jueves, 16 de febrero de 2017

El intento de una vida y el frío de su escritura (yII)

Toda escritura es una inscripción, y como tal, finita, limitada, fronteriza, que afirma, y habla sobre, algo concreto de un mundo infinito (como Alejandro Sawa, el gran dietarista español, que es: << Recuerdo de un hombre cuyas pupilas quedaron abrasadas por su afán de mirar fijamente lo infinito >>). Por lo tanto, hay en ella, una exclusión, una marginación y una ausencia de todo aquello que no contiene y no se dice, no puede decirse, una alteridad, y que es algo propio, aunque sea otro. En los dietarios será una pérdida, si no un olvido inexorable, que se pretende recuperar de un modo paradógico y contradictorio: con la misma escritura con que se ejecuta y consolida la amputación, la mutilación, la pérdida. En esa escritura hay la búsqueda de la identidad, y esta misma es la negación de la otredad, que también nos conforma y configura, moldeando nuestra subjetividad y penetrando hasta nuestra intimidad; el último refugio. Esa construcción del yo se escribe sin saber quién es; así lo define Alejandro Sawa, un  maestro del género: << Yo soy el otro; quiero decir; alguien que no soy yo mismo (...) Yo soy por dentro un hombre radicalmente distinto a como quisiera ser, y por fuera, en mi vida de relación, en mis manifestaciones externas, la caricatura, no siempre gallarda, de mí mismo >>. En esa otredad que nos es propia, en esa pérdida, nos buscamos, buscamos una identidad que siempre será ajena, alteridad, incompleta, incierta, y que dejará algo fuera, ausente, mudo, invisible, de nosotros mismos, que no recogerá la señal, la huella, la marca, el sello, de la escritura. Léautaud, en su prosa de registro vital, sentimental, erótico y memorialístico, asumirá, forjando así una condición indispensable del género diarístico, que en la frágil afirmación del yo, en contrarrestar su negación, está ligada la posibilidad de escribir en general. Y que en la exhibición de su autenticidad, se lucha contra su artificialidad, y toda la adulteración, modificación, hipertrofia, que ello supone. 

Los diarios, como género, son algo así como un almacén de escrituras miscelánias y una producción de subjetividad, allí donde, a través de la decantación inflexible del tiempo, los materiales de derribo literario, de derribo de la vida, sedimentan en una nueva obra en construcción, una obra emancipada de la distinción entre lo literario y lo extraliterario, es decir, entre la penetración estética y la tendencia sociológica. Diluyendo las escisiones entre el autor y su obra, personajes de ficción y el yo íntimo, estilo y personalidad, mundo y sensibilidad, entre subjetividad y objetividad. Un cajón de sastre donde guardar todo aquello de dimensiones diminutas y densas profundidades que nos sobran en el ultrajado y atónito mundo de las apariencias, las ilusiones, las sombras, y las costumbres públicas, pero que nunca dejamos precavidamente de proteger, como si mantuviera vivo un recuerdo exótico y remoto, un exceso de vida, un exceso de pensamientos, de sueños, deseos, y cristalizará todo en un íntimo secreto subversivo que hay que asegurar de la incierta y vidriosa mirada del otro, para que no nos destruya a nosotros ni haga impresentable, perverso, degenerado, el mundo que nos rodea. Ese secreto, que solo puede serlo escrito, es la modesta lucha por retener algo de la pérdida incombustible de la vida humana. Como si la vida fuera de alguna manera prestada, y se guardara en un no-lugar, un alugar, un sitio sin tiempo ni espacio, suspendido, sin extensión, intangible, para recopilarse, recapitular, y ser reapropiada, pues de sus ruinas y residuos, fragmentos, pecios, se construye el yo literario, el yo de la escritura y la vida. El secreto, lo que se acumula destruyéndose, ceniza, carbón, lucha, también, contra la vulnerabilidad de la intimidad, al borde de una confidencia, una confesión, imposible. Busca una forma de preservación y un modo de pensar sobre ella como sublimación de la trascendencia que nos acompaña y nos hace permanentemente nostálgicos de otros, viejo, nuevos, mundos posibles, incluso, de algo mejor que el mundo y sus hombres, porque la exposición, la disolución con los otros nos satura y nos parece insoportable e inasumible, su peso, su carcoma. 



