miércoles, 5 de septiembre de 2018

Memoria de un hombre antinguo (III)

Comiendo cacahuetes secos y canturreando canciones de amor y guerra, pasó toda su vida en Orihuela. Pero faltaba el relato de su llegada antes de enamorarse de Antonia, su extraordinaria entrada en Barcelona, que su picada memoria ha reconstruido en función de su natural odio ideológico a la izquierda. Le contaron, y así se construyó su memoria normativa, que "las izquierdas" mataron de hambre, ese lobo universal, a su familia, que fueron los rojos quienes le robaron la infancia, la juventud y las gallinas. Ese rencor le acompañó y le acompaña siempre. Su vida adulta estuvo sometida al trabajo duro, alienador, en ocasiones, penoso, inseguro, pero resignado a sus deberes y obligaciones de un desclasado de derechas, un obrero de derechas y de orden, que por la joroba de los tiempos consiguió ahorrar, ahora en el final de sus días, una pequeña cantidad de dinero y convertirse en un tímido y discreto propietario. A mí me contó su odio, nunca acepté que eso fuera la verdad, pero acepté que me contara su triste llegada a Barcelona.

- Nene, yo, cuando vine, toda la ciudad estaba bombardeada, había muertos tirados por las calles, rostros carbonizados de contienda, y se oían tiros sobre el cielo que silbaban más que los pájaros. Me sorprendió el silencio opaco, un silencio de trastienda, un silencio de guerra, habían gritos desesperados, pero se oían menos que el roce con el suelo de las suelas de goma de las botas, el roce de las chaquetas sucias de barro, apestadas a sudor y tabaco, y ensangrentadas; recuerdo el rumor denso a ras de suelo del vapor de las calles. Ya había terminado la guerra, pero el dolor acababa de empezar, es un veneno retardado, lento, estricto; las izquierdas habían asesinado mucho, y Franco se levantó para poner orden en ese caos, eliminar el caos y las revueltas. Hizo justicia, sólo mató a los que eran asesinos o tenían de algún modo las manos manchadas de sangre. (salto del sillón y me enfurezco; pero él sigue, es el testimonio, es mi abuelo) Sí, nene sí, sólo cortaba la cabeza a los idealistas. Tú tienes la habitación llena de libros, pero los libros mienten, ¡yo lo viví!, ¡yo estaba ahí!, y ¡lo vi todo! Los libros dicen una cosa, y la vida va por otro lado, no es cierto lo que dicen los libros de los idealistas, los que los escriben inventan cosas, quieren ir contra Franco, no estuvieron, no saben nada. Yo soy de quién me da de comer, entiendes, si me dieron de comer las derechas, pues yo soy de las derechas y no de las izquierdas, quieren ir contra él, pero él es historia, no pueden ir contra la historia, yo recuerdo a la gente feliz por las calles cuando mandaba Franco, recuerdo una vida normal; lo quieren borrar de la historia y no puede ser, es todo mentira... 

-Hay testimonios que estuvieron ahí y escribieron... ( brusca interrupción)

-Pues mienten. Yo estaba allí y lo viví en carnes. Grrr. Son las izquierdas las que quemaron conventos y asesinaban a gente, vinieron a por mis hermanos, y se llevaron las gallinas y los conejos, ¿de qué iba a vivir una mujer sin sus animales?, ¿cómo iba a alimentarnos a nosotros? Franco sólo mató a los manchados de sangre y a los idealistas; hizo justicia. Nene, yo de pequeño fui de flechas y Pelayo, tengo aún el uniforme, con el yugo y las flechas rojas, el fondo azul oscuro, casi negro... En el pueblo fuimos a despedir a don Antonio, a José Antonio Primo de Rivera si seños, yo vi el ataúd, fue fusilado en Alicante, y ahí que fuimos. Así que no me digas a mí...  

