jueves, 30 de abril de 2015

Posmologías



"Posmología: dígase de la ciencia que estudia las distintas perspectivas posmodernas sobre la realidad, es decir, acontecimientos anexionados al subjetivismo, al relativismo, al historicismo, al comunitarismo y al siempre recurrente y alarmante nihilismo. Dicha ciencia suele emplearse por un grupo amplio de personas de nacionalidades diversas, niveles culturales varios, y clase social adinerada. Su origen es impreciso y vago; diríase que nace después de la modernidad, pero su objeto es tan volátil y plástico que habita y parasita en distintos yacimientos del conocimiento occidental: véase la literatura, el arte, la política y la filosofía; sin datación estipulada o precisa. Los expertos desconocen su  procedencia exacta, aunque las teorías más desacomplejadas y aventuradas apuntan al surgimiento de esta ciencia en los filósofos de la vida del S.XIX; y su acuñamiento definitivo en la filosofía francesa de la segunda mitad del S.XX, hasta nuestros tiempos. Se conservan documentos arcaicos y populares de la antigua y ya desaparecida Universidad de Barcelona, especialmente la Facultad de Filosofía, en los que al parecer, un grupo de marginados socio-políticos, se referían a ella, a la Posmología, como wishful thinking. Por lo que se conoce hasta el momento, y según expertos del Instituto de investigaciones para el desarrollo científico y tecnológico de Connecticut, dichos restos documentales pertenecen a un grupo hostil y ajeno a la civilización de su tiempo que opositaban contra la nueva ciencia, promulgando la palabra irracional de su fe. Un credo religioso llamado antaño "sentido común", máximo representantes del oscurantismo y ostracismo de su época; que fue poco a poco perdiendo fuerza frente al ilustrado movimiento emancipador de la nueva ciencia llamada Posmología"   ( Enciclopedia de las ciencias del espíritu catalanas) 

A propósito de una charla sobre la libertad de expresión presentada por uno de los ex-dibujantes de " el jueves" (la revista que sale los miércoles) y una conexión en "las mañanas de cuatro" (Cuatro tv) de una madre activista (algún día se debería analizar el caso de las madres y amas de casa de los pueblos más artificiales y artificiosos, y descubrir la extraña inclinación al activismo en favor de  políticas de morfología infantil o casi fetal) que denunciaba las infernales condiciones en que sus hijos, un plural de hermandad maternal que incluye a todos los hijos de todas las madres del pueblo en un acto de solidaridad, se estaban escolarizando y educando. Ambos casos representan la misma concepción no sólo de la política, sino de los juicios que empleamos para dirigirnos, orientarnos y comprender la realidad. Pues desplegaban un rampante subjetivismo y una altivo relativismo sobre los hechos y las opiniones políticas, un ejemplo de ese pensamiento adulterado y desiderativo que a veces uno confunde con el cínico capricho y la basta chulería de la ignorancia. Empezando por el caso infantil; resulta que las demandas de "las madres" (nunca los padres; claro esta que estos prefieren ver el fútbol antes que...) de un pueblo pequeño de quién sabe donde, recaían en la necesidad de una escuela en condiciones para sus hijos, que hasta el momento, estudiaban en pequeños barracones de hojalata, o algún material parecido que no recuerdo, y no en las uterinas paredes de piedra de los edificios institucionales. Poniendo en peligro sus vidas, su salud, su educación y lo que es más importante, la comodidad pueblerina de "las madres". 

Pues a dichas señoras el ayuntamiento les ofreció matricular a sus hijos en la escuela del pueblo vecino, situado a 1,5 km de distancia de donde estaban, con plazas y atención educativa suficiente. Este discreto e insustancial hecho, se les había pasado por alto tanto a las madres como a los periodistas en plató (que como pude comprobar después, conocían el ofrecimiento del ayuntamiento), que prefirieron atender a los helénicos deseos de "las madres" y construir un relato sombrío, infernal y apocalíptico de la situación: barracones sin calefacción en invierno, sin aire acondicionado en verano, en frente de una autoescuela con circuito propio... Que atender a la realidad de los tercos y pesados hechos. La verdad, era que las madres preferían mantener a sus hijos en esas situaciones de peligro y exterminio nazi, según ellas, antes que andar 1,5 km (20 minutos ir y volver) y mantener en condiciones óptimas a sus sacrificables hijos. Pues los argumentos que esgrimían con total desvergüenza, y a su vez, eran aceptados no solo con total docilidad, sino con complacencia y acuerdo por los periodistas, consistían en desplegar el repertorio del relativismo y el nacionalismo más abrasador: "nosotros queremos nuestra escuela no la de otros", "merecemos que se respeten nuestras demandas y nuestros puntos de vista", "no queremos nada de otros, sino lo que es nuestro, y nuestros derechos como pueblo" etc. Y así un sin fin de consignas que se basaban en que eran un pueblo que tenía derechos y merecían una escuela propia, aunque no la pudiesen pagar; y su legítimo y vinculante punto de vista sobre las cosas que debían realizarse y ser efectivas. El sentido común, tanto en las madres como en los periodistas se sustituyó por el subjetivismos desiderativo y caprichoso. 

El segundo de los ejemplos, es más próximo e inmediato, pues lo viví en carne propia. No soy dado a asistir a masturbaciones colectivas y menos si son entre desconocidos y extraños, es una cuestión de higiene personal. Pero en este caso, y a causa de la manía viciosa y siempre recurrente de pasar tiempo con amigos, accedí a pasar una tarde escuchando a Albert Monteys, ex-dibujante de "el jueves". La charla iba sobre la experiencia del dibujante con la libertad de expresión en los medios y su relación conflictiva con la censura, sea externa o auto-impuesta, ya que de la revista en la que trabajaba censuraron alguna que otra portada desde la casa real o desde anunciantes que proporcionaban gran sustento económico a la misma. Lo más interesante, sin embargo, no son las peripecias y desvanes de la revista, sino la opinión que tenía de su propio trabajo ( él y los asistentes) de dibujante o humorista. Se planteó la cuestión de los límites de la sátira como portadora de opinión desde la perspectiva de la moral personal y las consecuencias políticas, refiriéndose evidentemente a las cuestiones sobre el Islam; las risotadas sobre las religiones en general y demás "identidades" según decían. Pues sus límites eran dos: "la clase social", entendida como los de arriba y los de abajo, es decir de aquellos que tienen poder (de los que uno se puede reír) y los que no tiene poder, ni prestigio ni influencia (de los que no nos podemos reír); simplificando el límite de su trabajo con el prejuicio de los buenos ( los de abajo) y los malos ( los de arriba), naufragando así en los mares de la indeterminación. El segundo de los límites consistía en no reírse de aquellos colectivos que se siente ofendidos apelando a la santidad y pulcritud de su identidad ( no voy a entrar a descalificar intelectual y prácticamente a los movimientos basados en la identidad, pues de probada simpleza son sus planteamientos que aburren al más resignado). A mi juicio, lo más particular del asunto no son los límites auto-impuestos o la censura, siempre existente en todo régimen, incluso los más blandos; sino el criterio y la ratio desde las que se emite el juicio. Para qué hablar de las condiciones y función que exigen las disposiciones del propio trabajo, pudiendo apelar a criterios de moralidad subjetiva fundados en concepciones generales del mundo harto cuestionables. Los únicos límites que debería tener el humor gráfico, audiovisual y periodístico si se quiere, son: el no hacer reír, no tener ninguna gracia, como sucede a menudo; y el jugar de manera ilícita con la ficción y la realidad, es decir, traspasar el límite de la opinión y ampararse tras la ficción de lo cómico o de la sátira para atribuir "hechos", más allá de los juicios de valor, sobre algún particular o algún acontecimiento, sea de la índole que sea. Es decir, el límite de la difamación y la mentira, jugando así la partida entre verdad y mentira, un parámetro ético y estético común en todo ejercicio público, pero que se olvida con frecuente indiferencia.

