jueves, 15 de marzo de 2018

Angustia

La angustia es un concepto fetiche de la helada tradición metafísica más poetizante. Debo liberarme y liberar al lector, en la medida de mis humildes posibilidades, de sus formas más sentenciosas: el dogmatismo metafísico y ese sectarismo poético. Y caer en lo prosaico, golpeando como un auto de choque. A mí nunca me han impactado esos deslumbrantes destellos o fogonazos petrificantes del fondo del abismo existencial, quizá antes que embelesarme en el vacío o la nada, me ha dolido la barriga como arponada, retortijones y temblores de las vías intestinales, desplome de la pared estomacal, contracción arterial, dilatación del orificio rectal, arrugamiento de las extremidades, dedos como pasas pochas, deshidratación facial, depresión pectoral y pulmonar, pechos mustios y nalgas gelatinosas, orejas flácidas y ojos humedecidos, hinchazón mocosa de las fosas nasales, un olor a nardos podridos; os lo aseguro, nada excitante ni purificador. A un nivel puramente físico la angustia se presenta como un reblandecimiento del estómago, un debilitamiento de las carnes más duras, almibaramiento de los músculos, derretimiento de los cartílagos hasta dejarlos como la grasa epidérmica que segregan los muslos de pollo ante el fuego. Del cuerpo como un bello y solitario bloque de mármol, duro y frío, paso a un cuerpecito gominado, dúctil, empastado, un saquito de piel seca y carne deshuesada, despeluchada, en que a cada movimiento siento el apelmazamiento de las vísceras, la rebaba de los órganos, un sudor interno que hace todo resbaladizo y asqueroso. La angustia es indefectiblemente un progresivo proceso de reblandecimiento corporal antes que una posición drástica y estetizada de la vida del espíritu; es un pedorreo orgánico, una liberación de gases ante el miedo. Si eso lo produce la incertidumbre que proyectamos performativamente hacia el mundo a través de la inestabilidad de nuestras relaciones, eso es ya, otro cantar.  

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