aunque para el contenido de la película el compromiso es mucho más relevante que el papeleo), no podía resistirme: se unen las dos grandes pasiones, el arte y la moral, en una sola pieza limitada y ordenada, dosificada, por el tiempo; un tiempo digerido en compañía. En ocasiones un feroz y cruel enemigo, y en otras, el placer más dulce y delicado que se nos puede dar: un aplazamiento, una suspensión, preciosa, sólida, distancia. Fuimos, M y yo, de tarde, a la filmoteca, con un sol agradable de invierno que nos calentaba, y copa tras copa nos acercábamos; la proximidad es una cuestión de mesa y palabra, y no sólo de piel. Antes, tenía que contarme, tradición familiar, las cosas de su viaje por Viena, un desapasionado viaje que se realizó sin tener en cuenta ninguna de mis consideraciones o máximas de movimiento: nunca hay que ir a los sitios que no se hayan leído, ni a los que el estómago no encuentre su lugar y compañía; el espacio hay que comerlo, como satisfacción, y no como trámite. Ni mis libros ni mis deseos gastronómicos fueron escuchados. Íbamos a caer en la tentación, se me pasó por la cabeza, de entrar en un bar para minorías, ese tubo negro que al entrar ya pisas las cáscaras de gamba y rompes los huesecillos de pollo esparcidos por el suelo como residuos, en pequeños montoncitos. Nada de eso. Elegimos un bar moderno y juvenil, esa juventud prolongada que engloba incluso la decrepitud; un lugar amplio, diáfano, paredes de cristal, y una estética pop y casual, donde la comida es vacío y repetición. A pesar de las precarias, o rutinarias, condiciones gastronómicas, la conversación fluyó; un modo de prepararnos para el film de un poliédrico ser que me resulta polémico en todos sus aspectos.
La obra de Kazan parecía interesante sobre el papel, sólo su planteamiento impresiona, espectacular en el fondo musical. Una vez desplegada, parece como si el director no creyera en la inteligencia del espectador, como si desconfiará de su sensibilidad, y tiene que explicarles la lección, una lección desordenada e inestable, en la que a modo de morcilla, todos los temas se agolpan y apelmazan sin mucho sentido narrativo, y superficialidad (son muchas superficialidades y capas) en el relato; con lo cual el aspecto dramático y reflexivo queda devaluado sin remedio, casi hasta la esterilidad. Su énfasis en las ideas, diálogos imperativos, que son realmente traumas y frustraciones biográficos cuando no prejuicios, hace en ocasiones de una película trágica, una verdadera comedia, "no sé de que te reías, tiene momentos de humor, pero no es para tanto" me decía M. En el fondo no había humor como distensión de la tragedia, era simplemente, pura comicidad. Combina las hipérboles cómicas de una supuesta locura, con el verdadero sustrato dramático y desgarrador que comportan; una mezcolanza potente que no termina de funcionar con la soltura, elegancia, y profundidad que los grande maestros del género, como Billy Wilder, consiguen. Capaz de arrasar y destruir a hombres, mujeres, familias enteras, íntegras sociedades, con una carcajada a mandíbula batiente, y dejar al espectador con la perturbadora sensación de tranquilidad, como si no hubiera sucedido nada tras un terremoto, con ese poso de frágil alegría que oculta una gran verdad trágica y mortuoria. La cinta, a pesar de todo, enseña algo importante: la vida, tal como es, solamente resulta soportable a los hombres por la mentira. Quienes rechazan la mentira y, sin rebelarse contra el destino, prefieren saber que la vida es intolerable, acaban por recibir desde fuera, desde un lugar situado fuera del tiempo, algo que permite aceptar la vida en su crudeza, pero no soportarla con decencia y honradez. Eso, para Kazan, no conlleva grandes momentos de resistencia moral, sino delirios y ataques de desesperación incontrolados, que conducen, sin sosiego, a la claudicación de todo un hombre, de toda su vida; una extraña forma de abandono de sí mismo como fin. Kazan muestra, de un modo irregular, la recreación de un hombre que vive de lo muerto, y que descubre, como Pla, que el problema es la vida, y su encaje, los inflexibles e ineficientes moldes sociales que no encajan en la complejidad y las hostilidades de la vida.