  



viernes, 10 de febrero de 2017

El intento de una vida y el frío de su escritura (I)

Uno de los grandes problemas de la literatura ha sido la expresión de la intimidad real por vías limpias y depuradas, hasta la cristalización de una sólida y reconocida tradición como género autónomo, con una jurisdicción específica, una gramática y una semántica particular, singular, y diferenciada de los grandes géneros. Su operación literaria consiste en la reconstrucción de una vida desde sus escombros a través de un estilo egotista, una forma egográfica, en la que la artificiosa o natural escisión entre vida y escritura (obra) quede soldada en un único acto de recreación textual, un montaje en el mismo marco de la realidad. Tanto en Léautaud como en Pla, el origen de su dietarismo es fácil de rastrear, y se cifra en una rebeldía interior ante su propio oficio: terminar con la hegemonía de la novela y la identificación entre literatura y ficción. La fatiga de la novela y la poesía, el apelmazamiento de la imaginación y la imposibilidad de escribir bajo su sombra, les llevó a la sequía narrativa más aguda, y su peor prolongación, la imposibilidad de escribir y pensar de modo alguno mientras siguieran sujetos y atrapados por esos términos dominantes y oficiales. Existe otro motivo, y quizá el más crucial, para su rebeldía: luchar contra la presión de los intelectuales organizados en grupos de mandarines y de políticos articulados ideológicamente para los que el reestablecimiento del viejo mundo, de un mundo perdido, y la incrustación de sus ruinas en los cielos del nuevo mundo, pasaba por la tarea de construir una gran novelística sobre esta memoria del siglo, e imponer una Historia como madre de la patria y de la guerra. De hecho, su modo de lucha fue la indiferencia y el desprecio, una lucha que les erosionó y carcomió política y personalmente más de lo que se reconoce, y de cuyo éxito, como frutos podridos, cabe colgar un interrogante. Si Consiguieron con éxito la subversión, fue en la medida en que ambos son hoy, ¿y fueron?, reconocidos, canonizados, por su obra diarística y memorialística.  

Centrando la reflexión, Pla nos habla del problema crucial del género, cuyo horizonte, y hay que tenerlo en mente de un modo polémico pero no agónico, es siempre la demolición, ética y estética, de la novela moderna; la sustitución de la imaginación por la memoria. El despliegue de la intimidad será el material corrosivo protagonista de la descomposición, ¿será posible? Así lo reflexiona en unas vibrantes páginas de su obra magna, El quadern gris

<<  Em demano sovint si aquest dietari és sincer, és a dir, si és un document absolutament íntim. La primera qüestió que es planteja és aquesta: ¿és possible l’expressió de la intimitat? Vull dir l’expressió clara, coherent, intel·ligible, de la intimitat. La intimitat pura, ben garbellat, deu ésser l’espontaneïtat pura, o sigui una segregació visceral i inconnexa. Si hom disposés d’un llenguatge i d’un lèxic eficaç per a representar aquesta segregació, no hi hauria problema. Però el cert és que no existeix ni un estil adequat a la sinceritat ni un lèxic eficient. Però, àdhuc suposant un moment, que la intimitat fos expressable, ¿qui l’entendria, qui la podria comprendre?. Si no fos única, particularista, personalíssima, absolutament primigènia, ¿quin aspecte tindria, com es podria imaginar la seva presència? Quan no podem aclarir la nebulosa interna, diem habitualment: jo ja m’entenc… Els embriacs diuen el mateix. Sospito que les criatures, quan no arriben a fer-se entendre, pensen el mateix. La meva idea, doncs, és que la intimitat és inexpressable per falta d’instrument d’expressió, que la seva projecció exterior és pràcticament informulable. Penseu, només, l’enorme força de deformació i de falsificació que té l’estil tradicional, l’ortografia i la sintaxi habitual, en tota temptativa de voler expressar el pensament d’aparença més senzilla, en la pretensió de descriure el més insignificant objecte. [...] Aleshores, de la intimitat, què se n’ha de pensar? >>