 La tensión entre ficción y realidad, puede vincularse estrechamente, en este caso, entre verdad y mentira. Pongamos como ejemplo el caso Bárcenas; imaginemos que se dibujan viñetas como las que hizo "Ricardo" en "El Mundo" sobre Bárcenas, en este caso, saqueando junto a otros miembros del PP las arcas del Estado, antes de que se conociera la verdad: ¿no sería un caso ejemplar en que mediante la ficción y otros recursos estéticos, el dibujante no sólo emitiera una opinión, sino que atribuyese "cuestiones de hecho" a un individuo, antes de demostrar su veracidad o falsedad? ¿no es una línea muy fina que se traspasa con sorna y alegría, siempre que el chiste sea muy graciosos o la broma muy explosiva? ¿o es que resulta que en el arte, la ficción y la sátira todo esta permitido como espacio donde los códigos normales de moralidad entre otros, son relativizados y tolerados como si no tuvieran vinculación con el mundo? ¿ no debería entenderse el arte de la caricatura y la viñeta cómica de los periódicos, como un formato más del periodismos, sujeto a las mismas reglas y códigos normativos? ¿ no debería entenderse ese noble ejercicio artesano del dibujo como una representación hiperbolizada, esperpéntica, hipertrofiada y manipulada de la realidad, pero al fin y al cabo, fidedigna a la verdad de los hechos? He aquí dos ejemplos de subjetivismo y relativismo, dos ejemplos claros de estudio para la Posmología













jueves, 23 de abril de 2015

Narraciones del sentido





La actualidad, es decir, aquello que se nos presenta como "actualidad" inmediata: la hipertrofia mediática de aquello hipertrofiado de por sí; ha vuelto a zarandear los más elementales cimientos de nuestra arquitectura moral y por qué no decirlo, epistemológica. Y una vez más, no por los hechos atroces, irracionales y meramente sociales, sin entidad política alguna, que suceden en cualquier comunidad humana (que a un nivel moral pueden abrir otro debate, véase otra vez el blog Bajo la Lluvia); sino por el tratamiento que los "medios", a petición de un palpitar social general que los demanda, han dado al caso del niño de 13 años que ha asesinado a un profesor en un Instituto de Barcelona. El tratamiento, más pedagógico y biopolítico que informativo, vuelve a rozar el límite entre información y espectáculo, o mejor, para no caer en maniqueísmos, entre  economía mediática y regocijo del sentido literario del periodismo. Pues una vez más, el relato o narración literaria (en sentido peyorativo; no como yo la entiendo) del periodismo lírico y épico, ha vuelto a construir un sentido (necesidad) manufacturado y plastificado para un hecho concreto y aislado, que sustituya la insobornable contingencia de lo real. Una vez más, los periodistas fatigados por la monotonía gélida de la información socialdemócrata, han sucumbido a las atractivas y suculentas curvas vertiginosas de la narrativa del sentido y del periodismo novelesco. Hartos de escribir de lo mismo como artesanos antiguos o mecánicos de viejas glorias automovilísticas, ven en acontecimientos como el del "niño de la ballesta", una oportunidad para desparramar su sentido de la vida, de la tragedia y la estética (son de  nuevo artistas) sobre los hechos chatos y secos de la realidad material más cotidiana e inmediata si se quiere. 

El espacio que ha ocupado en los "medios" la codificación de los mecanismos psicológicos del chaval (un asesino al fin y al cavo, por muy imberbe que sea) como ratio del sentido de sus acciones, como núcleo de la noticia, como así, la descripción casi novelesca de un personaje con profundidades psíquicas laberínticas y esquinas espirituales, con enfermedades no demostradas y la descripción de su carácter social y familiar, y demás caracterizaciones existenciales... Han borrado del mapa "el hecho" relevante, el sucio y brutal hecho de un asesinato a sangre fría. Precisamente aquello que un periodista debería haber recogido: la narración fría, mecánica, secuencial y contextual de los hechos, y no retransmitir especulativamente y abrir puertas para la trascendencia psicológica e incluso teológica, sobre las motivaciones o causas (no empíricas o visibles) interiores (y en cierto sentido exteriores) del sujeto que ha posibilitado un hecho. Como en cualquier otro asunto, tanto para informar de los casos de corrupción, de la subida o bajada del IVA, como de la muerte de inmigrantes en nuestras costas, como de un conflicto diplomático con el "gorila rojo" de Venezuela, la escritura mediática debe ser la misma: eminentemente periodística; y no novelesca o poética. La construcción del hecho y la jerarquización y prioridad de sus componentes no los decide el deseo o imaginación del periodista, ni el formato o soporte del medio (no hay nada más insultante que la domesticación y vulgarización de la sentencia: "el medio es el mensaje"), sino la propia realidad material. Atendiendo así con prioridad y casi diría con total exclusividad, al qué y al cómo han sucedido los acontecimientos o hechos, y dejando el porqué para la posteridad, si es que el hecho la merece y requiere. La realidad es mucho más jugosa y rugosa, mucho más profunda e interesante que la vulgar ficción volitiva y especulativa. Y no atenderla tal cual es, en su contingencia y crudeza, nos lleva al momento periodístico (hablo de los medios en general, hay ciertos periodistas concretos que se salvan) actual: supuración de metáforas trascendentes para dar un sentido, un carácter de necesidad y totalidad a un hecho aislado e independiente del sentido general. En el que se traslada el sentido de la novela a la propia vida privada y al ejercicio sobrio de la técnica periodística.

La literatura (hablo de su estereotipo e identificación con lo épico-poético) transmite siempre un sentido total dentro de un universo sin "afueras", sin alteridad, sin un exterior o un interior. En el momento en que encontramos exterioridades e interioridades en la novela o la poesía, ya no nos centramos en cuestiones estéticas, sino de otra índole: políticas, sociales, morales, autobiográficas del autor, que en ocasiones ayudan a comprender la obra, y en otras, embrutecen una legítima interpretación, pero que en todo caso, la exceden y sobrepasan. Siempre resultan adjetivaciones a lo sustantivo o añadidos decorativos a lo operativo por sí mismo. Es decir, al sentido estético de la propia obra (me distancio de Adorno en este caso) es independiente de la política, aunque casi siempre estén vinculados y relacionados (complementados uno por el otro) no tiene por qué ser así siempre, y sería perfectamente imaginable una estética despolitizada (así lo ve O.Wilde). El estilo novelesco (de la novela) opera pues en un plano unidimensional, por muy plural que sea, todo se envuelve e integra (en sus propios términos) en una unidad de sentido, en una totalidad cerrada e impermeable, sin dejar cabos sueltos que puedan subvertir su propio sentido interior. Aunque sea una novela del absurdo o hayan cabos sueltos (a causa de escribir mal), su sentido sería el absurdo y los cabos sueltos no serían más que vicios o defectos del engranaje, en ningún caso "otro sentido"; pues no hay un "más allá del límite del texto" al que puedan socorrerse para alterar o subvertir el sentido  homogéneo. De está  misma manera literaria o novelesca (poética), el periodismo pretende acceder y aprehender la realidad, pues a mi juicio, así lo demanda también una gran parte de la sociedad subsidiaría de lo mediático; hay que darle sentido a la vida incluso a costa de la propia realidad, esta puede ser sacrificada a cambio de más sentido. No hay mas que ver las audiencias de los telediarios del sentido, o los lectores de los diarios poéticos (véase un portada dibujada de una sección de El Mundo, dedicada al niño de la ballesta). La escritura periodística es actualmente un yacimiento del sentido, un aparato o una maquinaria que pretende construir los hechos contingentes y espontáneos de la realidad, aquello imprevisible, ilimitado e irreversible de lo concreto y particular, como una narración de la necesidad, inscribiendo en un juego de  palabras, lo contingente como prueba de la necesidad, como una novela de lo real.

