sábado, 16 de abril de 2016

Quo vadis ?


(Raúl Arias) 

Un día en funciones, pensé. Pero no, mi vida está en funciones como el gobierno. Así decido pasar estos días, descansando, haciendo ver que hago algo; estar ahí, firme y erguido, que ya es suficiente. Otros se agachan y extienden las manos entre lágrimas, se arrastran como larvas o tiernos y viscosos gusanos perforando húmedos y estrechos túneles en la arena laboral clientelar, para luego hacernos creer que son frescas y libres mariposas. Los más, directamente esperan con el culo en pompa la gloria de la vida, una gracia fortuita y divina; pensándose héroes, sienten un cierto placer de sodomía y esclavitud, ¡qué gente tan extraña! les gusta lo más raro y lo ven normal...

Día en funciones, a pleno sol, comiendo lo suficiente, bebiendo en exceso y paseando lo permitido. Mientras estoy en La Ciudadela, entre trabajadores, asalariados, teñidos en cobre por el sol y curtidos por el duro trabajo,y mientras exorcizan su diferido esfuerzo con comentarios masculinos sobre mujeres, coches y salarios de toda plusvalía y explotación, y entre burguesitos de chichinavo,  como con L una inverosímil, pero vulgar, paella valenciana. Han metido de todo, las sobras quizás, pero extraordinariamente, queda bien, sin más; ambos le damos el visto bueno. Luego me traen un atún en su perfecto punto, la parrilla se hizo para ese atún pardo y salvaje, jugoso por dentro y crujiente por fuera, marcado a latigazos de fuego de por vida, y bañado en salsa de soja, excesivo tal vez; descalabros de la creación artística donde no hay arte. Pasa el rato, hablando gratamente con L, y llega lo de verdad: unos serios bombones de coco bañados en polvos suaves de chocolate, una inversión del orden lógico de las cosas, que al menos engaña al paladar satisfaciendo sus necesidades. A todo eso, un Verdejo, espumoso y con aguja, nos dijo el cubano y simpático camarero, envolvía, dulce y ácido a la vez, burbujeante él, todos los tragos densos de los platos principales; era fresco y cristalino, grato y agradecido, pero sin dejar huella alguna en la memoria. Llega, tras un café solo, negro, profundo, breve y acompañado de un caro y costoso pitillo - la experiencia se acumula en el estómago esperando un claro y ácido digestivo que lo empuje todo, incluso a uno mismo, a una sana y etérea tierra de nadie - y un rápido trago en forma de alcohol y hierbas líquidas, se agradece todo lo verde de la comida, el final de la comida. En el paseo ya puedo empezar a recordar. Entro otra vez en el mundo real protegido por cierta burbuja otorgada por el don de la ebriedad y la amistad; que no siempre van de la mano. Es demasiado pronto para preguntarse quién es uno y a dónde va, así que me vienen a la cabeza, acumulándose los materiales como en un delta, los asuntos, los papeles y los trámites, de la semana:

1. ( Sólo L, logra paliar este tedio, ese maldito zumbido nacionalista) El papelucho Koiné da vueltas en mi cabeza, no me abandona, gira y revolotea en ella sin parar como un niño revolviendo el viejo baúl de los juguetes; forma parte de mi vida cotidiana e íntima sin que tampoco me lo termine de creer del todo. Después de beber y comer copiosamente, todo adquiere una textura de nube de azúcar y un ritmo casi acuático; pienso entonces que no es del todo serio; si lo fuera, el hombre sería un hombre sórdidamente cómico y ridículo, como dice el viejo y grueso Chesterton. Ni siquiera la disputa en forma de efímera y chabacana provocación, que esos viejos reaccionarios de la burguesía catalana pretendían introducir en el erial mediático, llega al nivel de la querella, en el Diari Català de 1881, ya, algo apolillada, entre Valentí Almirall y su catalanismo racialista, y Pi i Margall y su federalismo "pactista", como él mismo lo definía. Seguramente Gaziel, el escritor manqué, no hubiera permitido que esa decadencia se filtrara, como se filtra la carcoma en los muebles exuberantes y olvidados, o la humedad en las bigas de las casas antiguas, en su querida Vanguardia española; el eterno intelectual orgánico de Cataluña.

2. (Paseando por la Ciudadela) Leo una entrada en lo de Arcadi (él también suele estar en funciones), y coincido exactamente en su descripción y sus adjetivos, aunque disiento de su juicio de valor, pues el mío se diría que es inversamente proporcional al suyo, en su énfasis, en su importancia, en su forma, en su penetración, en todo. Yo también veo a Pdr Snchz con el abrigo de un asesino; lo veo además "no siendo lo que son, sino lo que creen creer que son de lo que les han hecho ser por lo que les dicen que son". En cualquier caso, la culpa no es sólo de la superioridad moral de las "izquierdas", como dicen algunos; sino de la arrogancia y la soberbia de la derecha, de todas las "derechas".  