Paul Léautaud, el viejo, cínico, misántropo, solitario escritor acre y obsesivo, grosero y zarrapastroso burgués parisino, ahí va, de Fontenay-aux-Roses a París, buscando entre nazis y las pulgas colaboracionistas, comida para sus gatos, los compañeros que llenan su día y su vida de suavidad, su único y verdadero amor junto a la escritura íntima y las putas, como las prefería, jóvenes y sin usar. Escribe infatigable las notas telegráficas y anoréxicas para su diario, privado y literario, confeccionando alrededor de diecinueve volúmenes y cerca de doce mil páginas, con el único objetivo de llegar a ser uno mismo, ¡cuantos tropos acumulados como ácaros en una frase! El eterno problema de la autenticidad aplicado a la literatura, la escritura de la desublimación artística, en su modo más artesanal y personal, más espontáneo, simple y directo, sin reescritura ni modificaciones: 

<<No soy nada brillante, en literatura. Primero, no consigo involucrarme del todo. Lo que se hace en torno a mí no me interesa lo suficiente. Lo noto cada vez más: sólo me interesa una cosa: yo, y lo que me pasa, lo que he sido, en lo que me he convertido, mis ideas, mis recuerdos, mis proyectos, mis temores, toda mi vida. Tras esto, pierdo fuelle. Lo demás sólo me interesa si tiene relación conmigo. Cuando no siento una cierta excitación, alegría o pena, no tengo gusto por nada, no se me ocurre ni una idea. ¿Seré pues un romántico? Cuando escribir se convierte en un trabajo lo mandaría todo al diablo. Y sin embargo tengo una voluntad de hierro. Algunas veces he empezado hasta 10 veces una misma página. Me sentía desdichado pero no importaba. Volvía a empezar. Tendría que tener la fuerza de no leer nada, de creer en mí. Como si fuese el único ser que escribiera.>> 

Pla en modo alguno es un escritor autoanalítico hasta el punto de anotar la presión sanguínea como Léautaud, no está dispuesto a la exploración profunda del yo ni a su exposición de un modo crudo y sin elaboración literaria ni temporal. La creación de su personalidad o de su yo como personaje literario no es una falsificación ficcional más o menos deudora de fragmentos autobiográficos, sino que responde al yo colectivo, asociado a las convenciones y costumbres morales ordinarias, a la exhibición cotidiana de máscaras sociales que cualquier ciudadano pone en acción en el momento decisivo del erotismo con una mujer, o en la intemperie y docilidad del mundo económico y familiar, sin perder el rigor y adecuación a la verdad y lo real. El yo de la escritura planiana es el simulacro y las apariencias de las sombras en la caverna platónica, el sujeto de ilusiones capitalistas y liberales estériles, pero no un producto especulativo de la imaginación. Nítidamente es una escritura egotista sometida a la arquitectura de la memoria y las condiciones e inclemencias, de su tiempo, de su época, de su carácter. Precisamente el límite que quería traspasar Léautaud y de cuya transgresión se le debe la fama de gran escritor de diarios íntimos, impertinente, áspero, ácido... él sí afronta el problema de la intimidad, la vida intempestiva, eterna, su imposibilidad o su realización, sin tantas reservas y de un modo abrumadoramente empírico y magro. Dos formas egotistas de afrontar la nueva gran escritura diarística dinamitadora de los géneros; una, afrontando la memoria de su mundo y la ciencia melancólica (el retorno de la vida como problema inmemorial y propio de la filosofía subjetiva), y la otra, liberando con penetración, no sin cierta futilidad, la intimidad de su misterio y turbación.   