Por fin, en el punto de caramelo que deseaba. Su obra es estéticamente notable, y aunque la música que ilustra las emociones y estados de ánimo de los personajes desentone sistemáticamente con la brusca presencia, y los gestos, de los mismos, es una gran apuesta, desbordante, para involucrar al espectador en un viaje convulso y paradójico; un viaje por una vida concebida bajo la necesidad del mal, y su aceptación. Como en todas sus películas y adaptaciones, demuestra una fuerza y potencia de fuego admirable en cuanto al alcance de su creación, pero su difuso y cambiante compromiso, con la obra y con la vida, ese indisociable binomio, lo hacen un director incómodo y sospechoso. Se pide de todo gran creador que juega con la relatividad del bien y la necesidad del mal, y que coquetea con su belleza, que exprima al máximo los dilemas morales que plantea, que su contenido se reflexione y se exponga, para explicarse, hasta el agotamiento y la extenuación, pero que nunca queden vírgenes e indiferentes tras ser señalados, ahí, colgados en el aire, intocables, como intangibles. El caso de Kazan es ese, ese cinismo y frivolidad herméticas, esa manipulación constante de las emociones. A menudo me pregunto cómo un ser tan miserable y siniestro fue capaz de crear piezas de gran sensibilidad y belleza formal, capaz de gustarme incluso hasta el asombro: Al este del Edén (1955), La ley del silencio (1954), Un tranvía llamado deseo (1951) etc. Pero rápidamente me respondo, signore, usted es un gran creador a base de trampas y traiciones reales. ¡El desbordamiento del conjunto!, la nulidad y vacuidad de los detalles y la grosería de las sutilezas, toscas, brutas, chatas, insignificantes, no puede disociarse de su andar y su paso sobre cadáveres; la torsión en la vida, la brecha, el quebranto, se ve en su representación. Termina por ser, todo su esquema moral y el marco de su reflexión, absolutamente patético; tan bello y vacío, insultante, como el trabajo pacientemente meditado, pero cursi, de un esteta sombrío. Como el de los nazis hungaros, las bestias nyilas, que asesinaban a sus pobres víctimas al amanecer, para que la sangre tiñera los cielos y los ríos de un hermoso color burdeos, o ese crimen que consistía en que los muertos se comen a los vivos: el monumento de los zapatos de hierro en Budapest... Usted juega sucio, con la droga de la muerte, el miedo y la esperanza para representar al hombre tal y como sostiene que es, y que somos, ¡bah!, para lanzarlo y aplastarlo como una mosca sobre nuestros morros y aleccionarnos con la moralina sobre la vida y su insoportable levedad, esa piel inmoral y pretenciosa, egoísta; una justificación del mal como cualquier otra, ilegítima. El gran etilo, el talento, el ingenio técnico y la intensa belleza ocultan sus trampas, pero a mi no me engaña, señor, usted vive, se alimenta, de lo muerto, como un carroñero. La duda aún cuelga de mi cabeza, cómo el mal incuba y nutre la belleza, es capaz de tal asombro y tal admiración, el mío incluido, y la cosa rondará, y tendrá razón Rafael Chirbes, la buena letra es el disfraz de las mentiras. Sospecho, sospecho, de usted, señor Kazan...