 Una literaturalización de la realidad que de una explicación con principio y fin, con suturación y remedio, con inicio y desenlace que resuelva el desamparo de la conciencia media ante la falta de sentido; entendido como necesidad, unidad y totalidad acabada. No olvidemos que estos recursos sirven para ocultar la especificidad y singularidad de la acción del hombre y los hechos particulares de la realidad. De ahí que como una jauría, surjan psicólogos de debajo las piedras, cada cual, con una teoría o una explicación más ingenua y manida sobre el "cuento del asesino". Pretenden solucionar los problemas morales a base de psicólogo y psicología. He llegado a escuchar por parte de la propaganda progre-posmo, atrocidades intelectuales como: "la falta de comunicación entre padres e hijos", "el niño pasaba muchas horas solo", " La falta de atención de los padres", "influencia de los videojuegos y las webs bélicas"... Son capaces de decir que los días de lluvia o los grumos del colacao pueden generar actitudes violentas. Estoy completamente seguro que el niño hizo una lista de sus víctimas, se armó con una ballesta y un cuchillo y se fue para el colegio, para llamar la atención y demostrar a sus padres que sirve para algo, que también tiene una vena creativa, que quiere pasar más tiempo con ellos...O mejor aún, estaba tan cabreado por la hipocresía de este sistema capitalista, de la corrupta casta política y funcionarial de este país, que tomó la decisión de destruir el "sistema"; o quizás con trece años, no supo distinguir la realidad virtual de un videojuego y la virtualidad real de la vida diría, estoy plenamente convencido que no podía dormir pensando en estos problemas, y que pensaba demostrar que la realidad  era un juego sin vida ni muerte (como los dibujos animados). Desde luego, la culpa la tienen los Teletubbies, el Grand Theft Auto, y las películas tipo "Los juego del hambre". 

Además del ala posmo-bobo; también existen narraciones literarias conservadoras (de políticos y periodistas), como por ejemplo las declaraciones de nuestro autista ministro de interior (a veces, junto con Montoro, me parecen un imposible metafísico) Jorge Fernández Diaz: "Debemos reflexionar sobre qué tipo de sociedad estamos construyendo, qué tipo de valores estamos inculcando a nuestros jóvenes". Declaraciones por el estilo, no sólo muestran la puerilidad del pensamiento del pobre ministro, allá él con su capacidad intelectual, sino que responden a una propaganda común de distintos medios de comunicación conservadores, que a cada acontecimiento por el estilo, cantan como gallos consignas del tipo: la crisis de valores, el nihilismo de nuestra época, la necesidad de un orden moral (Dios), la apología de la violencia en nuestras sociedades... Y por supuesto, la siempre pérfida y séptica sociedad. Como si nunca antes hubiera habido asesinados y asesinos en el ámbito de lo doméstico. Cuando se convierte el lenguaje en titulares de impacto, y la escritura en una colección o agrupación sin cuidado de palabras usadas, recicladas, repetidas y reutilizadas, se inician los procesos sentenciadores de sentido del periodismos, como por ejemplo lo de "el fin de una época". Como si eso se pudiera saberse al instante, en el mismo momento que se esta viviendo el suceso, en el momento en que se necesita la inmediatez del sentido; y no cuando el poso de la historia se aposente en un plano frío y sólido de  narración de lo contingente.

Mi "editora" R. durante una larga conversación de lo más agradable e interesante, me objetó la tesis del mal sin-sentido o mal gratuito que un servidor ha mantenido en anteriores publicaciones. Resumiendo, ella objetaba, con una sencillez y rotundidad argumentativa virtuosas, que el sujeto que ejerce el mal, sea este banal o no, posee una concepción muy clara de la vida y la muerte; y ciertamente esto debe ser así también en el caso del niño o adolescente (no sé ya cuando empieza; y en algunos casos no termina nunca) de la ballesta. Pero no creo que su análisis se contraponga al mío ( por lo que recuerdo en lo referente a los medios estábamos de acuerdo), más bien le da un aire ontológico, un fundamento más sustancial a lo dicho. Es cierto que el sujeto que comete el mal, posee una concepción muy clara (en sentido ordinario y no metafísico) sobre la vida y la muerte, pero eso no excluye que el "hecho", aquello que trasciende la voluntad del sujeto y aquello que enmarca su acción, por lo tanto, algo más general y contextual al sujeto concreto, pueda no tener sentido, ser gratuito y espontáneo, imprevisto e ilimitado, para las operaciones narrativas de descripción (que no comprensión; esto viene después y sirve para orientarse), en este caso periodístico. Estando pues de acuerdo con R. (le agradezco su crítica precisa) no creo que se contraponga, sino que complementa y fecundiza mi propio relato del asunto. Es necesario decir para terminar; que lo único que conocemos de los hechos y la noticia, son los relatos y cuentos fantásticos de personajes intensos y sombríos que los medios, en connivencia con el espectador trágico (el que espera la injusta justicia poética al final del relato) han construido sobre la realidad, conocemos el sentido pero no la contingencia del acontecimiento, conocemos su principio y su fin englobados en una necesidad como totalidad acabada, pero no la descripción técnica y mecánica de los elementos inconexos. Lo desconocemos en fin, por nuestra desmesura, nuestra verborrea poética, nuestra atrevimiento e impertinencia hacía lo real, que se muestra por la indiferencia que sentimos por el hecho material y nuestra fascinación casi erótica por el cuento y el relato del sentido; la literatura periodística del sentido.





  






domingo, 19 de abril de 2015

Carnaza perruna



Quizá el acontecimiento informativo no sólo de la semana, sino de los últimos meses, sea la detención mediática de Rodrígo Rato y la escenificación cristina de la redención del Partido Popular. Pues el espectáculo y el circo en sentido estricto, Arcadi en el artículo del sábado (El correo catalán) lo calificaba de "fusilamiento", no es un mero recurso retórico para abrillantar y embellecer las desangeladas y frías páginas de lo virtual (no se posee la proximidad y calidez rugosa del papel); sino la descripción helada de un sabueso de los hechos, un ejercicio de meccano periodístico. Ya que resulta muy curioso que ante una detención de improvisto (el propio Rato la desconocía, evidentemente...) la casta y el pueblo acordarán asistir el mismo día y la misma hora en el mismo portal donde se iba a desarrollar la acción teatral, con las mismas entradas, para lanzar insultos como tomates y ejercer una responsabilidad civil como simbolización de una falsa ciudadanía, pues el poso de esa turba era como siempre el "hombre-masa". Ortega ya lo analizó en términos psicológicos y sociales más que políticos (cabe decir que Ortega jamás habla de teoría política, meramente de sociedad, psicología y etnografía de los pueblos). El "hombre-masa" es aquel que no se valora respecto a categorías individuales sino de aglomeración, que no se valora (sea bien o mal) por motivos específicos o razones especiales (diferencia), sino que se siente "como todo el mundo" idéntico a los demás; un hombre vacío de su propia historia y pasado interior como mesura y medida de sus acciones, dócil a las llamadas intencionales de las tunas colectivas (como resulta el caso de Rato); es decir, como dice Ortega "más que hombre, es un caparazón vacío de hombre".  

