sábado, 14 de julio de 2018

La cama vacía

 Esta semana no ha venido la hermosa muchacha, se hace largo y tedioso. La cama, vacía. No dejo de asombrarme de lo poco que me importa la desgracia y el dolor del mundo frente a este tipo de silencio, el poco interés que despierta en comparación cualquier proyecto literario. La tórrida opacidad de una intimidad amputada, el peso que supone la posibilidad de una ausencia prolongada, una impaciente espera sin respuestas, no parece comparable a la angustia, y la consecuente profusión de la serenidad, que sufren los hombres desencantados que aún conservan tentaciones trascendentes a pesar de creer vivir en una casa sin dios. Es todo una cuestión de amor, sin duda. Pero hay vacíos aparentemente muy simples, como la potente sencillez y claridad de algunas emociones y afectos básicos, que no pueden sustituirse por artificios de complejidad, mientras que el de dios es fácilmente reemplazable pese a su tradicional profundidad; intercambiable por casi cualquier cosa que prometa el absoluto. Yo me muevo en los estrictos y parciales parámetros de lo verdadero, en pequeños pero contundentes fragmentos de racionalidad, en las sólidas y humildes dimensiones de la carne, del cuerpo y su incomparable olor; y no en el desdichado fanatismo de la plenitud y los falsos consuelos, o cínicas compensaciones, de la religión y la ideología. Dios es un ser ínfimo e irrisorio porque siéndolo todo no huele absolutamente a nada.



[Esto era una entradilla a L'ou de la serp, pero se alargó, y además, me parecía demasiado indigno mezclarlo. Para mí los nacionalistas no son nada, payasos. En cambio, la exposición de la debilidad de un hombre, en tanto que expresión de la debilidad humana, significa literariamente y moralmente todo.]

lunes, 9 de julio de 2018

Vive sólo para mí (I)

Ayer estuve cenando, como es habitual en mi conocido y exclusivo terruño, con dos mujeres bellísimas y listísimas que desconocen de un modo ruborizante, y autosugestivo, las enormes implicaciones de su devastador poder sobre los hombres. Poder erótico y emocional. Privilegios y pesadumbres. También había un hombre, intenso y vibrante, que por su discreta mirada sabía de su perfecta adhesión a la verdad; pero de él hablaré otro día, sería inmensa su vida, y esa tierra, en la escritura. Las bellas cándidas aún creen que el tú sí-tú no de la elección erótica o libertad sexual no guarda ninguna relación con la injusticia que suponen los dones o privilegios naturales de los que ellas libérrimamente gozan y legítimamente abusan. ¡Y, oh, vaya novedad, ese secreto depósito de envidia y resentimiento del rechazado que pronto cuajará para convertirse en una inadmisible misoginia! La exuberancia de estas mujeres es evidente e incuestionable, del mismo modo que la manera aristocrática en que la consiguieron: herencia de sangre, linaje genético y el fastidioso azar. Una oligarquía sexual. Ausencia de mérito. En definitiva, y felizmente, son guapas y despóticas. Sus caprichos y deseos son inapelables, de una libertad de gusto omnímoda y un ansia irrefrenable de victoria en cualquier campo emocional. Saben que eso, reinar (¡y todos queremos gobernar la vida!), implica riesgos, y nadie quiere vivir con miedo o con incertidumbre, en ese caluroso fragor constante. Se exige siempre una moral, no para reconocer al otro, sino para protegerse fundamentalmente a través de un decálogo de normas y costumbres cuyo incumplimiento implica el desarraigo. A mí también me gusta soñar que las consigo a todas, sin temor a pérdida o abandono, amour fou. Destejiendo las ilusiones, el sexo no se regirá nunca por una moral (dogmática) que elimine el conflicto o la tensión en sus dimensiones más asumibles y ordinarias, una moral que no asuma las contradicciones internas del mundo erótico, simplemente porque se perdería el placer en sí mismo, basado en la desregulación, y ya no habría ni sexo ni erotismo. Una prueba irrefutable de que la moral y el sexo en un sentido fuerte son un binomio imposible, casi se repelen, es la evidencia de que, una vez más, en lo moral debemos juzgar a las personas por lo que hacen, sus obras y labores, mientras que en el sexo juzgamos, y especialmente esta aristocracia invencible, por lo que son. Los nefastos juicios morales han construido crueles arquetipos para estigmatizar, amenazar y excluir una pluralidad de vidas y libertades sexuales, ciertamente incómodas: el pedófilo, la puta, la adultera, el libertino, los viejecitos libidinosos, las jovencitas que aman a los talluditos, la señora con su nene de compañía, esos adolescentes sobones y pansexuales, y los silenciados e invisibilizados asexuales. Todos esos vicios legítimos, y difíciles, desaparecen cuando la moral empieza a regular y legislar la virtud, creando figuras de culpabilización, represión y neopuritanismo sutiles pero efectivas, todavía inconcebibles y desastrosas sus consecuencias sociales. Pero, claro, ellas no conocerán jamás la exclusión, el estigma atravesándolas, el ostracismo erótico, ni siquiera ese terror inextirpable de lo humano a la soledad. El amor, como el sexo, se juegan en el ambiguo y paradójico terreno del quién o qué, ¿nos enamoramos de alguien o de algo?, ¡eso es!, de lo que son o de lo que hacen. Conozco la dolorosa pero excitante respuesta. La igualdad, en este sentido, que vertebra toda moral y tentación moralizadora, resulta sumamente complicada. Si bien la moral se basa en una igualdad fuerte, republicana (reconocer al otro como igual), si bien consiste en una máxima objetividad y universalidad que pretende desterrar los privilegios de los que tiene más poder para imponer su gusto subjetivo, su capricho personal, su arbitrariedad y despotismo; aplicada al sexo es todo lo contrario: desigualdad, fetichismo, libre deseo, hipersubjetividad, privilegios, etc. Una moral sexual, en estos términos, es una de las mayores obras ingenuas del racismo, el clasismo, o el sexismo actuando en nombre de la protección y las buenas intenciones. Generando, realmente, una ola reaccionaria de recuperación de estigmas sexuales y nuevos traumas sociales. Puestos a soñar, el principio de la igualdad sexual, en sus inaugurales y polémicas manifestaciones, debería recomendar: que estos pibones, por norma, se follen aquellos cardos. Una verdadera moral sexual.  