 

domingo, 5 de febrero de 2017

La letra caída


Primeros días de enero de 2017, una mezcla de pobreza y miseria en las horas del mundo: 

Llevo una semana sin enviar mis notas a L., tengo que escribir, escribir fragmentos de vida y delirio, pisando ceniza, lo de siempre. Más allá de la coagulación de lo real, su inherente obstrucción, está el problema de la intimidad: la imposibilidad de escribir sobre el yo, esa visceralidad y espontaneidad inconexa, de un modo coherente, articulado, inteligible, penetrante y veraz, ante los otros, su juicio, su arisca mirada, su intensa piel. No escribo todavía, sólo rodeo. Resigo el perfil de mi vida fáctica, lo único comunicable, soportable y digerible, como en todos. Lo íntimo debería expresarse con ese mejunje textual de lo tierno y turbador, y le corresponde como tarea crear una forma de sentir particular, y por lo tanto de pensar, la subjetividad. Bajo la palabra de todo escritor de la vida íntima discurre una sensibilidad como forma de belleza y de inteligencia, un lenguaje de la incertidumbre y el quebranto, un léxico y un estilo propicios a la demolición y cercanos al escombro. Su género es precisamente la descomposición de todo género y la transgresión descuidada de todo límite textual y personal; allí donde vida y escritura se asimilan y se refinan hasta lo insoportable. ¿Hasta que punto su exhibición no es ya su destrucción, la falsificación y la manipulación de ambas? Su desintegración, es evidente, no depende de su negligente resolución técnica o del éxito y el fracaso en la operación literaria, sino de su propia naturaleza privada, hermética, críptica, desvirtuada una vez se revela en lo común. Cuando escribo mis notas a L., me enfrento no sólo a mi psicología como flujo de síntomas y pasiones, o a un problema literario más, a su forma estética y su mecánica expresiva, sino ante la propia descomposición del yo, que por extensión, es la propia imposibilidad de la escritura; si entendemos la intimidad como su bien más preciado, profundo y penetrante. 

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Tengo que pedirle a R. el fragmento de Bataille sobre la sensación de colapso del lector ante el interminable peso de la tradición y su hipertexto, me lo leyó una tarde en un bar amarillo, cerca de la ventana donde se veía caer la tarde y se consumía la vida. Estéril situación de yermo literario, en sequía productiva, no sale nada. La saturación de lecturas es indecible, leer como no leer me hace sufrir... abrumador olor a sombra de lo no leído. No leo. Paro. Noto el tacto del vacío, el sabor de lo muerto, gustos exuberantes, irremediables. Picoteo, deambulo por la casa, movimientos temblorosos, frágiles, inciertos, como un colibrí desorientado; curiosidad de mariposa, siempre. Ordeno mi estudio como si estuviera ordenando el mundo. Todavía es peor: luchar contra uno mismo y su distracción, su inherente dispersión ¿juvenil?, como si fuera la única realidad. Los mayores dicen que paso a paso, que hay tiempo para todo, para perder la inocencia incluso, pero cada paso es una renuncia, y acumulo los minutos de ese fracaso permanente. Veo los contornos del abismo, las esquinas de la nada, la sensación de no llegar y perderse, esta idea de terminado e irreparable, ¿ser consciente debe ser algo bueno?, lo dudo. Sólo algo autocompasivo, bah. 

