jueves, 22 de diciembre de 2016

Sumisiones voluntarias

Quizá el objeto inmemorial, propio, de toda filosofía sea la vida, la vida recta y buena. Entender que la finalidad de esa escritura personal, como pueden ser las confesiones o unas memorias, es encajar exactamente el lenguaje de la intimidad con lo real, medirse uno mismo con las cosas para situar las palabras, frágiles y cálidas, de la vida personal como centro indeleble del mundo, es entender que hoy su función no es otra que la de la ciencia melancólica; concepto acuñado por Adorno en la dedicatoria de Mínima moralia. Ciencia melancólica de la que se ofrecen jugosos fragmentos indivisibles de vida y pensamiento hasta el borde mismo del libro. Reflexiones desde la vida dañada, el corazón de cada página, y La vida no vive, una especie de espantapájaros literario que debe colgar de todo libro en sus primeras páginas, y en esta primera parte de 1944, un año criminal de estetas que pretendían reducir al hombre a pastillas de jabón, dan muestra evidente de ello. Parafraseando, diríamos que se ha vuelto evidente que ya nada es evidente en la vida, especialmente en la vida íntima y personal. Lo que en un tiempo (me atrevo a decir que hasta el S.XIX) fue para los filósofos la vida, se ha convertido en la esfera de la ideología; la vida es ya pura ideología. Ni siquiera lo privado, sino simplemente el comercio, el consumo y el ocio, que antes formaban parte esencial de la vida, pero fragmento y parte al fin, ahora son la vida misma en su totalidad, y como absoluto. La vida es apéndice del proceso material de producción por el que se desliza sin autonomía y sin sustancia propia, perfectamente repetible y sustituible por lo mismo, otros iguales, idénticos, adiestrados por el Dios del comercio. El todo del orden ideológico y cotidiano esterilizan la virtud moral, espontánea y distinguida, por la cual el hombre podía oponerse, resistir, y dar una producción de sí mismo más dignamente humana. Todo pensar veraz y toda acción honda caen dentro del perímetro de la ideología, hasta tal punto que vida e ideología se han hecho indisociables creando la ilusión de que ya no hay vida genuina ni es posible su expresión y recreación. Incluso el filosofar se ha visto sometido a su incesante yugo. Pla dijo que para que la filosofía recuperase su autenticidad, esta debería pasar una temporada en el purgatorio de la confesión personal, la nota subjetiva y el dietario íntimo; me parece bien. Precisamente aquel tipo de texto, tan múltiple y libre, que desgraciadamente se lee por nuestro presente con sospecha y recelo, como una caricatura de la verdadera vida, la servidumbre y sometimiento de la marioneta; donde los hombres dejan de ser espectadores y testigos de su tiempo pare ser síntomas de una época avasalladora que los apelmaza. 

Toda visión subjetiva forma parte del pasado, tiene algo de sentimental y anacrónico, algo de lamento melancólico por el curso del mundo, donde rechazarlo desde el no man's land parece un modo de anquilosamiento en un modo de ser corrompido que no es consciente de su situación y circunstancia general, que lo supera y arrastra. Toda "conversación" en el tiempo y en la vida se ha convertido en una narración providencial de representantes, el alegorismo de la vida donde el hombre tiene que representar una idea abstracta apologética, una causa, una clase social, un trabajo, o un momento histórico y productivo. Entonces permanece atado y amarrado en función de la representación pedagógica de la idea que se pretende imponer en nombre de la bondad y la justicia, como en una especie de predestinación ideológica y destino social. Esta esencia humana enajenada, reducida y degradada que consiste en la disolución del sujeto y su autonomía en el flujo del contexto, y en la que coinciden el sistema productivo y la posmodernidad, no solo conduce a la impotencia y la frustración, sino que se extiende, y nos desborda, hasta hacernos imposible una relación de franqueza y reconocimiento con los otros, incluso, con nuestros amigos. Vivimos impersonalmente. Sin recuperar y rescatar la experiencia individual, política e íntima, emancipada de la ideología, toda confesión personal es fruto de la alienación y conduce inequívocamente a la infelicidad. La mayoría de las vidas que veo y trato, que me involucran, son un absurdo quid pro quo.   

No hay comentarios:

Publicar un comentario