 Los personajes iban desfilando y las escenas sucediendo a un ritmo narrativo nada abusivo en lo estético, pero harto cuestionable en lo ético, periodistas y populacho se regodeaban, unos en la noticia  del año, otros en la sucia y contaminada conciencia satisfecha del mal ajeno. Quede claro que a mi gusto personal, los tipos como Rato, católicos puteros (véanse los gastos de su tarjeta black-B), evasores fiscales con ínfulas de grandes empresarios, hombres arrogantemente ricos, vanidosamente ignorantes de lo público, e hijos predilectos del provincianismo conservador (PP), me parecen algo peor, si cabe, que el pijo-progre de salón o la izquierda de violín. Mi gusto por la misantropía (la insociable sociabilidad kantiana) se ve alimentado por la "carnaza perruna" que envuelve la totalidad del espacio público (limitando con mi blindado y lujoso jardín de lo privado), cualquier rincón sombrío, cualquier arista marginal, cualquier acontecimiento manufacturado, producido y dirigido por las instituciones redentoras, en esta época electoral, constituye un yacimiento de carroña y carnaza para los periodistas de agencia y el mal llamado pueblo. Que acordarán interpretaciones y textualidad de sus noticias, más noticiosas de lo deseable. No voy a caer en las cautelas excesivamente higiénicas de Arcadi que le hacen dar la mano con guantes y andar por la calle con mascarilla, esta vez a representado el papel del asiático en la redacción. A mi juicio, sí se puede y se debe poder juzgar la responsabilidad política de un sujeto antes de que sea condenado por los tribunales, pues a veces la presunción de inocencia se hiperboliza, y se convierte en presunción de estupidez hacia el lector o espectador. Pero no debe hacerse como colectividad pútrida, sini como individualidad responsable y constituyente en la pluralidad, de un cuerpo político serio. En los tribunales se disputa la interpretación de los hechos (de las muchas que permite no sólo la ley) y el juego lingüístico que permita reescribir los "actos de habla"  y los actos (hechos) a secas en referencia y asimilación a la red de simbolismos, significantes y significados de lo establecido a derecho, como legal (de iure). Pero en ningún caso se disputa "la verdad" de los hechos de la realidad como dice Arcadi; pues el soporte, el trasfondo o el sostén de estos hechos no es la "realidad" percibida por el sentido común (el sentido más político según Arendt) o "científico", sino una red semántica efectiva y material que podríamos traducir petulantemente por "tecnologías de subjetividad" (Foucault). Que interpretan los hechos en función de sus axiomas constitutivos, en función de sus propios términos (sostenidos estructural o institucionalmente) que no tiene por que ser los términos del sentido común o real (político).  

¿ No deberían  abandonar su cargo Cháves, Griñán, la inombrable E.Aguirre, A. Mas, Rajoy (...) por los innumerables desajustes nacionales que han producido? Tengan o no tengan carga penal, sí la tienen política e incluso estratégica. Por lo tanto no deberían irse porque la butifarrada o la chirigota popular lo aclamase con una sola voz, sino que deberían haber sido expulsados por la propia red institucional y el propio tejido de determinaciones políticas materiales (aquellas que están al margen de la voluntad, sea de individuos o colectivos como los partidos) que aparecen como "el orden", " seguridad" y "estabilidad" que hay que preservar en la comunidad política; pues no sólo es el núcleo doctrinal del conservadurismo, dicho así sin vergüenza generalizadora ninguna; sino el presupuesto político de todo Estado moderno que se preste más avanzado que el tótem como modo de centralización del poder y organización social. Cierto es que en el caso de R.Rato, su figura travestida en lo público impedía saber si era rata o ratón, si era un actor político o si se trataba de un miembro de la sociedad civil con 78 cuentas bancarias. Promiscuidades a parte, y no me refiero sólo al dinero, lo que pretendo no es analizar la calidad política o penal de Rato, sino ver, cómo los medios de comunicación y "el pueblo", acompasados por el gobierno, han obedecido órdenes en lo referente a marcar la agenda mediática de este país. Pues lejos de creer en teorías conspirativas, bien es cierto que el impulso violento (así es en sociedades que se precien liberales) de querer dirigir el qué decir y el qué noticiar, acompañado de la docilidad y servilismo de los babosos medios de comunicación, hacen pensar que los aires épicos de la política concreta, singular y existencial si se quiere, quedan muy lejos frente a la construcción estructural institucional, y la unidimensionalidad semántica y léxica del lenguaje político socialdemócrata-tecnócrata de nuestro presente. 

Mi presentimiento se cumple, la re-construcción de lo público a gran escala, único modo de cambiar lo establecido, excluye lo ético de sus fila, y expulsa la moralización de todo tipo de acción, para dedicarse en el noble vicio de reparación y superposición de hegemonías. Quizás Weil tenga razón y sólo nos quede confiar en la toxicidad y degradación periódica del poder, como modo de abrir brechas en lo hegemónico, que permitan la posibilidad de re-introducir viejas nuevas políticas. ¿será Rato el nuevo Bárcenas, la nueva víctima sacrificial y redentora para la hegemonía, es decir, carnaza perruna para el sistema de partidos, las facciones de partido (medios de comunicación) y "la masa" ? ¿permitiría una vieja nueva política remediar los sacrificios y redenciones de nuestros acontecimientos políticos, o como dice Zambrano, lo sacrificial en nuestra cultura no depende de la "razón histórica" (que siempre se puede cambiar, pues es contingente y ofrece alternativas), sino que es consustancial al "ser del hombre"; a la propia interioridad e intimidad de la persona? 












domingo, 12 de abril de 2015

El silencio y el arte de la escritura


Tan sólo ciertas amistades exóticas y cierta filosofía silenciosa, son capaces de higienizar el propio lenguaje personal; ciertas lecturas frías y acompasadas por el ritmo de lo eterno y ciertas conversaciones amistosas cuyo objeto es la experiencia de lo real y no la ficción del choteo lingüístico, sea este esotérico o exotérico; permiten huir de la ignominiosa presencia desmesurada de la conciencia autoreflexiva. Tan impúdica estéticamente (éticamente) como impertinente resulta en lo intelectual. Pues si en las chozas gramaticales se regocija la esencia de la teoría, su traslación práctica a lo real, abandona toda cautela para con el desahucio semántico al que se enfrenta, disolviéndose la comprensión en el acontecimiento como el azucarillo en el agua. Nada más pesado y fatigoso que soportar la adjetivación adúltera y lujuriosa del sustantivo (Josep Pla buscaba un único adjetivo para un solo sustantivo), la negligencia en la técnica sulfurante del intelectual de salón o de plaza, y su arte libre de pensar. Un ejercicio aeróbico de la razón que pierde su contenido empírico, como quien pierde el contenido de un saco roto; pues pensar en el aire como el escribir en el agua, sólo sirve para rellenar los arenales del olvido. Si la escritura, aunque promiscua y expansiva, persigue los fines (sin fin) de todo pensamiento, es decir la comprensión (que no debe confundirse con la información ni con el conocimiento científico) de lo real a través de un proceso de reconciliación y aceptación de la realidad, un proceso sin fin pero con resultados nítidos y en cierta medida efímeros; al menos habrá logrado afirmarse como una voz legítima y autorizada para decir algo sobre el mundo; singularizándose en la charca de lo común. 

El ejercicio vanidoso de afrontar la escritura y la palabra, desde la castración popular o el abultamiento académico, y no desde el saludable ejercicio de podar y limpiar la lengua propia, no permite precisamente esa tarea de comprensión; de tal modo que ni la claridad chata y corta del analítico o la incontinencia y verborrea del barroquismo continental (que como decía Borjes, es un acto de narcisismo imperdonable) no hacen otra cosa que parasitar en lo verdadero, contaminar el lenguaje operativo y funcional, bien por la simplicidad estéril del tecnicismo, bien por la adulterada sentimentalidad. Eliminar todo rastro de inhumana humanidad, todo rastro de emoción coagulada y todo rastro de pétrea y afilada conceptualización narcisista, debería ser la tarea de todo escritor, como el trabajo artesano de pulidor de lentes: depurar todos los delirios de ensimismamiento del lenguaje, sin pretender por ello creer que se puede cambiar a los hombres ontológicamente: sus deseos incontrolables o sus voluntades embriagadas, y su posos constitutivo de basura infantil. Pues no quedaría tampoco nada interesante para la "vida" en sentido corporal e inmediato. Asumiendo el contagio del lenguaje "en todo", incluso en lo más soterrado del deseo, véase el sexo, la pasión, el hambre, el poder, la imaginación, la necesidad, la guerra incluso (...) no me resisto a creer en una zona blindada al silencio - aunque Sartre (Conversaciones con Jean-Paul Sartre) concibiera el silencio como reaccionario, pues representaba al ser-en-si, la piedra y el pedazo de madera, en el ser-para-sí que le correspondía en tanto que "hombre" que habla y actúa - que permanezca en todos los ámbitos de la vida espiritual. Ya que en el campo de la vita activa (política) sería una tesis imposible e indigna de sostener. 