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Saturación e intimidad, precioso pleonasmo.






sábado, 28 de enero de 2017

The Trump's texts (yIII)

En el fondo, todo lo que he venido diciendo sobre Trump, casi arrastrando, puede resumirse en el fenómeno esencial que produce la naturaleza televisiva de la política: el predominio de las imágenes sobre la palabra, o mejor, la exclusión progresiva de la palabra por la imagen que pretende sustituirla en su función y en sus vicios, como la mentira. En el cine es conocida la disyunción, y su querella, expresada nítidamente en la imposibilidad del oficio y el arte del crítico. En la administración Trump (no me atrevo a llamarle política) la imagen ha fulminado totalmente a la palabra, dejándola en la penuria más absoluta, moribunda, en puro sonido enlatado, en molesto y enojoso ruido. No hay rastro de un lenguaje complejo y sofisticado capaz de describir, comprender, reflexionar y medirse con las cosas; sólo queda el registro de la imagen: el modo de registrar cada acontecimiento con un cliché, un instante sensible diacrónico que rompe con la lógica sincronía del mundo, la vida y la política. El lenguaje y las palabras disponen de una textura más múltiple, de un mayor hipertexto, disponen, de muchos más recursos y posibilidades que la imagen para realizar operaciones complejas de comprensión sincrónica del mundo. Reducir y sustituir esas operaciones textuales por modos más rudimentarios y primarios de ordenación, más precarios, es exactamente lo mismo que imponer una neolengua, iconográfica, jeroglífica, en el discurso político basado en el rico lenguaje del hombre, con la evidente decadencia y degradación que eso supone.  En el caso de Trump, y así lo demuestra la extensa y dilatada campaña electoral, la imagen es ya en sí misma una degradación de su material. Imposible traducción en palabras como no sea su inevitable crítica, es decir, su negación. La ausencia de la autoridad de la palabra, el imperio y despotismo de la imagen degradada, abren la puerta a cualquier enfático sustituto; y podríamos hablar de la fisonomía autoritaria, la estetización de la política y su espectacularización, pero todo esto, a pesar de ser cierto, es ir demasiado lejos.

La liberación de la obscenidad gestual, incrustada en lo público, el evidente y enfático discurso irracional, las ridículas actuaciones retóricas de vacío absoluto, las patéticas sobreactuaciones sociales, las hostiles y agresivas costumbres y convenciones privadas, que lo son por su desbordamiento, son algo más crucial en la ecología mediática de lo que podríamos pensar. Son el vínculo de la sentimentalidad en política, el nido de las ilusiones poéticas redentoras, vísceras y bajas pasiones como el odio, el fruto de la regresión, el medio para la identificación ficcional. Trump es un hombre de un rubio yema de huevo y un peinado de peluquín, un  moreno artificioso, una boca de pico de pájaro, una penosa mirada adormecida, y un look clásico de ejecutivo con colores corporativos: un personaje de dibujos animados, estricta propaganda. Su mujer, Melania, es simplemente pura pornografía. La turba, y su hedor, ante esta imagen desnuda, cruda, tan reveladora de la mentira, sólo muestra adhesión e idolatría, pues sea cual sea el contenido de los discursos, la no-forma tiene en sus cabezas el efecto del azúcar en los niños, como en el nacionalismo, el nacionalismo del propio Trump. Existe un nexo entre esa estética infantil, de cómic de superhéroes, con la indumentaria del nacionalismo en general, y concretamente en Cataluña: la idéntica ausencia de formas morales y políticas en el poder es un vínculo inquebrantable que une a estas, y tantas otras, ideologías de la imagen: el ostracismo de la palabra. El nacionalismo de Trump, y también el catalán, comparten la reducción de las formas políticas a un juego, estúpido y sin sentido, a una caricatura del propio heroísmo que pretenden asumir. Decía Klemperer sobre el heroísmo: << Para el heroísmo no solo se necesita tener coraje y jugarse la vida. Eso lo consigue cualquier matón y cualquier delincuente. En su origen, el héroe es alguien que realiza actos positivos para la humanidad >> y podríamos seguir con algo que afecta a los dos heroísmos, << un heroísmo demasiado ruidoso, demasiado lucrativo, demasiado satisfactorio desde la perspectiva de la vanidad para ser, la mayoría de las veces, auténtico [...] Tanto más puro y significativo es el heroísmo cuanto mayor su silencio, menor su público, menos rentable para el héroe, menos decorativo >>. Evidentemente, en ambos casos, no existe acto positivo para la humanidad, sino un desorden y desorientación que asegura su permanencia en el poder. Y el heroísmo, en esos movimientos de masas, no existe; Klemperer se refiere, destruyendo la ideología, a la resistencia de un hombre asilado, solo y humillado, ante el golpe de las sombras del terror criminal. 