[se emociona hasta el punto de quebrarse la voz, es también, un hombre sentimental; de una era que sólo producía héroes y mártires. Llorar por el hambre que pasó, ¡por el hambre!, el dolor de la miseria, el sufrimiento del abandono y el desamparo, sólo pasa, masivamente, en épocas de violencia y muerte; y yo, en los vicios de la paz, con los problemas de una joven vida feliz, que sólo he llorado en mi vida por amor, y desamor]

- Bien, dejémoslo, cuéntame lo de tu llegada, anda

- Ah, sí. Pues llegamos a Barcelona, con mi madre y mis hermanas, en tren. Toda la calle Aragón no existía, era una vía de tren, una enorme vía que llegaba hasta la estación, la estación de Francia de entonces, allí, al lado de donde está el parque de la Ciudadela, sí, como ahora. La ciudad estaba toda bombardeada, llena de cráteres en el suelo por las bombas y agujeros de bala en los edificios, y llena de polvo, parecían figuras de talco, sabes los polvos talco, los edificios eran eso, un blanco sucio, una ciudad hecha de polvos talco, tan débil, tan frágil, tan inestable, tan polvorosa, humorosa, esos edificios parecían desvanecerse por el viento si los tocabas con un dedo, un infierno de talco y cenizas desmoronándose. Al bajar del tren, andábamos y el suelo ardía aún del fuego de las metralletas y las pistolas, el fuego de la guerra, nos odiábamos todos mucho. Vimos conventos saqueados, y destrozados, las puertas rotas, reventadas y astilladas, paredes oscurecidas por la pólvora, rastros de sangre, me sorprendía, había la huella de manos y suelas de zapatos incrustadas de un rojo vivo en la pared, de muchas sangres mezcladas, hasta el agujero de balas era rojo, comprendes? El mestizaje de muchas almas representadas igual en grandes manchas y rayas, parecían los trazos de un curioso cuadro de estos modernos tan raros, fue muy inquietante. Se nublaba la vista al mirarlo. Había mucha gente rondando por la calle, y las monjas que quedaban vivas, como cubiertas por una especia de harina, monjas enharinadas, estaban en el humbral del portón velando los cadáveres o vagando absortas por la entrada, asustadas, como si hubieran visto al diablo; una placita en la entrada de piedras graníticas convocaba a las monjas, en el centro, montones de ropas, trapos, maletas, y trastos, rodeando esa montañita, estaban los ataúdes de los muertos. Dentro de los ataúdes, en general eran grandes cajas de madera, había monjas muertas, el cadáver de unas santas, en unas cajas de cartón, niños muertos, apilados, sus cuerpos hacían un solo bloque de carne violeta, como un gran morado, estaban tan abrazados que parecían pegados por un mismo tronco, dejando ver sólo sus cabecitas calvas y pálidas que parecían pequeñas y desmenuzadas cabezas de coliflor en conserva, un olor agrío recordaba al vinagre que mantiene las verduras, un horror. Nene, monjas embarazadas tumbadas en las cajas, asesinadas por los rojos, con cuerpos tan rígidos y caras de porcelana, eran un espanto; monjas embarazadas, con niños en brazos, y también algún cura, mucha gente de la calle, gente normal, pero estos estaban más afuera aún de la placita, ya no era el convento. Una monja joven y de constitución delgada, huesuda, yacía  muerta y embarazada en el ataúd con la barriga destapada, al descubierto, parecía el vientre de una yegua preñada, tenía pelitos rubios y blancos que brillaban con el sol, la panza era enorme, caliente, gruesa, y ronchas de carne rosada la cruzaban por el medio, en vertical; la cara de paz de esa mujer era absoluta, como si hubiera recibido el perdón definitivo, pero dormía el sueño eterno con la criatura dentro, hecha papilla, eso no puede ser bueno, hombre, se deshace ahí dentro viscosamente. La humanidad no está preparada para estas cosas, no acepta este tipo de sucesos, no puede vivir el terror sin más, tenía que haber verdugos y víctimas, y los habían. Los muertos olían francamente mal, aunque el olor a pólvora quemada lo disimulaba, el disimulo se convirtió en nuestra vida tan pronto te olvidabas de la guerra y los muertos gracias a ridículos placeres y precarias comodidades del día a día. Nos parecía ya todo normal. Llegamos andando a nuestra nueva casa, en la calle Cerdenya, junto a la carbonera.
Todo eso lo vi yo, cuando niño, y no lo olvidaré. 

La historia, analiza la cualidad del material humano en todas sus dimensiones conflictivas: verdugos que fueron víctimas, y víctimas que luego fueron verdugos; la historia debería ser eso, lo contrario a una ciencia moral, lo contrario de una ciencia escatológica.