jueves, 5 de julio de 2018

L'ou de la serp (XXXV) La piel pegajosa del verano

Soy un hombre que acarrea, con la mayor alegría, un poso indisoluble de melancolía. Pero cada mañana me levanto con un vigor excelente, de inmejorable aspecto, para mirar a cara de perro al mundo, con los ojos incendiados e inyectados del bulldog.    
 
Que los eruditos hayan abandonado el razonable camino de la comunicación de sus investigaciones y la discusión crítica y pública de sus conocimientos en los periódicos, es uno de los graves problemas españoles. Pedro Duque, el ministrote, no es la causa, es el alarmante síntoma de nuestra época. Perfecta sinécdoque de la desertización general de ideas y procesos discursivos en el espacio político; generando el sólido descrédito de la autoridad intelectual y educativa, socavando su legitimidad e imposición. Hay que sumarle, a la falta de verdaderas estructuras de emancipación material e ilustración, la innoble, pero explicable, claudicación personal de los científicos y los filósofos en su pasión reflexiva y función deliberativa. Cediendo ese imprescindible espacio vacío a la hipertrofia de mandarines y élites intelectuales pretenciosas, cuyo régimen de cinismo, incompetencia y gratificación desmedida, y su insólita capacidad depredadora, parece no tener fin ni conocer límite alguno. El gran link, que suponían los periódicos, entre la academia, depositaria de los mayores y más gloriosos conocimientos, y la ciudadanía, parece haberse roto, como suele suceder en la red, en el inestable mundo digital de internet. Inestabilidad que hemos hecho propia y consustancial a la realidad convencional y ordinaria, haciendo que la prensa que tenía que ser el macizo guión del mundo, una popularización certera del saber y la información, sea pura propaganda reaccionaria en lo ideológico y mistificación, cuando no mitificación, en lo científico-humanístico. Del roto sólo ha salido un fenómeno psicosocial de enormes dimensiones sombrías y peligrosísimas consecuencias políticas que Bunge llama, con su astucia y audacia habitual, el pensamiento mágico o movimiento oscurantista. Puede, y debe, decirse de un modo potente y claro: la pseudociencia como ideología.
 
