miércoles, 13 de mayo de 2015

El perdón del camaleón (II)





Analizado ya el contexto retórico político en el que se producían tanto las preguntas como las respuestas, cabe resaltar que lo más interesante quizás, no fuera la tarea mediocre de un atomizado Évole, ni el resultado de una entrevista pos-producida y confeccionada a medida. Trampa o cortesía de toda entrevista televisiva. Sino, el propio discurso y figura del personaje entrevistado. Pues lejos de sus legítimas pretensiones de limpieza y saneamiento de imagen, pues es la única lógica que puede llevar a un ex-etara a aparecer en televisión; y su oportunista publicidad comercial, tiene un libro que vender, su "historia", como se congratulan en llamarla, a ojos de cualquier inteligencia media, ha quedado aún más dañada si cabe. No por su agresividad gestual, su hostilidad lingüística o su integridad ideológica, que a día de hoy son nulas; sino por su simple e ingenua personalidad infantil, adolescente si se prefiere; que le lleva a aparecer con unas taras gestuales y cognitivas difíciles de olvidar. 

Cualquiera que haya visto la entrevista y sólo se quede con el recuerdo inmediato de ella, dirá que exagero. Pero si atendemos a la literalidad de su blando verbo, a la empírica expresión de su cuerpo y gesto, y al por qué, concedía la entrevista (no sólo a la tele, sino a otros medios de papel); la evidencia de la realidad demuestra su incapacidad, moral, intelectual y estética incluso, para afrontar los hechos atroces que cometió. La siempre juvenil y ruda estética de abertzale que permanece inquebrantable tengan 19 o 45 años (como él); junto a esa sonrisilla inconsciente y delatora, que se le escapaba al recordar los crímenes, las reuniones, y los diversos pos-party. Son signos, que para el tablero de juegos progresista, conforman el elenco de los elementos de las distintas formas de vivir. Pero que para la gente con sentido común, y firmes ateos en lo tocante a abrazar determinada fe política, constituye la revelación de los límites fronterizos de su discurso como testigo. Desacreditando su testimonio para la historia. No sólo por la insistencia del silencioso y torpe periodista, que centró la entrevista en la disposición e inclinación más propia al medio: el sentimentalismo y el destino (sentido) de la vida. Sino por la absoluta ausencia de los hechos y de lo político, de cualquier capacidad reflexiva sobre lo sucedido, sin tener que recurrir al choteo emocional y sentimental de unos y otros, terroristas y víctimas. Puede decirse que la banalidad y la vulgaridad de su entrevista, es inversamente proporcional a la de su moralidad e inteligencia, de nula capacidad estratégica. 

Como todo (ex) etarra entrevistado, dejando de lado a los que sin pudor se presentan con sus boinas y trajes nacionales (hay imposibles metafísicos reales), la sucesión de tópicos y la aplicación automática de los protocolos de "terrorista arrepentido", fue la tónica de toda la charla o monólogo: arrepentimiento, pena, perdón, muestra de humanidad, apelaciones a la inconsciencia juvenil, lo malos que eran los veteranos (los viejos etarras), reniegos etc. Un arrepentimiento algo curioso, pues lejos de poner el foco en el hecho moral de matar, de quitar la vida a tres personas. Él enfatizaba el hecho de que "no vale la pena matar"; como sí por una causa política (no hablo de temas sociales), en plena democracia, hubiera alguna causa legítima por la que matar a civiles o policías. Apelaba a la vida que hubiera podido vivir sin pena ni culpa, sin encierro, una vida melancólica que los periodistas ayudan a construir al preguntar por lo que podría haber sucedido y no sucedió. Que no mataran. Manteniendo la virginidad de la parcela moral, sin reflexionar sobre lo que significa la incapacidad de reconocer al "otro" como un interlocutor político, como un igual jurídico, en definitiva como otro hombre con las mismas dificultades y ventajas de su condición. Allí donde es relevante su condición de testimonio moral, a parte de como portador de materiales para la narración histórica, es donde el silencio y la ausencia reflexiva reposan como en su guarida, indefinidamente.  