Esos pequeños espacios de silencio deberían ser impermeables al parlamentarismo embrutecedor del lenguaje sobado de la cotidianidad y la especialidad, pues como único rincón en el que la narración de la propia identidad no viene dada por el reconocimiento de lo "otro", por la red de determinaciones causales o materiales, o por la influencia exterior de sombras y fantasmas psíquicos; sino que aparece como aparece lo real, como un hecho del que hay que partir sin origen concreto o ininteligible, debería preservarse tanto en la escritura como en la palabra hablada, Las atrocidades de no definir el límite fronterizo, no de lo pensable, sino de lo textual, lo escrito o lo hablado, pueden adquirir tamaños considerablemente peligrosos para la salubridad individual y la economía anímica. Saber callar, no decir, saber depurar la escritura, concretar el texto, abandonar el debate cuando se camina hacia el empache, y en definitiva mantenerse en un "yo" presentable y reconocible para uno mismo, sin necesidad de ninguna curación o encaje lingüístico, más que la inmediatez, es en lo que consiste, a mi juicio, el "arte de vivir" lo privado y el "arte de escribir". Sin caer en el llanto, que es de por si demagógico y el mayor acto pedante de autoconciencia, debe poder describirse lo trágico, lo cómico (si puede distinguirse uno de otro), lo real y lo imaginario con un mismo tipo de aproximación lingüística, con un mismo modo de comprensión de lo real y una misma voluntad de veracidad, aunque sea desde perspectivas y puntos de vista distintos. Pues aquellos elementos que decía Sartre que compusieron su personalidad, excéntrica si se quiere, fueron una cierta dosis de violencia infantil y la insobornable soledad, dos elementos clave que creo, pueden extrapolarse a nuestros escritos y nuestra palabra hablada; como medios de emancipación e integridad en la escritura, y medios de dignidad y calidad en el habla. 

 Pleonasmos tales como el de "columna literaria" que se dice en el periodismo, son el vivo ejemplo de la concepción limitativa y privativa, sectorial y elitista de la literatura, esto es, de la escritura autoconsciente (barroca o analítica). La perplejidad que me produce el término "columna literaria" me impide averiguar cuál es el fundamento de dicho término, pues la aceptación de dicha distinción, es la aceptación y quizás interiorización en el habla, de esa noción de escritura que venimos denunciando como vergonzosa supuración de metáforas vacías y demás recursos de simplificación-reducción y contagio sentimental. La expresión de esta noción de escritura y palabra que no respeta el silencio o la delicada geometría literaria, no tiene su síntoma en la separación por géneros, sino en la noción propia de estilo literario. No me parece que el periodismo (dicho como universal), en tanto que género literario, trate superficialmente los problemas (así como si lo hacen algunos periodistas), por ejemplo el poder; sino que representa otro punto de vista, otra perspectiva distinta sobre un mismo objeto o problema, que puede ser agenciado por ciertas disciplinas discursivas que impiden su apropiación común, y que prefieren, en función de réditos intelectuales, privatizarlo como propio, único y exclusivo. Por lo tanto, veo el género como una forma de tratar y procesar contenidos y objetos, y lo que se considera estilo me parece una impostura; todo estilo es siempre un pastiche de estilo. Bien es cierto que es un mecanismo de identificación ególatra de la autoria del texto, pero su perverso reverso es la expresión escritural autoconsciente, es la posibilidad de repetición, de copia y bancarrota literaria: véase el umbralismo con perfume a pachuli que se gastan gran parte de los columnistas que se consideran herederos de Francisco Umbral - por ejemplo los pastiches  de Antonio Lucas, el vodevil exagerado de la prosa de Jabois, o los latinajos mal trabados y los bodegones narrativos de Raúl del Pozo, son la verdadera hiperbolización atroz del umbralismo -  escritor aclamado y de vergonzosa y descompensada prosa. 

Así pues el único estilo, si es que caben categorizaciones al margen del género (la posmodernidad lo pone en cuestión), es el anti-estilo, lo que se ha venido a llamar el "estilo contra-mandarin" (A.Espada), transparente e imposible de copiar. Representantes del mismo son desde G.Orwell, J.Camba, O.Wilde (en sus ensayos) pasando por H.Arendt, L.Strauss y en lo referente al ámbito más local, R.S.Ferlosio o A.Espada. Cuando hablo pues de estilo, me refiero siempre a un anti-estilo, y cuando hablo de literatura hablo de cualquier tipo de escritura (se enfoque sobre una novela, o sobre una carta comercial), pues al escribir se pretenden superar los mismos problemas lingüísticos que en literatura. En mi caso, desde que escribo y leo lo que otros escriben, no tengo otra sensación que la de estar leyendo y escribiendo según una operación y función literaria. Pues por literatura entiendo la resolución de los infinitos problemas de la escritura: claridad (aún en lo oscuro), eficacia, rigor, precisión, geometría, y en definitiva romper el hielo del pensamiento confuso; silenciando el ruido, el rumor, el eco, la charanga metafórica y la chirigota sofística. Evidentemente eso no quita, que algunas columnas, algunos libros sean de narrativa, poesía o ensayo, me parezcan insoportables y una verdadera infamia. Pero no configurarían el elenco de la no-literatura, sino la de los escombros literarios. El escritor no puede ser un idiota y un irresponsable al que ya le salvarán las metáforas. Por el contrario, el escritor y la escritura, tiene que saber lo que narra y expresa; y su aproximación a lo real o al objeto (problema) debe ser la misma que la de cualquier otro sujeto, pero desde otro punto de vista. Parece que el escritor tiene aforamiento y gula para desconocer de lo que habla ¡que ya le salvará el estilo! Esa concepción es una de las vejaciones más inmensas y profundas para cualquier oficio relacionado con la escritura. El único límite de la escritura debe ser el silencio, pero no el estilo u otras manufacturas industriales; y su única función: la creación, nacimiento y plasticidad del lenguaje; y no la repetición y la copia. 


















sábado, 28 de marzo de 2015

El mal sin porqués




La densidad de la textualidad informativa en busca de porqués y de causas del caso del "piloto de los Alpes"( el piloto de Germanwings que estrelló el avión en los Alpes acabando con la vida de 150 personas) para subsanar los errores de "control" de trabajadores, sus voluntades y sus conciencias, con la asfixiante regulación burocrática y la estupefaciente vorágine psicologista de examinar mediante "test" (altamente sospechosos, chatos, e impertinentes) aquello que no puede ser nunca detectado (el mal sin razón y sin porqué); lleva ocupando los interminables e infinitos espacios informativos de las sobredosis (borracheras) de las llamadas "sociedades de la información". Cuya crítica , hoy ya insuficiente y de manual, consiste en decir (desde F.Savater, a R.M.Calaf) que el aluvión de informaciones es tal, su flujo incansable y continuo tan sofocante, que no permite filtros, análisis o criterios de selección crítica que determinen lo veraz de lo falaz. Cuando lo realmente preocupante y a su vez interesante; pues si se es un persona de inteligencia media, ya dispone él de los métodos y recursos intelectuales (y los amigos in extremis) para subsanar problemas de veracidad informativa; consiste no en atender a lo que se dice y el cómo se dice (relevantes también, pero en radio y televisión inconmensurables), sino en el contexto (el medio) en el que se produce. Atendiendo  a su vez, al "meta-relato" o meta-lectura del "decir mediático", esto es, las condiciones de posibilidad que permiten decir lo que se dice, como muy bien dice Rafael Sánchez Ferlosio. Pues en último término, en las también llamadas "sociedades de la expresión" (recuerdo que Lipovetsky las describe como sociedades de la expresión, la realización y la información, todo ello personalizado y a la carta; narcisístico), las opiniones son libres en el peor sentido de la palabra, y el contenido y su forma pueden ser de lo más séptico y vulgar, de lo más vacío y espectral; y por ello corresponden al insobornable ámbito de la mitomanía subjetiva, tan arrogante y sugestiva a la vez (al menos en algunos casos).