Yo, tan coqueto para mis cosas, relaciono e identifico, de un modo formal y general, la pseudociencia social que denuncia Bunge con "l'ou de la serp": un monismo y holismo que tiende a dotar de sentido y finalidad, a estetizar y trascender la realidad a través de la regresión y el atavismo. Aquí traigo una selección de los huevos. Y todos son el mismo tipo de ideología y de hombre averiado, la misma degradada humanidad anti-ilustrada: nacionalismo, patriotismo, historicismo, humanismo populista liberal, religión, sectas, regionalismo, relativismo cultural, pedagogía constructivista, psicoanálisis terapéutico, sociedades secretas, teorías conspirativas, esoterismo, ocultismo, astrología, videncia, tarotismo, parapsicología, homeopatía, autoayuda, cremas antiarrugas o rejuvenecedoras, cirugía plástica, industria cultural, deporte de masas, identidades sociales comerciales, publicidad, telebasura, la universidad competitiva etc. 

L'ou de la serp se incuba, e incrusta, en nuestro presente como lo hicieron las distintas estéticas de la violencia (término de Clàudia, o fruto de la conversación con ella) en la reciente historia europea.   
 
La hermosa muchacha de pelo negro vino otra vez, también durmió. Era una sensación agradable, como si la vida simplemente se adaptara a todos mis caprichos, que son exquisitos y finísimos. Acariciar esa adorable piel pegajosa del verano, para después, otra vez, escribir.  



martes, 3 de julio de 2018

Sí, ministro

Veo al ministro Pedro Duque (me abstengo de interpretar la gratuidad y arbitrariedad de la composición o descomposición conceptual de su ministerio: de Ciencia, Innovación y Universidades, ¡qué unidad de sentido y destino tan nefasta!) en los desayunos de Tve, algo perdido e indeciso. Sigo con la tostada de fiambre atravesada. El tipo va, y al ser preguntado por las pseudociencias (y siempre este tipo de preguntas en España se afrontan como esos últimos polvos mecánicos y compasivos que se echan por pena con el recién abandonado) dice, que las que afectan a la salud como la dichosa homeopatía sí deben controlarse porque puede causar graves daños a la gente, él no lo dijo pero yo añado, subnormal y gilipollas, que cambie la medicina tradicional, ¡científica!, por "medicinas alternativas" ineficientes y misteriosas. No entraré en su capacidad prolífica y patológica de fabricar eufemismos perjudiciales. Ocultan realidades terribles: mentes arrasadas, moralidades arrabaleras, chusma fácilmente alienada para el mal y arrastrada a la violencia por cualquier tentación identitaria. Pero lo sorprendente viene, y es gravísimo, cuando el entrevistador le interpela con un gritito primitivo: "algunos grandes grupos de las redes sociales creen que la tierra es plana". Yo soy un firme partidario de impugnarlas y desprestigiarlas, desarticulando racionalmente su infecto discurso; no así el ministrote, que responde, aceptando pulpo, con total indiferencia y sin la precisión que requiere el enemigo: es algo folklórico y no tiene mayor importancia. O sea, la salud física y corporal sí importan, y la salud mental, intelectual y moral no? Tibio y balbuceante, el ministro es la viva representación de la frivolidad e irresponsabilidad congénitas de nuestra era: una época solipcista de aislamiento y monádica especialización en la que los científicos o técnicos desconocen las bases mínimas y fundamentales de la tradición crítica, el humanismo secular y la ilustración, y en la que la filosofía se ha entregado al veneno del irracionalismo, el historicismo, el anticientificismo y el relativismo totalizador y atroz de las menudencias posmodernas subvencionadas por el sistema público. Duque, en ese falaz gobierno del nuevo tiempo, ejemplifica la perfecta y viciosa era de la estupidez. Y puede estirarse todavía más el chicle: cuando las palabras pierden su integridad también lo hacen las ideas que expresan; y el monolito gubernamental, que no deja de decir trivialidades sonrojantes incluso para un tosco ingeniero, resulta que también es un astronauta; con el descrédito científico que a partir de ahora, arrugando el morro, debe producirnos tan vana y sobrevalorada profesión. Es sorprendente que un hombre que ha tenido, literalmente, el mundo a sus pies no llegue a controlar ni siquiera las ideas de su propia cabeza: no importa la libre e impune circulación de las mentiras, la imposición despótica del irracionalismo, la estafa pública de la propaganda y el comercio pseudocientífico, la supresión de la verdad y el desprecio al conocimiento, y la banalización de la libertad de expresión y culto, no, nada, Pedrito, ¡qué va!, tú tranquilo en el sillón ministerial, contestando como contestas, diría mamá.