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martes, 4 de septiembre de 2018

Memoria de un hombre antiguo (II)

A los pocos meses de volver del servicio militar, se juntó, a su modo de decir, con mi abuela Antonia, y al cabo de los seis años nació mi tío, y a los ocho mi padre, dos pipiolos muy esperados y queridos por la tradicional familia. El taller, pasados los años (aproximadamente unos 13 o 14) tuvo que cerrar, había normas severas en el nuevo tiempo. Se exigían contratos laborales, asegurar a las trabajadoras, pagar impuestos, locales acondicionados, homologados, organizarse y asimilarse a la velocidad de la vida moderna, un aprendizaje ya tardío para mi abuelo, dada además la agresiva y poderosa competencia que las grandes marcas populares de ropa ejercían. La industria textil y sus estrechas relaciones con grandes distribuidoras y enormes centros comerciales, liquidaron el pequeño negocio local, los medios de trabajo doméstico, liquidaron el futuro de un pequeño hombre que ante la inmensidad abismal de la incertidumbre cerró los ojos mientras andaba blandiendo los brazos para luchar contra la nada y su intrínseca oscuridad devoradora, para habitarlas y acomodarse. Se movía por la crueldad del mundo adulto con los ojos gruesos y redondos de inocencia, como esos niños miedosos con pijama de franela que se levantan nerviosos a media noche recorriendo un interminable pasillo negro y frío, en busca del reposo y la seguridad materna, golpeando el aire con sus diminutos y blanditos puños de carne y huesecillos de leche, con la finalidad inconsciente y automática de espantar a las siniestras criaturas de la noche con que los adultos los asustan, para prepararles y entrenarles frente al inextirpable miedo a la muerte, y la soledad, que les invadirá, hasta la fatiga y la melancolía más fundamentales, de mayores. Le faltó alguien liberado de la miseria que le contara cuentos por las noches, el mismo cuento cada día sin variaciones, sin olvidos, ni cambios, ni inventos, para espantar a los monstruos, que un día crecerán y serán vivos, implacables.Ya se sabe, hemos venido a vivir para luchar contra la muerte. Cerró.

- No podíamos competir con los que venían, era una locura, una invasión. Eran nuevos, fuertes y muchos, todas las pequeñas casas cerraron, queríamos anticiparnos a la derrota. El sector de la pañería: forraje de piezas y el interior de los trajes enteros, muerto; pantaloneros, chalequeros, pañueleros, modistas, todos desolados y perdidos; las tricotadoras del barrio que se subían a las azoteas de tejas rojas de los bloques de pisos para sentarse en los bancos de madera, y ahí, cotillear y laborar, todas, desaparecieron, se extinguieron como dinosaurios. Ya no había más viejas de luto, negras y pálidas, tricotando y andando por los tejados como si fueran gatos. El mundo cambió, dicen que para bien, pero muchos se hundieron. Nosotros tuvimos que dejar aquello, y pensar qué hacer para mantener a los niños, queríamos buenos colegios, eso eran los colegios caros, buena ropa, el material para el estudio; el piso dónde vivíamos nueve personas, tres familias, había que pagarlo mes a mes, muchas bocas que alimentar para el hijo pródigo. Porque, sabes, nene, a mí de siempre me han llamado el hijo pródigo los muy cabrones. Vaya mamones y cabrones de mierda, toda la vida trabajando, y ahora...

-Espera un momento abuelo, vas muy deprisa, recuerdo muchas más cosas antes de llegar aquí que estás pasando por alto, por ejemplo, ¿qué pasó con tu padre? porque decías que murió antes de la guerra. 