La exposición excesiva de "lo noticiable" ( no de la noticia en-sí) para la conciencia media, y tan normal para la lógica retórica de la información (televisiones, diarios, radios, han hecho el agosto con ella), no sólo cae como una piedra en la charca mediática, creando surcos de agua que inhabilitan cualquier noticia cualitativa-mente mayor pero cuantitativa-mente insignificante; sino que expresa de manera viva y voraz, dos fenómenos propios de los medios de hipertrofia  (R.S.Ferlosio)  de la hiperealidad (virtualidad-realidad, véase en el blog "bajo la lluvia"); es decir, de hipertrofiar la hipertrofiada realidad vapuleada. Estos son: A) la ascendente "politización de lo social y el prejuicio hacia lo político"; y  B) la necesidad parasitaria, expansiva y efectiva del "ocupar", del "extenderse" o el "rellenar"  los espacios sociales inexpresivos, de no-expresión, con ruido y zumbidos,  sin permanecer en silencio, en blanco. No voy a detenerme en el punto (A), pues mucho he escrito y se ha escrito mejor que yo sobre el asunto (véase "sobre la revolución" de Hannah Arednt...). Me interesa en especial el punto (B), que nos obliga a recurrir una vez a la lucidez viperina de Ferlosio, para comprender, que los nuevos "medios" de comunicación, a los que llama "el juego de las cajas vacías"; envuelven pegajosa-mente la totalidad de la temporalidad existencial de lo personal y lo inerte o indiferente. La totalidad de los acontecimientos en el mundo, y sólo permanecen segundos en solitario, en silencio, pues, en breves instantes son acompañados por una nube de sombras buitreras de ensordeceros aullidos y crecimiento canceroso. Pues es verdaderamente extenuante el tener 24 horas de qué hablar, siempre impuesto por la agenda y el orden del "relleno" al silencio, que generalmente suele obedecer o bien a una dinámica despersonalizada  (sin consciencia ni voluntad) del suicidio político, o bien a sectarios intereses de dudosa y hedionda procedencia empresarial. La ensordecedora falta de silencio parecerá una novatada sin importancia, pero constituye una inversión  diacrítica del proceso de construcción y recepción de la información. Los medios de comunicación ya no sólo juegan, como se les acusó, ha construir la realidad y nuestra referencia al mundo, es decir el objeto mismo de información, sino que ahora manufacturan y moldean las figuras o las condiciones de posibilidad de la subjetividad, construyen como un castillo, las estructuras mismas de la subjetividad del espectador; no es nada que no hayan descubierto otros (teoría crítica) antes que Ferlosio, poro quizás no con tanta brillantez literaria y expositiva (exceptuando a Benjamin).

Lo relevante de  todo esto para nuestro caso de "aviación criminal", es que se produce ( no surge espontáneamente o naturalmente) al espectador de la tragedia (emplazado a esperar la justicia divina , el reconocimiento, y la explicación del sentido), y se le obliga a introducir en el esquema de su conciencia la necesidad de responder a las causas, al culpable o responsable  y el porqué de todo acontecimiento; obligado a pensarlo en términos psicológicos, regulativos, normalizadores, estándares y en clichés, que más que buscar comprender (incluso la no explicación o la ausencia de razón es un comprender), buscan revitalizar rápidamente el desbarajuste técnico, el hueco práctico y "rellenar" el silencio, la falta de explicación. Pues la figura del copiloto Lubitz no responde ni a la anatomía anímica de un "eichman" (la banalidad del mal), ni al mal fabricado como sujeto de guerra como en el caso " Eatherly" (el piloto de Hiroshima), ni mucho menos a ninguna aparición teológica del mal, se exprese como alegoría bíblica o como traducción fundamenta-lista (terrorismo). Más bien su figura responde a un asunto mucho menos decorado por inclemencias histórico-políticas, y más dispuesto a ser condimentado de apreciaciones ontológicas desprovistas de trascendencia, sin más reflexión que su inmediatez: el caso del mal como correlato de la libertad humana. Un tema bien expuesto por Sade (y Kant), pero que sólo podemos ver en su absoluta plasticidad en el cine de David Lynch (véase Lost Highway o Terciopelo azul) ; la aparición del mal sin motivo, sin redención, sin causa, casi absurdo y surrealista si se quiere, pero que no juega dentro de ningún compartimento de aprehensión categorial posible, y que escapa como jabón mojado, de las manos de toda red intelectual de entendimiento.

 Así  el piloto, que no se parece en nada al piloto de Relatos salvajes, pues este tenia distintos motivos (sucios y divertidos) basados en rencillas personales; y descendía a la muerte acompañado de sus incriminados, no tenía (como aquél) ningún motivo razonable y perceptible, para terminar como acabó, y que yo sepa - a menos que no me haya enterado - ni las depresiones ni bajas laborales, ni el siempre sobado "dolor de amores", conllevan el indeseable implícito de estrellar aviones. Pueden alegarse miles de causas irracionales e imperceptibles de antemano, a priori, y que ahora se ven indefectiblemente como "la causa" de siniestro (como se jactan los periodistas de decir), pero lo cierto, es que no pueden conocerse todos los impulsos destructivos de la condición humana; el cine, y no sólo el de Lynch, nos dan gran muestra de ello. No es tan difícil, ni debería serlo, el romper el encasillamiento que nos produce la fabricación y producción de espectadores trágicos (en el que siempre el sufrimiento y el mal provocados por la injusta justicia divina, al fin terminan con un reconocimiento en un sentido epistemológico y político); para observar la realidad sin mediatizaciones hipertrofiadas, y reconocerla tal como es, a veces azarosa y sin sentido.











jueves, 26 de marzo de 2015

Dinero y trabajo ¿redención y pecado?



Lo peor de los pueblos parece haberse extendido como modelo hasta las ciudades (mal llamadas cosmopolitas), y no lo digo sólo por los provincianos y primitivos nacionalistas (pleonasmo), que a duras penas dejan espacios de silencio, para que el silencio hable y deje de retransmitir el vacío de sus cabezas y su ideología; perdón, religión. Me refiero más bien a las figuras más arcanas y atávicas de su estructura social: el sacerdote, el guardia, el alcalde, el payés y la puta. Todos sumidos en la más que generalizada concepción de la moralización del dinero que cubre bajo su polvoriento manto, no solo la superficie, sino el propio esqueleto de lo urdido en el entramado social.  Rara es la vez que no encontremos en cualquiera de sus formas, la figura del "alcalde" reivindicando el mérito familiar, el orgullo de lo endémico y la apología de lo cerrado y enquistado de la descendencia, en un juego de prestidigitación, en que se pretende asimilar su voluntad individual (la de la siempre empalagosa y cursi familia con poder) con la voluntad de una suerte de fuerza objetiva de lo que sea: la historia, la tradición, la realidad material, el espíritu o cualquier otro "hermano mayor" que  legitime lo ilegítimo o moralice lo amoral; a todas luces contrario al sentido común. Una empresa ruda y fatigosa que solo se mantiene por la búsqueda del prestigio; un prestigio que no lo da la dedicación a la política en el sentido republicano, res publica, como lo entendían nuestros siempre homónimos griegos de la antigüedad, que siempre se sacan a pasear en procesión como a los santos. Ni siquiera lo da el frágil y tóxico poder del que hablaba Weil; sino el siempre inocente y neutro dinero, que sólo que ensucia cuando se moraliza con él. Cuando se pretende ver virtuoso al que trabaja por un salario, ruidoso, contante y chillón, en posesión de un trabajo en-sí-mismo "bueno", es decir, aquellos trabajos entendidos como "para" o "de" burgueses (sin que esto implique una distinción entre un "ellos" y un "nosotros"; dejo la psicologización política para el inombrable Nietzsche), aquellos trabajos que todo "padre responsable" desea para su (debe ser) "hijo de bien"; y se ve de manera compasiva (condescendiente) y vergonzante al que se dedica más a otros trabajos (sen activos o reflexivos) que no dan nada de dinero, pero que contribuyen a la formación y no a la especialización; entonces digo, es cuando se moraliza el dinero y "con" el dinero.