 Si alguien conoce y tiene acceso al señor ministro recomiéndenle este sitio, aquí ensayo una posible respuesta ¡inmediata y aproximada! que podría ayudarle: " Los científicos y los filósofos tienden a tratar la superstición, la religión, la pseudociencia, la anticiencia y hasta el antihumanismo como basura inofensiva que queda lejos de su perímetro de acción moral e intelectual, fuera de su jurisdicción, en la tórrida urbanidad de la incivil sociedad, o incluso, como algo adecuado al consumo de evasión, diversión y entretenimiento en la sociedad de masas. Están demasiado preocupados, al modo narcisista, por sus propias investigaciones académicas como para molestarse a responder tales sinsentidos, como si una violación directa de la Razón y el Conocimiento, si así lo creyeran y considerasen, no les obligase inmediatamente, deontológicamente, a contestar. Además, en el espacio público, en el mismo lugar del crimen. Esta actitud es de lo más desafortunado. Y yo como ministro y primera autoridad pretendo invertir el rumbo, cambiar la dirección, detener la ignominia; para que la universidad española abandone su encierro ensimismado y su insolente arrogancia, y se digne a ejercer su función esencial: investigar, enseñar y exponer sus conocimientos públicamente, para someterlos a discusión pública, reflexión, crítica, refutación, difusión, revisión, en los distintos dispositivos socio-mediáticos de generalización, acreditación y supervisión del conocimiento. Y ello por las siguientes razones. Primero, la falsedad, la mentira, el engaño y la manipulación de las pseudociencias, del pensamiento mágico y mistificador, o fuerzas oscurantistas (Bunge) manifiestas o enmascaradas, no son mera basura que pueda ser reciclada con el fin de transformarlas en algo útil: son estructuras de poder y sistemas de dominación social que el Estado debe controlar, limitar y eliminar si es necesario. Se trata de virus pseudointelectuales que pueden atacar a cualquiera, sea lego o científico, hasta el extremo de hacer enfermar toda una cultura hasta la autodestrucción, volverla contra lo mejor de sí misma, contra la ciencia, la filosofía, el humanismo secular (crítico) y la política ilustrada (emancipadora), es decir, todo aquello que habita en el horizonte de expectativas y que lucha contra lo que hace desgraciado al hombre. Segundo, no deben tratarse con la legitimidad de los fenómenos privados ni intentar justificarlos mediante los derechos de libertad civil o pública como una opción más de mercado entre otras, sino que, como enfermedades sociales y culturales, deben ser estudiadas y rechazadas con la metodología de las ciencias sociales y psicosociales, o con los aparatos críticos de la filosofía; utilizados como indicadores del estado de salud de una cultura civilizada. Como ministro de ciencia y humanidades me comprometo a combatir la mentira, la irracionalidad, el despotismo de la ignorancia fomentada por el capitalismo salvaje, la necedad y la estulticia estructural del país. Y animo de un modo entusiasta y esperanzador a la ciudadanía a ser leales a su gobierno para colaborar en la conquista  plena de la libertad, la verdad y la felicidad públicas." Si así hablase el ministro, como legítimo representante del Estado, nosotros, los ciudadanos o individuos podríamos expresar, ya sea con más o menos acomodo e incomodidad con los parámetros institucionales o estatales, nuestras razones y argumentos, disonancias o directas impugnaciones del sistema. A su vez, se debería garantizar por la fuerza ¡sí! por la fuerza, la pasión independiente por el conocimiento (incluso al margen de la Industria cultural y la Academia de certamen) y el bello propósito colectivo (que podría establecerse y organizarse por el cooperativismo digital entre otros medios) de preservar la honesta y franca búsqueda de la verdad en una sociedad libre e igualitaria: desligando el capitalismo pseudocientífico y embrutecedor de la verdadera Ilustración y su posible causa emancipatoria (republicana), en lo intelectual y lo material.  




martes, 26 de junio de 2018

Siesta

En la cama, somnoliento. Las ideas van decantándose, lentas, desperezándose, la siesta ha sido breve pero fructífera, dejo esa melena negra que me nubla la vista para luego, me impregna su intenso olor. El tabaco está sobre la mesa y el café helado junto al ordenador, la soledad de la pantalla azulada, me espera. Cómo no voy a escribir nada. Se me subían los colores a la cara; me levanté...