El desbordamiento de la vanidad, el triunfo, el éxito, la victoria de gladiadores, las grandilocuencias expresivas, es precisamente lo que reprocho a estos dos nacionalismos, a estas dos formas caricaturescas del heroísmo: su continua dependencia de lo decorativo y lo cosmético, la fanfarronería de su presencia, en fin, la falsificación y el descrédito de lo político. Ante ambos es imposible la palabra y el discurso racional, sólo queda emplear el lenguaje de los escritos subnormales de Montalbán.      



miércoles, 25 de enero de 2017

The Trump's texts (II)

En el artículo anterior, hablaba de la ausencia de ciertas formas morales y estéticas en política a causa de la pérdida de la crítica cultural en los distintos medios de difusión: un problema que afecta, con sus singularidades, tanto a la élite como al llamado pueblo; hoy, esas vísceras que conducen las bajas pasiones. No es algo propio y exclusivo de los americanos. Los europeos, a modo de sostenido letargo, lo sufren en sus propias carnes con la rehabilitación de los nacionalismos más rudimentarios, la derechización moral de la sociedad, la edulcorada explotación económica, y la introducción de la precariedad en la vida espiritual. Existe en todo esto un error fundamental del análisis político de los medios, y que surge también de la sociedad, y se convierte en discurso, arquetipo, prejuicio, oficial: suponer que en la actitud y la acción política hay un rasgo étnico particular. Los americanos no son distintos de los franceses, los ingleses o los españoles, a la hora de enfrentarse contra el mismo problema político que afecta al mundo moderno: la transfiguración de las entidades ficcionales en entidades reales, y viceversa, pues es lo mismo. Que las creencias se consideren hechos y que los hechos se conviertan en creencias, son dos vías de putrefacción del mismo fenómeno, del mismo peligro y la misma explotación. El modo de enfrentarse a la supresión de un orden y unas formas de un mundo concluido es, en esencia, el mismo en todos los lugares donde lo real se predica de lo humano. Cualquier reflexión sobre Trump es una sinécdoque del paradigma político actual, con un plus de significación.

Trump no debería tratarse, exclusivamente, como un loco entre bufones, un gobierno de payasos, ni como un quebrantamiento de la psicología personal y política, y olvidarse de una masa, o un populacho, enfurecido y entusiasmado, que lo amamanta e incuba con pretensiones de emulación e imitación tan intensas como la voluntad de destrucción de lo establecido a través de la terminología digital, la conocida regeneración del sistema: fundido en negro y empezar de cero, como si nada hubiera existido. La relación que se establece con los electores o votantes no es con un ente real, con sus lógicas proximidades y distancias, sino que responde a una relación de identificación inmediata con un personaje de ficción desmedido y desatado. Se adulan y adoran sus exageraciones y sus hipérboles que fuerzan los límites de lo real hasta dejarlos en una anécdota, un decorado que abraza lo más importante: la personalidad autoritaria del presidente. La idolatría que sienten los adolescentes por la violencia y el odio en los vídeojuegos es una forma de sublimar y, en cierto modo, redimir las tentaciones de destrucción y los instintos agresivos en un campo de pruebas que pertenece a una segunda realidad, una realidad virtual, desdoblada de la verdadera, y cuya distinción y límite queda clara por las formas morales y estéticas de los adultos que prohíben esas actitudes y acciones fuera del juego. Trump es la inversión de esas realidades, representa la idolatría adolescente de la violencia y el odio virtual, en la primera realidad, que queda sustituida por la ficcional, virtual, digital; que posibilitan la inconsciencia y el entusiasmo del nacionalismo, el racismo, el odio, la agresividad y hostilidad de la regeneración; make America great again.  Parecerá estúpido e ingenuo exponer todo esto, pero en la campaña llegó a decir con la arrogancia característica "Podría pararme en mitad de la Quinta Avenida, disparar a alguien, y no perdería votantes". En efecto, los aplausos y la ovación fueron la respuesta de un público que pensó que las pistolas y las balas son de fogueo, humo y chispas, como en el western, que los hombres mueren como moríamos de pequeños, mientras jugábamos, que las mujeres son domésticas y dóciles, animales eróticos y cercanos al crimen como en el cine negro, y que la vida se cierra con el mismo bucle de sentido, coherente y verosímil happy end, que en los relatos y los cuentos.