- Mira nene, la cosa fue así. Mi padre murió antes de la guerra porque se arruinó, yo tendría 5 añitos o así; no recuerdo nada, casi nada, de él; lo que me contaban. Se llamaba Amadeo, como yo. Él y mi madre, la Dolores, eran modistos, tenían una tienda en una calle buena del pueblo, en Orihuela, una buena calle de comercio; antes las tiendecitas prosperaban, se ganaban bien la vida. Consiguió un dinero con las telas, el coser, los trajes y la confección, y querían comprar una casa más grande, porque... bueno, una casa para la familia, para Dolores y los hijos, mis dos hermanas y mis dos hermanos, necesitábamos espacio, miraron una grande de tres plantas, terrazas, y jardín con cerezos, una huerta muy arreglada y hasta un corral. Pero sus dos hermanos, mis tíos, vinieron y le dijeron que ese dinero ahorrado podía invertirlo en algo mucho mejor, en el terreno que ellos tenían, para un negocio gordo que le iba a dar mucho más. Les dio el dinero; fue un dinero negro y manchado, como los cuervos que eran y viven de la podredumbre. Era un negocio bastante común en la época. Consistía en comprar naranjos y limoneros en flor, para los terrenos, para plantarlos y venderlos, sea el fruto, la planta, las semillas, se vendía por partes, entiendes?  Mi padre murió por la pena de los limones, por la marchitada flor de los naranjos. Plantaron el asunto, pero fue mal, muy mal. Era un año de tormentas, tornados, granizadas y mucho viento, un viento como nunca más he visto, un viento fiero, fuerte, violento, muy raro. No venía de ningún sitio en particular, ni nadie lo avisó. Eso destrozó los campos, dejó la tierra muerta, yerma, era como de otro color, amarillenta, fea, como el amarillo del enfermo, todo convertido en erial, las semillas, las flores y plantas, no funcionaban, no había. Nunca le devolvieron el dinero, y a mi padre, arruinado y sin nada, le dio algo, sí, eso, un ataque, aunque la pena era inmensa, no te la puedes imaginar, una ira indescifrable. Murió por el sufrir, por el dolor, de esa pena y esa ruina tan grande e irreparable, con esa blancura inapelable.

(le interrumpo, para darle tiempo también para comer el postre; todos hemos terminado. Mi madre, a la que mi abuelo llama "la duquesa", ha preparado un gigantesco y tembloroso flan de huevo casero, con caramelo, negro satinado, nata montada y, para él, kiwis. El clásico flan con kiwis y cointreau, porque mi abuelo toma esa barra de helado sintético con cointreau, los bizcochos, la fruta, y el flan con cointreau. Con los mofletes hincados, rellenos, sé que puedo hablar...)

- Abuelo, esto que me cuentas, es como un cuento ruso, los vientos violentos y extraños que destrozan la vida de un hombre honrado, recto y elegante, morir de pena por la ruina, que va más allá de la ruina personal, es como una ruina cósmica para la familia, representación de una ruina universal concentrada en la desgracia particular, la liquidación de un microcosmos, realmente podría ser una buen relato de literatura rusa.

- (un silencio prolongado, las cejas pobladas de incomprensión y estupefacción) Los Rusos son rojos, nene, eran los comunistas. No entiendo eso que dices del cosm... (ininteligible, intraducible) No, no, nada de cuentos, eran comunistas, asesinos, eso, de cuento, no, nada. Mira. Él murió porque los otros eran unos hijos de puta. Y mi madre se quedó, sola, sin nada, sola con cinco hijos con la boca negra, que andaban por la calle con mendrugos de pan duro y chupando las cáscaras de los cangrejos del ríos, pisando charcos en vez de acudir a la escuela, cuando antes íbamos alimentados como leones y bien vestidos como señoritos, limpios, llenos, envidiables. Estuvo un tiempo en casa cosiendo, haciendo de modista, pero no pudo, no ganaba, y nos fuimos a casa de la abuela. No pagábamos nada, ya estaba pagado; un piso con una planta acabada perfecta, pero con una segunda sin terminar, es decir, arriba, había una especie de terrado mal hecho, dejado, así vivíamos abajo todos juntos, y arriba construimos un corral, teníamos gallinas y conejos, montamos unas vayas de madera, algo parecido a un cobertizo también de hierros, paja y maderas, con sus rejas, y comederos para los animales, y hasta una cabrita que comía mucho, pronto se fue, porque era demasiado ese animal tan grande ahí, lo oíamos toda la noche andando arriba y abajo, resonaba el clac, clac, clac, por toda la casa; además no estaba muy bien, respiraba con gran profundidad, se le hinchaba la barriga y las tetillas, luego, por la mañana tras toda la noche respirando profundo, le dolía, gritaba como si la estuvieran matando, o como en un parto, nos deshicimos de ella, no queríamos comer esa carne de grito. Al poco tiempo, se fueron mis hermanos mayores a trabajar, a Barcelona, donde después de la guerra también fuimos mis hermanas y... bueno ya sabes.  

martes, 28 de agosto de 2018

Crónicas del desengaño (II)

Una vez más voy a rendir culto a la fragmentación, esperando el retorno de ese orden ansiado y que parece tan contrario a nuestra época.


...al margen de las lógicas del rumor y la barbarie, existe el deseo del amor, del amor puro y romántico, que es un deseo imposible: poseer absolutamente al otro en su soledad. Entender que el amor manqué que conocemos puede ser sustituido por un amor como creación artística y moral, es un delirio malintencionado.