Pues es indiferente lo que el sujeto haga en un sentido profundo del término, es decir, a lo que consagre su acción integral; mientras aparezca y parezca "honorable" en su trabajo asalariado y  ante los demás, y obtenga grandes beneficios por su actividad, sea cual sea, mientras sea asociable a un conjunto de valores conservadores y burgueses que la gente, el resto del "pueblo", entienda y pueda ensoñar durante largas y enfermizas masturbaciones con ellos. Cuántas veces no nos hemos encontrado (ahora hablo a través de un "nosotros", pues espero que nadie indigno me lea) al portero (siempre viendo porno y por el "plus"), a una vecina viuda y su caniche (lesbiana), a nuestra pescadera (triunfando entre tripas de merluza), a nuestro mecánico (engrasando con la "Cope" de fondo y dispuesto a morir por su "Espe") etc. Y nos han  atracado con sermones apocalípticos, sobre lo que deberíamos hacer con nuestra vida, nuestro tiempo y nuestro trabajo (sea remunerado o no), y sobre todo nos han animado de manera impositiva y con un "debes..."  ponerte a trabajar y ganar dinero... ¿Sea en las condiciones que sea? ¿como prioridad ante cualquier cosa? ¿ganemos lo que ganemos y simplemente por convención o reconocimiento social?... Ciertamente, los vagos son una plaga y un peligro personal y social si se quiere, pero no los vagos identificados por no tener trabajo, sino por aquellos que no han hecho el esfuerzo de pensar jamás, aquellos que no han tenido la valentía de detener el tiempo financiero de nuestros días y subvertirlo mediante la experiencia heterodoxa de la lectura, de la escritura crítica o el diálogo político con los demás. Quizás aquel chico joven de traje y corbata, que es abogado o economista, sea un "eichmann", un analfabeto integral, un perezoso completo para pensar; sea un sirvo fiel y acomodado, un cabrero dócil y obediente, que cumple, parafraseando a Franco, a rajatabla la esencia moral de esta, nuestra, comunidad: "haz como yo y no te metas en política" y que podía extenderse a "haz como yo, y no dejes de trabajar" que es la consigna que los sacerdotes y los guardianes sacuden por todos los rincones y pretenden integrar en las conciencias juveniles. Y todo ello siendo un fiel cumplidor de la exigencia del dinero y el trabajo asalariado; pero nada docto en el trabajo de formación

Esa idea de que ganar dinero es algo "bueno", no "útil" o "práctico", sino "bueno", y que además es  un "deber" ganarlo con tu trabajo (con "el sudor de tu frente"); constituye una de las más insidiosas mitologías neo-liberales y conservadoras; una trampa en la caemos como moscas, pues, es la infiltración de una moral parasitaria en la sociedad que legitima y justifica los pretextos ideológicos (correlatos de los prejuicios atávicos de los pueblos) que persiguen el trabajar en condiciones inestables, precarias, inciertas, efímeras, incluso indignas; para aquellos cuyas circunstancias materiales les obliguen a "ponerse a trabajar", a "ganarse la vida"; y un sin fin de mitos y eslóganes ideológicos insufribles. Es la excusa perfecta para acabar con la filosofía, la historia, la música, el cine, y la política, y situarlo en el cajón de los vicios o de los entretenimientos nocturnos, del tiempo libre, pero no de la profesión o trabajo como formación: auto-reflexión del espíritu que permite introducir la razón, la función crítica y la emancipación en el mundo, según Adorno. Pero sin necesidad de caer en barroquismos y romanticismos varios, es por decencia y dignidad, sostener y compartir, que el trabajo (asalariado o no) debería ser aquel mecanismo que ofrezca, en parte y entre otras cosas, razones para vivir la vida, razones para una vida digna de ser vivida, para realizar una verdadera vida humana; y no una mera reducción mínima antropológica a "mera vida" o "nuda vida" (Agamben); una lógica vital de la animalidad y de cuerpos sin nombre, sin voz, sin rostro y sin conciencia, destinados a servir como esclavos. 

Moralizar el dinero y el trabajo conducen a criminalizar lo que vale la pena conservar por-si-mismo, además de ser un síntoma de algo mucho más perjudicial: la especialización como cosificación de las conciencias, resultado del proceso denunciado ya desde la Teoría crítica, como tecnificación y racionalización (reificación) del "espíritu" ( y de las ciencias del espíritu). No quiero repetir ni recordar las tesis más que exageradas, pero no por ello faltas de razón, de Adorno en algunos de sus textos ("¿para qué aún la filosofia?" y "la filosofía y los maestros"), y repetir aquello de Quevedo, "todo necio confunde valor con precio". Pero sí que es necesario atender a su reivindicación; que consiste en no dejarse, en resistir y subvertir (Marcuse; aunque no lo vieran posible con muchas esperanzas) las imposiciones que pretendan por distintos mecanismos y diversos motivos (y propósitos), concebir el trabajo y el dinero como una redención del mal, y la falta de ellos, como un pecado mortal y moral; y por lo tanto, pretendan moralizar una dimensión meramente material (en todo caso económica). Dejando entrever un síntoma de algo mucho más general y más peligroso; a saber, que aquello que lo produce: el capitalismo o el neoliberalismo, que son vistos como progreso indefinido, desarrollo técnico del bienestar y la abundancia, seguridad, estabilidad y orden político-social, son los mismos mecanismos regresivos y conservadores (reaccionarios) que recuperan los viejos sacerdotes, los viejos alcaldes, los viejos guardias venidos a matarifes (...) como nuevos garantes de la moral y el ethos público.  Tampoco es de recibo invertir los términos y odiar al rico por ser rico y criminalizar el dinero; eso sería ilegítimo y una falta ética si no viviéramos en un sistema capitalista que juega con el exceso, el derroche y la corrupción como modelo de crecimiento y despliegue, y de cuya lógica nos vemos impregnados, condicionados e incluso hasta incriminados. De tal modo, y hasta el punto, que convertir los psicologismos, tales como, resentimiento, odio, venganza, envidia..., se convierta en un discurso político objetivo; y sean sus exabruptos escatológicos, una consecuencia prevista por el "sistema"  y contemplada como material para reforzar aún más su unidad y cohesión frete a ataques furibundos y violentos. Vistos por la santa opinión pública provincial, quizás prostituida, como movimientos y discursos trasnochados o utópicos, cuando lo que se reivindica es el trabajo digno, no redentor, y el dinero neutral e inocente, y no como una cuestión moralizante.






















martes, 17 de marzo de 2015

¡Queridísimos intelectuales!



Se han dado infinidad de bochornosas definiciones sobre el intelectual, desde Sartre a Berlin, Adorno, Marcuse y Rand, pasando por Gramsci hasta Arendt; las definiciones han sido pintadas con exaltación y con el toque personal de cada protagonista. Algunos se desvinculaban de su inclusión categorial por el peso y carga histórico-conceptual del término que los encasillaba en un estilo, una forma y contenidos de un trabajo que consideraban insoportable, por "los demás"( el infierno siempre son los otros). Otros por su vinculación ideológica concreta y material con una "causa" o "partido" (véanse los mandarines o el intelectual orgánico); otros por una antipatía personal a miembros del gremio nacional, o una alergia irrefrenable a las clasificaciones sociales de cierto elitismo e idiosincrasia narcisista. Sea como fuere, cada cual ha pretendido singularizarse, distinguirse o integrarse finalmente en lo alto de dicha jerarquía. Por mucho que durase la pataleta o cacarease la gallina, se afirmaban intelectuales siempre con un orgullo sotto voce y una conciencia disimulada de auto-satisfacción personal, mientras mostraban la más desgraciada y desamparada de sus caras.