3. (En casa, ya de tarde, alienado con los aparatos, despejo las nubes de la bebida) Oigo por la radio al ministro de cultura y educación, de nuestra industria cultural, y dice el paniaguado, que la educación en la actualidad es cosa también de los padres, que las escuelas deben integrar, como si de un cuerpo de ayudantes docentes se tratara, a los insoportables papás y a las cursis y sentidas mamás en las escuelas. Papás y profesores agarrados de las manitas, paseando por verdes prados y diáfanos cielos azules, para educar a sus irrepetibles y excepcionales hijos. De paso, el aristócrata ministro, sostiene que los retos de la educación han cambiado, pues hoy, un niño con la dichosa tableta, sabe más y más rápido que el profesor, de modo, que las técnicas educativas, pedagógicas y tecnológicas deben cambiar. Su abierta y ofensiva ignorancia, su despreciable y redonda arrogancia, junto a la indecible impunidad y desparpajo goyesco con que el habla, demuestran una vez más, que la pregunta clásica por el buen gobierno y la buena gobernanza, no son ni fantasías de los clásicos ni eludibles preguntas que la flatulenta posmodernidad activista pueda esquivar y tomarse como excusa para sus juegos pirotécnicos. Recuerdo un breve y reciente artículo donde impera el sentido común y la capacidad analítica, de entre los muchos, que Jorge Sánchez, escribió y colgó en las paredes de su cuaderno digital, Bajo la lluvia: El "negocio" educativo, se llama la criatura. Una síntesis perfecta del problema que conecta, encaja como sólo encajan los enamorados, con la tesis central de Borriquitos con chándal; el ensayito delicado e incisivo de Ferlosio: lejos de ser lo público lo que se introduce en lo privado, invadiéndolo; son las manías domésticas y decorativas de lo privado, las que penetran y arrasan con lo público. La publicidad (consumo; o "la fabricación de consumidores" que diría Ferlosio), el mercado (producción), los intereses particulares (laborales) arrasan con el carácter despersonalizado, indiferente, "objetivo", común, instructivo, formativo ( en conocimientos), y desterritorializado, de lo público en lo educativo. Donde la lógica del interés privado, sea del capital o de las familias, o del dirigismo gubernamental, no tienen, no deben tener, fuerza alguna. Esa brecha abierta, en definitiva, lejos de evitar la desprotección de los hijos y su ignorancia, consigue precisamente lo contrario: borriquitos con chándal; nos hemos dado un tiro en el pie. La vida pública es la invadida y agredida, y la vida privada, la invasora y agresora. La privatización de la escuela es doble: una cuestión doméstica y de mercado. 

4. (Frente al mar, junto a L) Pienso en el artículo de Zizek en El Mundo, ¿Por qué el perro se lame los testículos?, y exactamente, veo que sólo sobresale y destaca en lo que más y mejor soporto de él y su escritura, sus chistes y su ateísmo, sea político, estético, ético o teológico, paradójicamente. Las vedettes del cabaret académico, expertas en aparentar no romper huevos para hacer tortillas, se matan por escribir en los periódicos, aunque los escriban, como en la UB, con los pies y las partes pudendas. El caso de Zizek es distinto, éste, es un texto más, y se nota: su único talento es el chiste de rotativo, de ensayito a vuelo corto, de vuelo bajo, en este caso, un chiste a tres columnas. Lo único que podemos destacar es el nuevo nombre que da a la dialéctica del reconocimiento o dialéctica del amo y el esclavo; la cosa va de huevos, lametazos y perros; justo el poder. Lo ve como nadie en sus ensayos, aunque lo escriba como cualquiera en sus artículos. Aunque apunte en buenas direcciones, no conoce los caprichos del papel pulpa, ni sus exigencias ni necesidades; cuando cobra tanto por ello, sin saber hacerlo, es uno más, en el doble sentido, moral y físico. Si no se escribe con la misma brutalidad y acidez con que impacta la realidad y choca contra nuestra experiencia, si no se consigue golpear en la boca del lector, agarrarle del pelo y arrastrarlo por el suelo, los chistes y las tibias ironías terminarán por envolver el bocadillo de sardinas que acompaña al niño durante el recreo. No se puede vivir siempre de la "marca" `publicitaria, y si es académica e internacionalmente conocida, peor. Lo único salvable de un artículo que huele a ceniza fría, y aire ya respirado por otros, es la concreción metafórica de su título, nada más.  

5. ( En el bus de vuelta a casa veo a un anciano leyendo "El Periódico", y recuerdo...) Hace poco vi con el sobresalto que me provocan las estupideces y degradaciones socio-culturales mediáticas, las "Cartas al lector, entre-todos" del mismo diario del anciano, El Periódico; inevitablemente pensé en Benjamin, que ya cuestionaba las cartas al director. Bajo la apariencia del debate ciudadano y el mercado de ideas, se oculta, como se oculta bajo la venda una falsa herida, la supresión del límite y la frontera entre autor y público, entre trabajo y ocio, entre crítica y productor, que tan bien hace al capital. La escritura se sindicaliza y reina en ella el Victimato, la justicia poética del Tertuliano, campan a sus anchas las charcas de sentido, sus universos trágicos de reivindicación, activismo, resentimiento, revancha y cooperación laboral; se borra la huella de la instrucción y la formación del trabajo intelectual, y se reduce a su física necesidad, a su inmediatez y desnudez esencial. Los anónimos, sin firma, arden en la impaciencia del que se siente excluido y se cree sujeto del derecho de tomar la palabra para defender sus intereses, se apropia de la autoría, en esa fétida hiperdemocratización para cáscaras de hombre que denunciaba Ortega, y su "trabajo", su "causa", toman la palabra, asaltan la escritura y apresan la prosa. Degenerando, como está hoy, la prensa burguesa hasta límites de frivolidad y superficialidad inaguantables. 











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