...cómo de honda, grave e irreparable, puede llegar a ser la incomunicación entre los hombres, sólo llega a comprenderse ante el desprecio real del catalanismo hacia el grito como poema del flamenco; ese morro arrugado o sus onomatopeyas burlonas cuando oyen el cante (J)hondo, de amor y muerte, de La Paquera de Jerez. 



...yo amaba de ella todo aquello que le hacía, irreflexivamente, sufrir. Lo mismo podría decirme ella.  









sábado, 25 de agosto de 2018

Memoria de un hombre antiguo (I)

Escribo sobre un hombre antiguo, viejo, un anciano de 93 años, muy lejos del principio, muy próximo del final. Amadeo, tiene una especial y enigmática relación con la muerte: no la siente como algo íntimo, ni como una realidad absoluta o como lo irreversible, el gesto más aterradoramente irreversible en la vida de una persona. Ni indiferencia, ni la fascinación tan propia de los productos de su tiempo. Cree que hay alguna especie de continuidad en todo esto, un cambio de nivel, de etapa, una prolongación inaccesible de la vida en otro lugar, remoto o cercano, en cualquier caso, invisible e imperceptible; no tendría sentido lo contrario. Lo dice con total desprecio por el dogma bíblico, con cierta admiración por la fe individual. Espera reencontrarse algún día, y de algún modo, con su mujer Antonia, mi abuela, un muerto. 

- Yo conocí a la Antonia de muy joven, justo cuando llegué a Barcelona; venía de Orihuela con mi madre. Por la guerra. La república nos robó todas las gallinas que nos daban huevos para comer, y los pocos animales que nos quedaban, y que ofrecían algo de leche y de carne, también se los llevaron; matándonos de hambre. Venían los de las milicias a por mis hermanos mayores, pero ya se habían ido. Mi padre había muerto antes de la guerra, murió de pena, por la ruina de un negocio, la pérdida de unas tierras y una plantación prometedora, abedules o ... bueno, no sé,  pero eso es otra historia. Yo tenía que comer los higos caídos de los árboles, aplastados, sucios y abiertos, las escasas moras rojas y azules de los arbustos que rodeaban el pueblo, o los frutos del peral del vecino, una fruta picada y reblandecida, devorada por bichos y pobres. Todos los días igual, cualquier cosa que encontráramos por el suelo la hacíamos comestible, mirábamos entre las rocas del río y de la antigua muralla, por las cunetas, los caminos que conducían al cementerio y al ruinoso campanario, me comía hasta las raíces enterradas bajo tierra, sólo quedaban los huesos de las bestias, arenosos y quebrados, en los muladares. Andábamos por las calles del pueblo mirando las basuras, preguntábamos en las tiendas, pero mi madre no consiguió nunca nada, algún residuo. Nos fuimos cuando terminó la guerra. La posguerra fue peor que la guerra. Íbamos a casa de mi hermano, en el piso de la calle Cerdenya. Su mujer era la hermana de la Antonia y ejercían de costureras en el taller que habían montado en el piso. La conocía de vista, la veía pasar cada mañana por delante del mostrador de la joyería donde trabajaba. Empecé muy pequeño, tenía 11 años.  

Las fechas no cuadran, son tremendamente inexactas y confusas; la memoria es algo de una extrema fragilidad e importancia. Amadeo tenía 14 años cuando empezó a trabajar en la joyería. Se enamoró de mi abuela Antonia poco antes de cumplir los 15, cuando los presentaron formalmente; eran familia política. Al año y poco, mi abuelo ya trabajaba con su hermano cosiendo bléiseres y pantalones en el piso, con las otras mujeres, ellos, por la fuerza de las cosas, mandaban y controlaban el taller doméstico. Estuvieron así hasta que Amadeo, con 22 años, tuvo que realizar el servicio militar, la quinta del 47, decían. Tres años en el cuartel del Bruch, compartiendo la bandeja de hojalata con tres reclutas durante frenéticas y agobiantes comidas. Poco alimento, algo de beber, y un tiempo algo más generoso pero encorsetado en exceso. Durmiendo en unas inestables literas triples, y dejándose querer por las señoritas de secretaría, mimosas, dulces, simples, leves, livianas mujeres.  