miércoles, 23 de noviembre de 2016
La retransmisión de la muerte
Me levanto con la voz, aunque la gente piense lo contrario, seca y metálica de la radio, como todas las mañanas. Ya llegó la hora de la muerte, antes del desayuno; después de las horas musicales, promocionales, comerciales, el tertulianato, las breves introducciones del tráfico en las arterias urbanas, y el pronóstico gris del tiempo, que espera como arisco azar a los ciudadanos, a los trabajadores. Pero como digo, la muerte ya ha llegado a un hotel cerca del congreso, un azote tras una noche fría y lluviosa en Madrid; y como todo lo que ahí sucede, es retransmitido. Una muerte retransmitida. Rita Barberá, la alcaldesa, o la jefa, ha muerto a los 68 años, fruto de un infarto de miocardio. A Rita le estalló el corazón en el pecho al amanecer. Pla escribió unas bellas y hondas palabras sobre el suyo en Un infart de miocardi: << Dintre l'enorme complexitat del cos humà - complexitat que mai no es podrà descriure i encara menys simplificar -, el cor és una víscera meravellosa, intel·ligent, enormement expressiva, sobrecarregada de sentit humà. La seva capacitat de treball és enorme, fabulosa; sempre ens vol bé si no l'espatllem amb les inevitables i constants ximpleries i bogeries de les il·lusions humanes; és molt tolerant; extremament resistent; es troba en la base dels escassos moments de benestar que d'una manera inexplicable es poden trobar en aquest vall de llàgrimes. El cor aspira constantmente a dialogar amb l'esperit que portem en el cos -diàleg al qual no donem importància fins que arribem a la catàstrofe. Posseeix formes estraordinàries i diversíssimes d'expressivitat. Si vostès tenen l'hàbit de prendre's el pols - hàbit que practico de vegades i en diverses parts del cos -, s'adonaran de la seva expressivitat. No dóna mai un mal consell; sempre tendeix a fer viure; no assenyala en cap moment un camí equivocat. Ara: el cor té les seves exigències - que assenyalaré precàriamente tot i la meva absoluta falta de coneixements. El cor vol aborriment, tedi, repòs - en totes les edats de la vida. Vol treballar d'una manera lenta i pausada. No vol sorpreses, ni rareses, ni sobresalts. Com totes les vísceres de l'organisme humà, és limitat. Vol que el deixin tranquil (...) En la vida humana, el cor i la imaginació són dos camps contraris, separats per una dialèctica diabòlica i insoluble, per una lluita constant per l'agon - que deien els vells grecs-, per l'agonia, per una lluita fenomenal. >>
El corazón de Rita no estaba tranquilo, ni reposado, ni entendía de dialéctica alguna, simplemente dejó de latir, de funcionar como un mecanismo normal de la naturaleza, un hecho biológico irrefutable, que el ambiente, siempre el ambiente, pretende cambiar. Los bucles de sentido en la pseudoliteratura mediática y en las precarias cabezas de los políticos (la de Rita era un ejemplo magnífico y brillante de ese caparazón hueco, un simple hueso vacío), esas explicaciones ficcionales, mentirosas, pero que satisfacen y concluyen lo inacabado y cierran lo abierto, pretenden dar una explicación política a su muerte. Un linchamiento mediático, una caza de brujas judicial, la condena anticipada por la izquierda y el nacionalismo, la supresión de la presunción de inocencia, el desprecio, sucio y ruin, con las maneras hacia un trapo, de su propio partido... parece que nada de eso la sentenció a muerte, aunque sí a una vida destronada, sin poder, el poder que tanto utilizó para banalizar una ciudad y reducir la política. Algo propio de su marginalidad intelectual. Muchos jugarán: convertirán la mala educación de Podemos en un acto acto inmoral, en un producto de su maldad, "la han matado" se escupe, esa presión de la opinión pública, los oigo ya vomitando. Pero lo cierto es que se venía retransmitiendo su muerte civil desde hacia algún tiempo; la verdadera crónica de una muerte anunciada, rodada, ensayada. Diariamente, morbosamente, con excitación, el acabamiento prolongado no sólo de una carrera política, sino de una mujer, en clara decrepitud moral, aunque honrada la ven algunos: los mismos que la enterraron, sus propios compañeros de partido, esas aves carroñeras. Los beneficios políticos y económicos de su retransmisión han sido muchos para las televisiones, que culminan con un especial de muerte hoy, con el fin de un camino penoso, pues penoso era también el personaje humano y político. No me detendré en la saña; pero recordemos su irrelevancia estética, su inexistente formación política y penosa retórica, su irresponsable uso del dinero público, la devastación cultural, y su incapacidad para actuar profunda y verazmente. Ni detectó, si no fecundizó, ni se responsabilizó, de la corrupción de su ciudad y la consustancial red clientelar mafioso-empresarial, que si no construyó su gobierno, al menos dejó funcionar con plena impunidad. Frustró, seguramente, muchas vidas dignas que pretendían hacer algo relevante en su comunidad; y nunca nadie dijo nada.