La única explicación de la victoria del esperpento Trump es esta: la ignorancia derivada de la ausencia de crítica cultural y el entusiasmo que produce transformar la realidad en una ficción donde las formas, límites, reales no existen, y donde un mundo nuevo, regenerado y reiniciado predominará frente a lo ya existente. Lo preocupante es precisamente la capacidad de la masa y la élite de idolatrar utopías regresivas sin ninguna fisura en la conciencia, ni ninguna capacidad crítica para establecer los límites. Y repito, Trump es una sinécdoque.











domingo, 22 de enero de 2017

The Trump's texts (I)


El otro día decía en una red social, con el mismo éxito que me caracteriza, lo siguiente: 

<< Del Trump candidato al Trump presidente no hay mayor diferencia que la progresión en la escalera del asco y la repugnancia que concede el estatuto del poder. Así lo demuestran los hechos, los textos. Ahora bien, su existencia política (antes era mera televisión) se debe únicamente a las cuotas inasumibles de cinismo y eufemismos que los del partido demócrata americano y la prensa socialdemócrata europea han introducido en la realidad, de un mundo ya precario. La explosión de la vulgaridad, la ignorancia y la grosería en política, ese nacionalismo primitivo, es proporcional a la corrección política que ejercían las estériles y estofadas élites culturales, políticas, y quizá económicas de las supuestas sociedades abiertas. El quebrantamiento del sustrato moral y estético de la sociedad no es nuevo, pero su hipérbole e hipertrofia televisiva sí. Lo peor no es que el mundo progrese en la misma medida que añora, sino que añora una ficción regresiva y reaccionaria, ay, como en casa. >>