-Iba a patinar, por ahí, más arriba del cuartel, donde San Juan de Dios, tocando la montaña. Le dije a la Antonia que viniera, pero siempre fui solo. Me pasé horas sobre ruedas (...) No, no, nunca le envié cartas, ni de amor, ni de nada. ¿por qué?, pues porque no hacía falta; dormía cada noche en casa; estaba cerca de la suya, casi éramos vecinos, y nos veíamos mucho.

Todavía no estaban juntos. Mi abuela, en esos años, tuvo una relación con un vendedor algo pendenciero, y borracho, sobre todo borracho, con el que tuvo una hija, rubita y guapísima, el conocido arquetipo de joven hermosa dispuesta a triunfar y ser artista en la España franquista boba y tamborilera, de concursos musicales radiofónicos y certámenes de belleza provincianos. No creo ni que lo intentara, pero daba el físico y la moral familiar.

- Era un borracho, y no sé mucho más, o no quiero recordarlo bien. Sé que al final lo dejó, porque no podía vivir con él, se iba y nunca volvía, en una de estas ausencias, la Antonia se llevó a la niña, la Toñi, y no lo volvieron a ver. Debería estar muy borracho. A mí, en el cuartel, me querían casar con la hija del general. Tenía mujeres a montones, salían de las piedras, el general insistió, pero al final no me junté con ninguna de ellas. Con 25 años terminé la mili, y volví a mi oficio de costurero, pero esta vez solo, sin mi hermano, se marchó. Me quedé a cargo del taller, trabajando con ocho mujeres, cosiendo día y noche, más de cuarenta piezas diarias. Vendíamos muchísimo; el bléiser era la moda, toda la gente lo llevaba, además pantalones... hasta cosíamos trajes para maricones. Había un maricón muy simpático y gracioso, nos reíamos mucho, y también cosíamos cosas especiales para ellos y sus fiestas.

viernes, 17 de agosto de 2018

L'ou de la serp (XXXVII) 17-A

Hoy, que es un día de muertos, como casi cada día en la mayor parte del mundo, y, generalmente, por las mismas causas, los medios de comunicación y las instituciones nacionalistas son las que organizan un homenaje a las víctimas de Barcelona del verano de 2017. Ambos, están intoxicados por el mismo relativismo cultural y moral, que es el peor de los autoritarismos, la forma más sutil de represión intelectual y política, para explicar la atrocidad. Expertos sobre el mundo árabe hablan, bla, bla, bla, sobre las múltiples causas, la casi infinita enumeración de variables, "¡en el mundo occidental!", por la que unos jóvenes "como otros cualquiera", dicen, integrados y asimilados a Cataluña, asesinan. Los periodistas y políticos nacionalistas recurren al terrorismo sin más, sin predicados. Pero son cobardes y cínicos, no van más allá, babeando. Será que, en lo más íntimo de la nación, entienden los motivos de la trascendencia y el sacrificio. Realmente es muy sencillo, aunque sólo el principio de una larga, profunda y racional explicación. Toda esa amalgama, un moco, de motivos pop, culturales, socioeconómicos, personales y psicológicos que les parecen tan crípticos y misteriosos vive en una síntesis criminal. Se reproducen en ella. Dios. La unívoca y sintética causa es el devastador amor a dios. Y el terrorismo, es terrorismo religioso, guerra santa. Así lo demuestran de un modo incuestionable e irrefutable los hechos: los textos venidos del infiernos y puestos en sus aparatos telefónicos tras un fugaz viaje por sus cerebros podridos, sus sádicos sentimientos contra los infieles, su desolada incomprensión de la vida y la muerte, y su arrogante indiferencia por el mundo. Mataron con los ojos inyectados, amarillos, de ira religiosa. Las víctimas murieron por dios, y los asesinos mataron en nombre de dios, ¡y nosotros celebramos ritos y ceremonias para que dios los acoja con hospitalidad! El nacionalismo impone un macabro dogma que falsamente hace pasar por explicación: "no se integraron". Yo no estoy integrado, y no lo estaré nunca con esta gentuza, esos mierdas patrióticos, y no mato. No me asimilo, y no asesino. Observen, y vayan del suelo al cielo, esa inequívoca, bella y emocionante, cadena de sentido: religión-nacionalismo-relativismo. Y díganme, como soportan el orgasmo de plenitud.

viernes, 10 de agosto de 2018

Crónicas del desengaño

Lo que sigue, fueron unas notas autobiográficas escritas tímidamente al margen, o al pie, de las anotaciones políticas de este cuaderno, mientras pasaba el deseo y el calor del verano. Cada una de sus palabras es un pellizco. Fragmentos de memoria y vida reunidos, que he dado el nombre de crónicas del desengaño:

<< En la cama, somnoliento. Las ideas van decantándose, lentas, desperezándose, la siesta ha sido breve pero fructífera, dejo esa melena negra que me nubla la vista para luego, me impregna su intenso olor. El tabaco está sobre la mesa y el café helado junto al ordenador, la soledad de la pantalla azulada, me espera. Cómo no voy a escribir nada. Se me subían los colores a la cara; me levanté...