En tiempos recientes, tanto la derecha como la izquierda populista han utilizado el recurso de los lazos de sentido aprovechando desgracias particulares contingentes para integrarlas en su causa general y dotarlas de finalidad y legitimidad política justiciera. Hace pocas semanas, quizá días, una anciana de Reus moría asfixiada por la negligente función de una vela y el ridículo abandono. Podemos instrumentalizó la tragedia privada y desconectada del sentido, de un todo, para, como decía el propio barrabás, politizar el dolor. Un acto estúpido y mediocre cuya buena intención no pongo en duda, aunque las buenas intenciones son difícilmente discutibles. Existe un abuso energético y una opresión económica, sutil pero real, de las compañías eléctricas hacia los más pobres y solos, y un desamparo institucional relativo; aunque vivimos en la época de mayor asistencia social de la historia. Todo ello, condiciones que acompañan a una pequeña y humilde vida a la precariedad y la miseria, pero no a la responsabilidad de una muerte que solo posee el azar. Del mismo modo, el corazón de la Barberá, revienta y explota por necesidad biológica, no por causa política alguna, aunque las condiciones mediáticas y sociales no fueran las más beneficiosas, ni idóneas, para mantener el suave letargo del corazón y su pausado y dulce ritmo. Incluso los de su propio partido, los que apoyan la tesis del linchamiento como causa de la muerte, son los mismos que la abandonaron a su suerte por estrategia electoral, por unas migajas quebraron la lealtad hacia una amiga o compañera. Lo digo, sin caer, claro, en la muerte por tristeza, ¡oh, como mueren los perros y los pajaritos, de pena y abandono! Nada de eso.
Es conocido por todos que las necrológicas son un género periodístico y también un pequeño artefacto político que glorifica o hunde en la miseria a un personaje público. Se puede canonizar una vida, blanquear una imagen,e incluso, inventar un fragmento de memoria colectiva; o silenciar y olvidar a alguien. Durante los próximos días veremos algo muy interesante: cómo un partido muestra cínicamente su verdadero rostro como aparato de poder burocrático sin escrúpulos; cómo aplasta administrativamente y civilmente a sus propios miembros cuando estos le son inservibles o molestos; y cómo, cuando son intangibles, humo y cenizas, se les sacraliza como figuras del pasado, se les alaba y dignifica como personas, ah, humanas, y se relata una leyenda, desbordada, sobre ellos. Lo bueno y lo malo se hiperbolizará, se convertirá en carnaza, carroña, televisiva, y objeto museístico reverencial para el partido popular; además de una narrativa o discurso con "sentido político". El sistema en su conjunto, todos sus miembros y partes, muestran de un modo indeleble, el triste carácter teodítico de la política de este desdichado país.
domingo, 20 de noviembre de 2016
¿El habla teodítica de los humillados?
Es conocido que mi escritura es un trabajo parasitario sostenido en el tiempo. Un modo de penetrar en un cuerpo extraño, ajeno, y fagocitarlo; de hecho, es la firme voluntad de construir un proyecto de patogénesis de la prensa socialdemócrata y conservadora, aquí, de provincias o comarcas. El penoso camino de un gusano devorando una manzana es como mi embarrada lectura por todos los periódicos y blogs, ese tubo digital, que caen en mis manos; todos, artefactos textuales que perforan el tiempo y el espacio a modo de gruyere, para la descompresión del encierro hermético de la actualidad, o la liberación de nuestro críptico presente enjaulado. En ocasiones encuentro verdaderas maravillas, escasas, modestas, tímidas en su oficialidad, pero de fraseo pausado, hondo y desencantado. En la mayoría de los casos, la mediocridad y la podredumbre son el resultado de mi búsqueda en ese amasijo de escombros que es la prensa, el posterior cemento de mis ideas y escritura, una verdadera tarea de reciclaje, progresista, y no conservador (teológico a su vez), como el de las grandes ciudades y su adherida hipocresía, que pretenden reducir a los hombres a seres vegetarianos y macrobióticos, que es lo mismo que el musgo para las piedras húmedas de la costa o la alfalfa para las vacas pasiegas. Ayer, en La Vanguardia, el casto periódico de la burguesía catalana, viven en un ensoñamiento perpetuo y en un mundo de ficción y delirio, encuentro una buena sabatina intempestiva de Gregorio Morán, ¿Quién inventó el populismo?, aunque las ideas se aten con morcillas. Como sucede en todos los artículos de Morán, no hay pensamiento analítico fuerte, sino una bella acumulación de ideas y conceptos distribuidos por el rugoso papel, que se almacenan durante años, fruto de la experiencia y el buen juicio, en el desván de su conciencia, y que caen ahora como una avalancha sobre el lector sensible. Materiales afilados lanzados como dardos envenenados hacia sus enemigos, que no son pocos. Su escritura es audaz, mordaz y desolada. Señala, más que define, los aspectos clave de nuestra realidad política a través de la crítica cultural y la recuperación de la memoria escuálida y perdida de nuestro desértico erial. El argumentario de este fuerte guiso es claro: la afirmación del pueblo como espacio político del hombre humillado y caído, sin voz; y la utilización adulterada y propagandística de los términos, ambiguos y confusos, de populismo y demagogia; una clara colonización e imposición del lenguaje conservador de la derecha a un todo social plural. La instrumentalización de los conceptos, por parte de la derecha conservadora, para degenerarlos y adulterarlos en su favor, es evidente, pero no es menos cierto que el populismo y la demagogia poseen una naturaleza infantil y sombría, muy peligrosa, si se convierten en un fin político.