Y ya rumiaba en la cabeza lo que iba a escribir en mi cuaderno de notas, de todo y de nada: que la limitación de su lenguaje y el desfase de sus élites alternativas refleja un pensamiento limitado. Algo sobre la pérdida de las formas en política y la decadencia de sus apariencias, de su impresentable modo de darse al mundo de la palabra y el discurso, esa acción marchitada, amarilleando de decrepitud, es la prueba de esa limitación. Que no sólo es una estrategia para conseguir el poder, sino una modo social de gobierno: la tiranía de la ignorancia y el entusiasmo. Es difícil comprender una situación como esta con el foco histórico escupiendo sistemáticamente su luz cegadora a la cara, cuando todo acto y acontecimiento es por su "novedad" algo histórico. Hay que desprenderse de esos ecos de trascendencia que relativizan los hechos y las opiniones terrenales importantes, y que son producto de profundas transformaciones en la naturaleza política: ya no hay sujeto histórico, sólo sujeto de telediario, carnaza televisiva. Mejor todavía, sujeto histórico televisado, retransmitiendo en directo la historia, el pasado, y en ocasiones dada la confusión, el futuro, lo que se ha venido llamando la historia del presente, un sinsentido cruel, una contradicción mortal que aplasta y seca la vida. Convertir la historia en realitysmo es el signo más elevado de la decadencia política actual, la evidencia de la ausencia absoluta de esos diques que deberían haber mantenido su profundidad y veracidad: los diques de la formación cultural. La pérdida de la crítica cultural de la política, a lo Aub, a lo Kraus, e incluso a lo Benjamin, reduce el nivel de la crítica política hasta el nivel de las alcantarillas de cuyo zumo se nutren y alimentan los hombres vacíos, los votantes de Trump. Algo que va más allá de los clásicos recursos del empobrecimiento y la depresión material de la sociedad y la precariedad de su bienestar, para explicar la ignorancia. A mi juicio, el vínculo entre la pobreza material y la miseria espiritual es algo cierto, pero responden a dos procesos distintos, y en cierto modo autónomos, aunque coincidentes. Incluso el segundo tras alimentarse de la pobreza y el hambre, es capaz de extenderse de un modo masivo afectando a toda clase social frívola y funcional. La operación económica, televisiva, de construir un hombre inacabado, menor de edad, y profundamente ignorante es ya un hecho, más evidente after Trump, a causa de la claudicación cultural e intelectual, crítica, de la política y sus hombres: la estupidez gobierna, el hombre es su humo, el share.  

    

lunes, 16 de enero de 2017

En Cataluña, la democracia es un gigantesco eufemismo


Veo al vicepresidente Junqueras, monseñor Junqueras, por la televisión. Mala noche; aún no he salido de mi espanto. Dicen que es el más razonable y moderado del proceso secesionista, aquell tros de vedella, no sin mucha ingenuidad y un desfallecido juicio. Un hombre que llora por su patria, que balbucea por su ficción, en condiciones de paz y normalidad política, es un hombre sentimental. Habrá que recordar aquello de Kundera: "nada más insensible que un hombre sentimental". El asco profundo, inesperado, de unas lágrimas, que no desembocan en lo humano. El estupor que puede producir la imagen de un hombre adulto temblando como un colibrí ante la disolución de sus pesados, embarrados, mitos, es infinito. Una irresponsabilidad mayor, que denota la minoría de edad de todos los que se conmovieron con esas lágrimas de madera. Lo realmente importante no son las cañerías sentimentales de Junqueras, sino los hechos que ocultan los nacionalistas bajo su triste, y vano, entusiasmo: 

 

Cataluña es la comunidad autónoma con mayor corrupción, y no lo parece, nadie lo diría. Cobra cada vez más fuerza la juiciosa opinión de Gregorio Morán, casi evidencia factual, de que el nacionalismo, además del proceso de extranjería e identidad (integración, asimilación, bah), es un proceso de amnistía general de la corrupción catalana, la corrupción adherida hasta el tuétano de su burguesía y su élite. Junqueras, además de estas inconveniencias del "proceso" y su colaboración con la corrupción, su amnistía es la mayor corrupción, no responde a una paradoja política fundamental. Si sólo pueden votar los catalanes en un supuesto referéndum de autodeterminación, y no el conjunto de los españoles, eso, monseñor, ya presupone que se es un sujeto de soberanía, a priori, cuando precisamente eso es lo que se quiere inaugurar o fundar en un acto performativo como este, a posteriori. Oh, ah, claro, en una declaración unilateral, sí, que disfrazan con sus trampas y manipulaciones, de acuerdo. Para el nacionalismo, la democracia, los individuos y la ley, no es más que un gigantesco eufemismo. 

Lo peor de todo esto, es el precio político y personal que se paga por esta clase de delirios. No sólo los estúpidos e inacabados, sino hombres, mujeres, inteligentes y bondadosos se consumen en ese deteriorado campo semántico de la mentira. La decepción, es dura y quema.