Existe un evidente, aunque sutil, hilo de sentido que une las últimas notas de este cuaderno. Todo es igual, y aquí el mainstream intelectual también es una moral. Tanto en la tentación por descifrar los dispositivos contemporáneos de desvalorización de la vida, encarnada en la desesperación de los refugiados, y sus similitudes, diferencias y proximidades con su desplome en el S.XX; como en el intento de exorcismo del supuesto monstruo que incubamos los hombres en nuestro cuerpo y nuestra historia de violencia con las mujeres, hay una razón común: rehabilitar el marchitado mundo de las palabras. Las cosas necesitan de su asignación, de su definición y significado, dotación y atribución, de su lugar y calor específico en la realidad. Esa es la función primaria de las palabras, y del que las junta técnicamente, como un tipógrafo. Resulta paradójico, pero en los tiempos donde el tedio y el relativo bienestar europeo se confunden con la paz y la libertad, donde toda tradición aún es una herencia sin testamento, donde debería escribirse en gris y del modo más prosaico, tímidamente y en minúscula o en cursiva, nuestras viejas ideas poéticas aún se presentan con mayúsculas, las mayúsculas enfáticas del combate. Eso sí, un grosor en la letra que no va acompañado de la sangrienta música de anteriores siglos. Hablamos, y las grandes palabras que pensamos que subrayan las cosas, realmente las tapan, en vez de adecuarse, las ocultan y neutralizan. El eclipse moderno de las cosas por las palabras gruesas y tremendas, es algo más que un triste anacronismo. El sentido de mis últimas notas trata de advertir de ese peligro regresivo y falaz. No trata de edulcorar, simplificar o justificar, el extremo dolor y sufrimiento, desigualdad y opresión, que causa nuestra era postcapitalista, sino de la compleja tarea de comprenderlo; diferenciándolo de la era totalitaria. Reduciendo las palabras, en la medida de los posible, al tamaño real y exacto de las cosas tal como son, para que su precisa infamia sea iluminada y desintegrada por la razón, y no se oculte en las tinieblas de la ignorancia y la falsificación, reinventando antiguos y falsos fantasmas.   

Todo esto mientras la muchacha de pelo negro sigue en la cama, durmiendo... ¡qué extraordinaria y deslumbrante relación tiene con la primera luz de la tarde! Si yo pudiera darle a este momento de sueño un valor absoluto. Eso sí que sería una memorable obra de vida...  ya se va despertando... parece que me está diciendo algo, se incorpora, pero se pone tranquilamente a leer en un dulce silencio.

domingo, 24 de junio de 2018

¿Tengo al violador dentro!

Fragmento de la transcripción de algunas respuestas e intervenciones de Hannah Arendt en un congreso que tuvo lugar en noviembre de 1972 sobre "la obra de Hannah Arendt", organizado por la "sociedad para el estudio del pensamiento social y político" bajo el patrocinio de la York University y del Canada Council. Transcripción incluida en el libro De la historia a la acción. 

<< Christian Bay: [...] En mi opinión Eichmann en Jerusalén es quizá su obra más seria. Considero que su forma de advertir con tanto énfasis cómo Eichmann se halla en cada uno de nosotros tiene importantes implicaciones para la educación política, la cual, después de todo es el viejo tema de la integración en la política (...) Quizá nuestra capacidad para descentralizar y humanizar dependerá de que encontremos vías de corregir, combatir y superar a Eichmann en nosotros mismos y convertirnos en ciudadanos [...]

Arendt: Me temo que el desacuerdo es considerable y sólo aludiré brevemente a él. En primer lugar, a usted le gusta mi libro Eichmann en Jerusalén y dice que lo que allí afirmé es que hay un Eichmann en cada uno de nosotros. ¡Oh, no! ¡No hay ninguno ni en usted ni en mí! Esto no significa que no haya un buen número de Eichmanns. Pero tienen una apariencia bastante distinta. He odiado siempre esta idea "Eichmann en cada uno de nosotros". Sencillamente no es verdad. Y es tan poco verdadera como su opuesta, que Eichmann no está en nadie. En mi opinión esto es mucho más abstracto que la mayoría de las abstracciones que con frecuencia me permito -si lo que entendemos por abstracto es no pensar a través de la experiencia. ¿Cuál es el objeto de nuestro pensar? ¡La experiencia! ¡Nada más! Y si perdemos el suelo de la experiencia entonces nos encontramos con todo tipo de teorías [...] >>