Existe una íntima relación alimenticia, evidente, entre el hombre humillado socialmente, caído por la crisis económica, frustrado en su carrera profesional cuando no alienado por su rutinario trabajo, y la consolidación del populismo; que no su origen como movimiento (des)político (de causas mucho más antiguas que en parte desconozco y no me caben). Los hombres fabricados para ser desechados como viejas latas de conserva, encuentran un refugio y hogar en la arquitectura del pueblo, y su voz, usurpada o silenciada, en la demagogia y el populismo, con su ingeniería de pompas habitual y conocida. Pero si empezamos por el principio, la polisemia del luminoso concepto pueblo y su laxitud y frivolidad en el uso electoral, lo convierten en un lugar vacío, difícil de llenar, y permanentemente reutilizable y renovable por significados y símbolos teodíticos, más que por realidades crudas y concretas. De hecho la paradójica relación entre significantes y significado, es la misma que existe entre el hombre desamparado y el pueblo, un significado vacío de referente. Distintos nexos pueden dar contenido a tan inestable e incierta forma: la identidad étnica, la lengua, la cultura (entendida como espíritu y no como industria), la clase social, el resentimiento, el odio, el narcisismo de las diferencias, la religión, la soberanía perdida, la irrefutable melancolía (citaba Arcadi en un artículo, que el mundo progresa al mismo tiempo que añora), e incluso el clima... Pero no todos forman parte de la fantasía lírica. Algunos poseen parámetros, ambiguos y toscos, para definirse como objeto y sustancia del pueblo: los terribles límites de la opresión económica y laboral. La única medida cuantificable y verificable con peso de hierro quizá sea la clase social, difuminada hoy en el estado de bienestar (la sobada desaparición del sujeto histórico), pero latente; nada que ver con las demás construcciones del mito y el endiosamiento político. Sólo caben dos posibilidades, o que el pueblo seamos todos, ¡esas tautologías políticas!, y entonces no lo sea nadie, una ficción, o que el pueblo sea la clase social sometida al tutelage deprimente de la élite. La primera (pero no única) responsable del auge y consolidación del populismo, a causa de la desconfianza que la élite nacional y europea inspiran por la manifiesta incapacidad de pensar y actuar profunda y verazmente. María Zambrano, pensó este tema en su Persona y democracia. Aquella republicana olvidada por todos, infravalorada y despreciada por sus supuestos amigos, asimilados todos al régimen fascista (aquellos que se quedaron en España o que en plana victoria fascista volvieron), combatió escribiendo, infatigable, incansable, en el exilio, pensando libre en la pobreza, y viviendo, firme y sólida, enferma de melancolía, con la relevancia ética que la caracteriza. La cita es larga pero necesaria:
<< En el primer sentido, pueblo y clase dirigente se oponen,
son distintos y aun contrarios, y a menudo hostiles. Pero hay otro sentido
según el cual el pueblo se opone al individuo. Y así, un individuo que, aunque
atacado por él, pertenezca al pueblo como clase, si se distingue, ya ha salido
de su recinto. Puede distinguirse apartándose para conseguir una situación de
dominio, pero se distingue aún más cuando se aparta para descubrir o crear o
inventar. Y es que lo propio del pueblo es ese tipo de trabajo que se realiza a
diario y es fatiga, y esa acción histórica extraordinaria propia del pueblo,
cuando el pueblo crea y modifica en forma inesperada, introduce un elemento
nuevo, una realidad olvidada y maltratada que se presenta en forma terrible
casi siempre.