[...]   Crónica del sometimiento. Obediencia a antiguas pasiones. La debilidad de un hombre.  

Todo esto mientras la muchacha de pelo negro sigue en la cama, durmiendo... ¡qué extraordinaria y deslumbrante relación tiene con la primera luz de la tarde! Si yo pudiera darle a este momento de sueño un valor absoluto. Eso sí que sería una memorable obra de vida...  ya se va despertando... parece que me está diciendo algo, se incorpora, pero se pone tranquilamente a leer en un dulce silencio.


[...] Cuando, ingenuamente y estúpidamente, la eternidad parece posible.

La hermosa muchacha de pelo negro vino otra vez, también durmió. Era una sensación agradable, como si la vida simplemente se adaptara a todos mis caprichos, que son exquisitos y finísimos. Acariciar esa adorable piel pegajosa del verano, para después, otra vez, escribir.

[...] Reflexionar sobre mis abandonos. Sobre mi perfecta disposición a la claudicación y la sencilla presteza con que me retiro de todo trabajo representativo o creativo para sumergirme en irresistibles evocaciones eróticas y penosos espejismos personales. 

 Esta semana no ha venido la hermosa muchacha, se hace largo y tedioso. La cama, vacía. No dejo de asombrarme de lo poco que me importa la desgracia y el dolor del mundo frente a este tipo de silencio, el poco interés que despierta en comparación cualquier proyecto literario.

[...] Porque la vida no encaja, no vino.
      

Me reencontré con la muchacha, fue difícil. No volverá. Es un dolor intenso y sutil, como si te mirara el diablo de reojo. Sólo queda vergüenza, impotencia, irreconocible imagen de uno mismo, algo de humillación. Pero ya no volverá. 
Verano de 2018. >>

Se escribe, sin una pizca de ficción, para poder decir, una vez burlado el tiempo: así era yo, así era entonces. Escribir contra el olvido y esa robusta impunidad del silencio.

martes, 7 de agosto de 2018

L'ou de la serp (XXXVI) La polisemia criminal

Falciani, perseguido por la justicia Suiza, dijo en El País del 16 de abril de 2018: "España es un Estado de derecho. Me fío de su justicia, no de la de Suiza." Entretanto, algunos políticos catalanes, huidos o encarcelados por sus delictivas prácticas nacionalistas, sostienen que son víctimas del odio de un Estado fascista, el español. Curioso juego de percepciones distorsionadas: el país de auxilio y socorro en el que se refugia un fugitivo siempre es más justo, libre y democrático que el que intenta castigarle por delinquir, con razones o sin ellas, vaya. Es conocida la perturbadora volubilidad de la opinión pública y las catastróficas consecuencias, de masas, a las que conduce su delirante interpretación de la realidad en constante excitación. Tras la acusación, e impugnación, de Puigdemont (voz del nacionalismo en general) al supuesto sistema fascista español, se esconde la babosa y gangosa opinión de la desproporción del Estado en la ejecución de sus monopolizados medios de violencia y represión para suprimir las lacerantes, por raciales y autoritarias, actividades independentistas. La desproporción es sinónimo y prueba de fascismo; indultando, ingenuamente, a la democracia de sus consustanciales medios represivos para construirse, afirmarse y reproducirse ideológicamente. La acusación identifica desproporción con violencia física, material o ejecutiva, es decir, con el acto directo e inequívoco de aporrear, golpear, disparar, encarcelar, torturar o asesinar, infligir un dolor o un daño corporal; el modo de existencia habitual del fascismo con su estética de muerte y sentido. Desconocen, los nacionalistas, el significado y calado, en lo práctico y en lo ideológico, que tienen las acciones étnicas bajo el amparo, fomento y promoción institucional de la Generalidad, en consecuencia: la eminente e imparable fuerza constrictiva y estructural de la maquinaria mediática, policial, educativa y burocrática que controlan con hostilidad y agresividad crecientes. Sí, con violencia preventiva.
Su enfermiza relación con la violencia. Ciegos, no logran comprender el estrecho vínculo entre la mentira xenófoba, su irracionalismo y holismo, con una de las muchas y discretas facetas criminales que practican: la ignorancia como sistema. Esta, tiene una proximidad inexcusable y directa con las más sutiles formas de violencia contemporánea: la violencia propia de la conjura de los necios. Dentro de los muchos sentidos de la polisemia criminal que anida, latente, en las pseudociencias sociales como ideología, la nacionalista es la más seductora y magnética, ofreciendo una identidad colectiva y gloriosa a la inesperada alianza entre las élites y la chusma, el populacho. 