Es el sofocante 2018, pero podría ser perfectamente 1972, la misma turba especulativa. Un violador dentro de mí, ya lo siento, despacio, creciendo ingobernable dentro de cada hombre si el ambiente está enfangado y ensangrentado. Eso dicen las activistas contra esa panda de cerdos descerebrados llamada La Manada; pero su indecencia e ignorancia es convertirlos no en arquetipo posible, sino en lo real universal, esto es: un criminal que anida, latente, en las entrañas de cada hombre inocente, y quizá bueno, hasta el mejor de ellos. Incluso un machista, que debe ser tratado con desprecio y reprobación, no debe ser confundido con un potencial, o necesario, asesino. ¡Vaya! ¡Esto me suena! Son el mismo humus humano sobre el que escribí en alguna red del mundo virtual, cuya estrategia de acusación e higienización ideológica consistía en una supuración insolente de las políticas de identidad colectiva: sacralizar y blindar el ser, para bien y para mal, por encima del hacer, de la acción concreta. Y les dije, con Arcadi: "por supuesto que sí, los nacionalsitas y los pedófilos son la misma clase de hombres: hay que respetarles por lo que son, ¡quia!, pero en absoluto por lo que hacen, sus extravagantes y en ocasiones criminales costumbres (...) nos molesta su misma presencia, ese olor a leche regurgitada, pero son las prácticas pedófilas y nacionalistas las que resultan violentas e indecentes, punibles por la ley y censurables por la autoridad, no su existencia, molesta, tediosa... sino su ...acontecer, doloroso, infame y regresivo. Ambos, son víctimas también de si mismos, de su ruina personal y su devastación intelectual (...)". La cruel indistinción entre los deseos y su realización, bajo la misma desolada sintaxis moral, es la que mueve con entusiasmo irreflexivo lo tumultuario, las vísceras, los cancerberos de la moral pública que aplican la recta metodología del linchamiento y la demagogia. Se juzga a los hombres, no por lo que hacen, su conducta, su obra de cualquier índole, sus acciones, sus hechos, sino por lo que son incontrovertiblemente: hombres, y por definición, misóginos. Por sus obscenas y en ocasiones desagradables intenciones, fantasías y anhelos eróticos, emocionales o sexuales. En muchos casos también compartidos, al modo de la autohumillación placentera, por las mujeres. Bajo esa pátina de leyenda del mal patriarcal, nos tratan a los inocentes con la compasión culpable que se tiene hacia los buenos hombres poseídos por el demonio, esa condescendencia hacia el ontológicamente malo que ejecuta breves y fugaces obras benéficas y bondadosas para expiarse. La clásica ecuación entre vicios privados y virtudes públicas parece para las voceras de la actual corrección política y el feminismo estándar, una ecuación incognoscible, indescifrable. Sea como sea, el hacer es insuficiente, y el ser, la condena irredimible.  

Cambie el lector de este cuaderno, la figura de Eichmann en sus gradaciones tradicionales de la única cadena de sentido: satanás- genocida- psicópata- criminal- asesino- nazi- nacionalista- burócrata-funcionario- alemán. Por cualquiera de estas otras gradaciones más contemporáneas de la figura masculina: asesino- maltratador- violador- abusador- misógino- machista- machirulo- posesivo celoso- vicioso- hombre. Sin duda las gradaciones son un sistema, simple en su enumeración pero complejo en su definición y distinción, de degradación moral y vejación humana. Y del mismo modo que los más débiles teóricos de la política del s.XX jugaban irresponsablemente con la metáfora Eichmann para explicar cualquier forma de terror político o de criminalidad subordinada a la obediencia debida, que se escapaba de sus categorías tradicionales refundadas después de la Shoa, ahora, nuestras pedagogas de "la perspectiva de género", al pretender articular un discurso político subversivo, desdibujan, por su brocha gorda, la complejidad de la realidad misma, y lo reducen todo un monismo de sentido, progresivo y mecánico, que culmina con la muerte de la mujer. Queda difuminada la pluralidad de dimensiones conflictivas (no todas suprimibles) de la realidad de la misoginia inherente a la cultura occidental, y estructural a toda cultura en sí, y que distribuida en distintos grados de intensidad hace de sus efectos, en las ocasiones más graves una coerción intolerable que puede llevar de la sumisión de por vida (las religiones) a la misma muerte, y en su efecto mínimo, a uno de los múltiples modos de prejuicio social, estigma, o costumbres hostiles, cuando no, a un simple, fructífero y lúdico, pero arriesgado, coqueteo erótico. Al aplicársele, a un individuo, uno solo de los eslabones categoriales o clasificatorios de cualquiera de las dos cadenas, sea cual sea ese eslabón, inmediatamente es juzgado con la totalidad significante de la cadena, cae sobre él, el peso simbólico de todas las figuras, entre ellas, las más atroces. El hombre, es todo lo que aparece de cabo a rabo en la cadena de sentido, sin atender a los distintos grados e intensidades. Pero lo es en potencia; haga lo que haga, obre como obre, actúe como actúe. Para ir terminando. Lo sorprendente es constatar cómo (del mismo modo que sucedía con los diversos dispositivos que desvalorizan la vida y de los que ya di cuenta en unas notas recientes del blog sobre los refugiados) ambas cadenas de significación ideológica se aplican exactamente igual y con la misma contundencia en distintos períodos históricos. Con distintos y cruciales resultados, dadas las circunstancias, gracias a dios, y que van del genocidio por motivos raciales y étnicos a muertes puntuales y una sumisión parcial de las mujeres, aunque sorprendentemente cuantiosa. Nadie se libera de sus cadenas.  