Tenemos, pues, dos tipos de relación, según se considere al pueblo
como una totalidad o como una clase. Como clase se distingue y puede oponerse a
otras clases; como totalidad se distingue y puede oponerse al individuo. De la
primera relación puede surgir una democracia que sea el poder del pueblo
aplastando a las otras clases. De la segunda, una democracia donde el valor del
individuo no sea reconocido ni respetado: una democracia, diríamos,
totalitaria. Hablar desde el supuesto de una cualquiera de esas dos
concepciones del pueblo es, pues, demagogia [populismo].
Es demagogia porque se acepta su forma actual de ser, sin proponer
una superación que le conduzca a que esas oposiciones no tengan lugar, a lo
menos en forma de conflicto. Se le acepta en su acción destructora, pues en la
vida individual resulta destructor todo estatismo, como igualmente en la vida
colectiva.
La demagogia es adulación del pueblo al afirmar aquello que tiene
de fuerza elemental: la demagogia degrada al pueblo en masa.
La masa que es un hecho bruto, un "estar ahí" como
materia, significa una degradación porque aparta la realidad pueblo, que es una
realidad humana, de aquello en que la realidad humana alcanza su plenitud: el
vivir como persona. Lo cual entraña responsabilidad y conciencia. Todo ello se
da en un cierto tiempo, en una cierta manera de vivir el tiempo que,
justamente, lo continuará. y en ella se evita la catástrofe (...)
El demagogo, pues, desprecia al pueblo, consciente o
inconscientemente, como todo adulador a aquel a quien adula. Y su finalidad no
puede ser otra que reducirlo a masa, degradarlo en masa para dominarlo. Y ser
él el único individuo frente a la masa. >>
La demagogia, el populismo, revienta sus costuras por el bullshit de las vísceras, por despertar la excitación de las bajas pasiones e hiperbolizarlas. Este exagerado vomitoria de bilis, surge como resultado del vacío y la nada que deja el vector de las mentiras y la implosión del lenguaje políticamente correcto de la socialdemocracia, esa retórica hueca. Surge para suprimir ese extremo cuidado eufemístico del discurso con que inundaban la sociedad mediática y envolvían sus tropelías e intereses privados. La inmigración es uno de sus animalitos eufemísticos preferidos, que manipulan y adulteran como amigo o enemigo según convenga, según los caprichos del comercio de trabajo y de vidas precarias. Ocultando a su vez el rampante racismo de los buenos ciudadanos europeos y la arrogancia de su ignorancia política, pues en las vidas europeas se hace imposible habitar con conciencia moral, en ellas, el rasgo de bienestar se paga con la traición del conocimiento, dice Adorno, y pone las banderillas al toro: No hay vida justa en la vida falsa. Esa voz del pueblo, en ocasiones de ultratumba, esa demagogia, tanto puede ser de movimientos de derechas, los nacionalismos y artefactos televisivos, o de izquierdas, ese discurso teodítico de los resentidos; legitimados para serlo. En este caso Morán, tiene razón cuando denuncia la campaña de difamaciones y mentiras contra Podemos, pero no cuando rebaja o relativiza el peligro del populismo al hacerlo común a todos los partidos; la partitocracia es otra cosa. Tanto el problema de la crisis de la socialdemocracia, una ruptura interior, como la solución fácil y rápida del pueblo redentor, son la prueba evidente de que el hombre no está a la altura de su tiempo. María Zambrano fue una mujer humillada y derrotada, que vivió casi toda su vida adulta en el exilio, y el exilio y soledad de la pobreza, pero a la altura de su tiempo. Su voz, esa maravillosa escritura oral, en ocasiones desbordada, excesiva y frustrantemente abierta e inacabada, brilló bajo el tiempo ético que contraponía a la historia trágica de ídolos y mártires que dominó y castigó la Europa del sXX. El endiosamiento, ensoñamiento y el delirio, fueron la redención de las mentiras políticas y la esterilidad de la cultura, un camino rápido y distópico. No repetir los caminos mágicos es la primera resistencia al yugo del infantilismo: ese mundo de niños donde la libertad es plena y redonda, casi divina, las personas, personajes trágicos, y la justicia, teodítica. La persona que instauró Zambrano, era un adulto consciente y responsable, como ella, una mujer muy por encima de la escasa altura de los muñecos de madera, matarifes, que habitaban su tiempo de precariedad y violencia. ¿Y nosotros, cuál es nuestra voz?
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