Detengámonos en esto y acabémoslo con la mayor plasticidad y potencia gráfica. Lo que está sucediendo es más que comparable, porque son exactamente lo mismo, con la desmedida que el pensamiento mágico y oscurantista tiene en la sociedad, ¡y el Estado!, moderno. Imaginemos que en el conjunto de los estados sureños de EEUU, una rebelión educativa formada por profesores, padres y políticos trumpnianos, decidiera tomar las escuelas secundarias y las universidades e imponer el creacionismo y diversas putrefactas doctrinas bíblicas como sustituto de la teoría de la evolución en los programas educativos oficiales; e incluso aunque sólo fuera en algunos selectos centros escolares piloto. El antidarwinismo en ciencias y la antiilustración en humanidades, como vértebras formativas. Imaginemos otros casos: la implantación de la homeopatía, la videncia y el esoterismo dentro del sistema de sanidad pública general, la astrología como criterio para tomar decisiones políticas, o la equiparación de los derechos animales a los derechos humanos. Y más, imaginemos mucho más: la aplicación rigurosa en el sistema judicial de la nueva perspectiva de género que lidera la vicepresidenta Calvo, que consiste en invertir la presunción de inocencia en presunción de culpabilidad en los casos de acusación por violación o agresión sexual, es decir, asumir que el nuevo populismo judicial opere según los sombríos términos de la Inquisición en los que el imputado debe demostrar su inocencia, en vez de, como se hace en el Estado de Derecho, ser la acusación particular o la fiscalía las que demuestren la culpabilidad del encausado. En fin, aceptar que todo hombre lleva un violador dentro, que todo nacionalista tiene derechos y destinos históricos superiores a los de los simples mortales, que la compasión por las ratas es la misma que para los hombres, o que Dios arreglará nuestra maldad y nuestra locura, parece el horizonte de nuestro tiempo. Todo esto, también es l'ou de la serp, y comporta todos sus peligros. 

Ante el peligro de la revolución relativista de las pseudociencias sociales (aupada por el capital) de extender una ignorancia y estulticia muy parecidas a la violencia, ¿no esperamos una respuesta racional pero contundente de la autoridad política, académica y periodística?, ¿una reacción del Estado que proteja la libertad del espacio político y los depósitos de conocimiento y verdad públicas, de una destrucción segura e inmisericorde? ¿Acaso no esperamos que la ley prohíba a los charlatanes oscurantistas la modificación creacionista de la educación, la perversión religiosa de la evolución y la ciencia, o la degeneración de la sanidad y la medicina en chamanismo y espiritismo? ¿No esperamos que una constitución impida que el grito de unas fulanas populistas produzca el retorno de las viejas formas inquisitoriales y los métodos medievales de juicio y condena? ¿Del mismo modo, no esperamos que se inhabiliten todos los medios de violencia constrictiva que impunemente emplean los nacionalistas en sus anhelos étnicos? ¿Acaso no esperamos una proporcionalidad al nivel de esa desproporcionalidad? M
ucho antes de que desaparecieran las antiguas pasiones, hemos venido llamando a esta legitimación del irracionalismo, dictadura de la mayoría. Una hipertrofia previsible de la democracia de los Estados nación, que puede y debe ser revertida. La actuación del Estado, frente a esta polisemia de la criminalidad que ostentan los nacionalistas ( y l'ou de la serp, en su conjunto), fue plenamente proporcional a la desproporción de las prácticas oscurantistas y represivas. Lo que nos demuestra, hasta que punto la proporcionalidad correctora puede llegar a ser tan humillante y vergonzosa, aunque no tan terrible, como la exuberante desproporcionalidad del delirio al que intenta dar segura, y brutal, respuesta.