sábado, 23 de junio de 2018

Puertollano, ¡yo soy tu hombre!

Verónica Puertollano @ver_puerto Hace 19 horas :
<< A algunos hombres: no sé si lo hacéis para ligar, no perder onda o sois idiotas, pero aceptar que hay un potencial violador en todos y cada uno de vosotros puede tener consecuencias. Y no os hará ni p gracia cuando en la cruda no se hagan distingos con vosotros. >>
 
Yo soy un Puertollano.
No dejo que nadie, especialmente ninguna ceporra convencional y posmoderna, me utilice como saco de boxeo ni me estigmatice prejuiciosamente, ¡ni como axioma! Nadie vulnerará la inocencia de mi tierno y apasionado corazón, haciendo ver que descubre en mi naturaleza* la malignidad y perversión congénita de mis latidos, como un sangre sucia de la historia. Esta pretensión de ir por la vida y ante las mujeres, pecado a cuestas, con la señal de Caín pegada en los muslos, la frente y el alma si existiera, me repugna. Este bochornoso imperativo metafísico:  "llevo al violador dentro, en potencia" (me recuerda, salvando las distancias, "el Eichmann que todos llevamos dentro" y el desfallecimiento de Arendt ante esos estúpidos congresistas) envenena con una puerilidad y esterilidad sin límites el espacio reflexivo y el debate público intelectual de este país, hoy ya convertido en erial, en lodazal. Encima, tengo la curiosa sospecha, que todas estas lenguaraces son las mocitas felices que viven satisfechas y enganchadas a su machirulo, operando con una especie de odio y culpa reprimida hacia ellas mismas, y que solo logra respirar, su opulento y narciso cuerpo, al ser arrojado lo reprimido contra los otros. Hmm... Tengo que escribir más hondamente sobre este asunto sin dejar cabos sueltos, y lo más peligroso, pulir esas puntas viciosas de la escritura... Sin embargo, Puertollano, aquí estoy, ¡yo soy tu hombre! 
 
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naturaleza puede ser sustituido por cultura en su terminología historicista: presuponiendo que es ¡mi cultura (incluso la subjetiva, bildung)! el foco de infección, el origen del pecado. Esto implica presuponer, en esta fiebre, que soy un burro capital que no detecta las vetas de misoginia que la decantación de los siglos deja en los libros que leo, clásicos o modernos, los cuadros que admiro, las películas que devoro, o la música que me mueve; y lo peor, que me determinan sin que yo sea consciente de sus paradojas y peligros. Un tipejo algo rudo que no se cuestiona los resortes invisibles (o los visibles pero despreciados) que generan y mueven la agresión, moral y sexual.  Es un asunto crucial. Su inmoralidad reside en su exageración y su universalidad: yo sólo hablo de algunas mujeres al igual que Puertollano de algunos hombres, y estas algunas siempre hablan de todos los hombres en general y absoluto. Ahí, justo ahí, en el hiperbólico todos y no en el realista y racional algunos, reside su indigencia teórica, su vagancia, su pereza, su desidia, política, y con ello su seguro y contumaz fracaso. ¡Bah!.. Gallinita, a tu corral con tus polluelos, y con tu Gallo.