A fin de cuentas, intelectual es aquel que cobra por serlo, aquel que cobre por aparecer y presentarse públicamente como tal. Si queremos matizar; yo aceptaría sin complejos ni dejes existencialistas, la definición del bueno de Sartre: intelectual como aquel individuo que posee una contradicción interna entre aquello que "hace" y lo que "es". Es decir entre su rol social y su verdadera identidad, privada, solitaria, de poso cartesiano; un mínimo (de identidad) irreductible a cualquier máscara social-mente determinada y casi residual, pero existente por sí misma. Esto podría traducirse, como el sujeto que posee una trabajo teórico-contemplativo (cercano al filosófico o filosófico mismo) con el que su "ser" se identifica y asimila (con el que le es posible realizar su máxima expresión); y una voluntad social o compromiso político, una forma de acción en la comunidad. Constitutiva de nuestro "ser social", solo posible en diálogo con los demás; con terceros.  Por lo tanto, un intelectual como un teórico que se dedica a sus cosas y además participa, incide y actúa en política, en la vida pública a través de la crítica y la expresión. Hoy por hoy, podemos decir que el gremio de los intelectuales se ha industrializado ( no digo nada nuevo, de su obviedad me sonrojo), mediatizado así por mecanismos y aparatos económicos o instituciones administradas. Que los ha convertido o bien en empresarios (mercenarios) de la cultura, o bien en burócratas y funcionarios verticales, sin por ello perder el pluralismo y autonomía que caracteriza nuestras sociedades occidentales; eso sí, un pluralismo y una autonomía unidimensional como diría Marcuse, pero ese es otro jardín...

Los "intelectuales" que particularmente considero más interesantes son precisamente aquellos que no han sido secuestrado por las industrias culturales ni las pétreas e impermeables academias (con diversas excepciones concretas), sean estas las oficiosas y ostentosas "reales academias de..." , universidades, centros de alto rendimiento (véanse aznares y pedro jotas...), sindicatos o fundaciones de pensamiento, e incluso gobiernos caritativos ( ¡véase el gobierno venezolano, casi nos saca de pobres! ). Despreciando, solo hasta que me paguen (no creo que se de el caso), todas esas estructuras e instituciones, encuentro en otros "escritores" o "autores", el cumplimiento también de las funciones del intelectual, aquellos que no han habitado (en general, no soy sectario o dogmático) o parasitario sistemáticamente y durante toda su vida, en la condición de intelectuales. Arendt, Benjamin como teóricos clásicos (por no remontarme a Platón o Aristótels en adelante), Ferlosio, Hitchens y Espada como ensayistas, Leopoldo María Panero, F.ferrer Lerín como poetas, Houellebecq, Hemingway, J.V.Mirmont como novelistas (...) Me parecen mucho más interesantes y reales como pensadores, o al menos un mayor testimonio moral, que a estas alturas no consigo menospreciar o disociar de la obra en sí; que otros autores encorsetados y previsibles en el mejor de los casos, o comprados y falseados en el peor de ellos. La invectiva anti-intelectual de salón, no proviene de nada más que de la experiencia reciente de un acontecimiento atroz. En una de las infames clases contadas para niños en la UB, sobre los "posmos" franceses, me sumí en un momento de lúcida y plena consciencia sinóptica, en la que me di cuenta de donde estaba, de quién hablaba y de qué diablos hacia yo allí (no es una crisis existencial, simplemente una caída del caballo). Ciertamente el problema no es tanto lo que se decía, como el hecho de que "yo" estaba allí para escucharlo. La mañana de autos discurrió así: casi al finalizar la plástica clase de variedades, diversos "compañeros" (no considero compañeros a los reales, menos a los que tengo en una clase que voy como oyente)  se enzarzaron en una disputa nada interesante, sobre teorías nada comprensibles, con herramientas inexistente: textos y libros; pues no los habíamos leído y además tampoco podíamos, pues simplemente nos basábamos en "dos hojas" mal repartidas y mal fotocopiadas en una clase demasiado a "la catalana". Faltaba tanto la responsabilidad y la vergüenza moral de reconocer que no se entendía ni "pa-pa", y el reconocimiento de la carencia de la distancia y  poso suficiente para analizar críticamente presupuestos teóricos complejos y precisos, que en su ánimo parecen sobrevolar como una nebulosa divina las cabezas de los tristes mortales. 

No recuerdo, o no quiero recordar, todo lo que se dijo, todo lo que se balbuceó o blasfemo sobre el asunto, sólo quiero resaltar que el espíritu en el que se embutían aquellos jovenzuelos, provenía de las sobriedad y solidez de las paredes de la académica y de la atenta mirada maternal de una profesora atónita ante el gallinero que había construido. Pues sus formas y actitud era exacta a la de los ¡queridísimos intelectuales!. Nada de lo que se dijo correspondía a la decencia de los conceptos en minúscula y pacíficos, sino más bien aquellos que Weil decía que se escribían con mayúsculas y causaban ríos de sangre. Dichos conceptos en mayúscula constituyen en el discurso, según Weil, elementos absolutos, es decir, elementos incondicionados por la necesidad de la realidad (material se supone), abstractos y vacíos, y por lo tanto totalitarios. Pues constituyen los "ismos" por los cueles se pierde el valor a la vida y se asesina, yo diría que se pierde el valor a la realidad material o la verdadera realidad. Weil aducía el uso de conceptos en mayúsculas, de los "ismos", a una falta de instrucción o educación emancipadora. Dicha instrucción pretende suprimir el vocabulario superficial, las entidades absolutas, las explotaciones locucionales, y los retorcimientos lingüísticos. Devolviendo categorías como "limite", "medida", "condicionado", "relación" (...) al orden del discurso intelectual. Locuciones como "en la medida que...", "a condición de que...", "en relación a...", "limitado por...", deben estar presentes en la articulación de nuestro lenguaje intelectual, para no caer en "ismos" caníbales, irreales y absolutos (absolutistas políticamente). Paradójicamente, en ciertos cursos universitarios, sucede lo contrario; es en la "educación intelectual" en  la que se instruye para los "ismos" en mayúsculas. 

 La trampa de zorro, en este caso, la trampa lingüística que construían los estudiantes-intelectuales, pronto alcanzaría los cielos de la meta-lingüística infinita, en que lo importante eran las expresiones deportivas, el uso de la palabra decorativa, el juego del diálogo como recreo de la imaginación, lo jocoso y la gratuidad de la réplica, y por supuesto el "matiz" narcisista de las propias posturas subjetivas (necesitaron un sin fin de sutilezas de "todo a cien" para reafirmar sus intervenciones). Igual que sucede con los intelectuales del escenario público. Para la gimnasia lingüística yo recomiendo los bares de copas, los billares con amigos, las comidas copiosas en la terraza bajo el sol invernal y las reuniones trasnochadas con gente de mala vida, pero no la universidad y el espacio público. Aunque uno debe reconocer que a parte de ciertos compañeros del gremio (como M., L., G., P., etc.), las discusiones más interesantes y fructíferas han sido precisamente en esos lugares soterrados con mi amiga C. (trabajadora incansable y persona de provecho); que no pertenece al gremio, pero cuyos conocimientos, inteligencia y estilo estético sobrepasan con creces a los "obreros culturales" de la universidad.

No pretendo representar las flemas de un "hombre terrible" o un provocador, pero reconocer, que la tarea meramente contemplativa, académica, o estrictamente comercial y económica hace olvidar la verdadera realidad, la solidez y consistencia de la terca realidad, no es un ejercicio de polémica, sino de sensatez. Aquellos efebos, aceptaban sin revolverse sentencias tales, tan bruscas y torcidas, como: "no hay hechos, solo interpretaciones", "la verdad no existe como idea platónica sino como representación o juego de representaciones", "el instinto es anterior al concepto", "la filosofía no es epistemología sino estética (como contraposición y no diferencias complementarias)", "las palabras son metáforas (en el sentido más trivial y peyorativo del término)" y un largo sin fin de exabruptos filosóficos, toscos y confusos así dichos; que habrían producido una alergia incurable a mi amiga C. Aceptaciones que no sobrevivirían o pasarían el examen crítico de la luz pública (sentido común), y sin embargo habitan y se reproducen en las facultades de filosofía, generando estudiantes auto-complacidos e intelectuales verticales dispuestos para industrias y academias, sin compromiso y sin voluntad moral (o ética, según se mire), sin ser por lo tanto, ni siquiera el intelectual descrito por Sartre.