Su relato correspondía más al de una máquina movida por impulsos eléctricos, que al de un hombre movido por impulsos morales, lo suyo supuso más una representación teatral del niño que pide perdón a sus padres (autoridad estatal), que la toma de responsabilidad sobre su lugar en el mundo y sus acciones en él, que todo ciudadano moderno debería tomar como responsabilidad política. Tan lejano estaba de la cordura, que llegó a comparar su estado de enajenación violenta, con la risa de los talibanes después de lanzar bombas anti-aéreas. Si no fuera por lo que Weil contaba en su Diario de España (1936), sobre cómo son los recursos y técnicas para poder matar a otro hombre: la bebida y las buenas comidas entre los compañeros de tareas, las risas sobre los hechos, el humor negro y las exaltaciones viriles de la masculinidad, no sabría a qué siniestra permisividad y relatividad moral se refiere el etarra al relatar sin beligerancia su historia. Al fin y al cabo, tanto el periodista como el entrevistado, acaban siendo en grado y peso distintos, victimas del victimismo; y por lo tanto, de la ausencia de responsabilidad en casi todos los ámbitos.

Para finalizar, contrariamente a lo que escribe Jorge Bustos en un artículo en El Mundo sobre este mismo tema; entrevistar a un etarra no es darle el privilegio de considerarlo un interlocutor, sino la necesidad del periodismo de mostrar lo vidrioso de la realidad, sus contradicciones y su fragilidad. Sea tomando como interlocutor a cualquiera con el don de la palabra y la innegable pertenencia al acontecimiento. Por lo tanto, no es más importante el tema que se escoge, que el cómo se trata o cómo se muestra un tema periodístico (el lugar desde el que se habla y discurre). Entendiendo que el dilema se encuentra en qué medio escoger, qué discurso mantener y qué posición moral adoptar para no mancharse con el barro propio del asunto. En cuanto a lo que Bustos aducía sobre la mano canonizadora del periodismo, es una consecuencia tan indeseable como inevitable en cualquier trabajo informativo: dar un tiempo de relevancia pública, incluso a aquello más sórdido y sombrío de nuestra realidad. Pero en todo caso, es algo ajeno o heterónomo al ejercicio limpio del periodismo; depende más del espectador y del ciudadano el glorificar o santificar ciertos asuntos. En todo caso, dicho sea de paso, el trabajo de Évole, es malo,  por la calidad y el tratamiento y no por el tema o testimonio escogidos. 












martes, 12 de mayo de 2015

El perdón del camaleón (I)






El angosto terminar del desfiladero académico no solo permite pocos recreos lingüísticos en horas libres, sino que su deontología ni siquiera permite prestar atención a la realidad inmediata, sin sentirse uno mismo culpable por perder el tiempo, sea tomando unas cañas o un vinito en ficciones sureñas o en tareas menos saludables como ver, pensar y escribir sobre la manoseada y magreada actualidad. Pues actualidad son otra vez los hombres de la revolución vasca, que en tiempos de "guerra" escondían su siempre abertzale rostro tras las capuchas de maligno de serial, durante sus vagas apariciones cómicas en los garajes de papá, revolucionariamente ornamentados. En cambio, en tiempos de paz, de normalidad socialdemócrata o estabilidad bursátil (así miden la paz hoy nuestros abogados del estado), dedican sus ratos muertos a la dura tarea de escribir y publicar libros, a conceder o quién sabe, quizás vender, entrevistas cual vendedor ambulante de rodaballos, a la televisión más comprensiva, progresista y menos prejuiciosa o conservadora. Y sobre todo, dedican su escaso y redimido tiempo a explicar lo cargante y sofocante que era el ambiente de los lunes al sol en las vascongadas para cualquier rural efebo, cuya inherente juventud, conducía irrevocablemente a la inconsciencia del bucle melancólico y a la gélida y seca violencia terrorista.  

Como no podía ser de otro modo, Évole, el referente periodístico de la izquierda de violonchelo (¡que Dios nos pille confesaos!), entrevistó en "la Sexta" a Iñaki Rekarte, el joven etarra antaño, madurito ya, autor de tres asesinatos envueltos en el pachangueo nacionalista propio de la provincial reducción política vasca. Pero lo más relevante, no es ejercitar los músculos del amarillismo como hacen los conservadores de este país, o jugar al mangoneo (mamoneo) de las vísceras del recuerdo, y resucitar viejos fantasmas a través del noble y viejo ritual (a veces) del insulto. Sino atender por una parte, al contexto en sentido ideológico en el que se produce la entrevista, y por otra, atender al pensamiento, si no es ofensa, y al contenido de las palabras del etarra, durante la comprensiva entrevista televisiva. Situación y circunstancia política digo, a modo de resaltar el paquete conceptual salvavidas que todo periodista de share, necesita para enfrentarse, más que a un testimonio de engranaje sin responsabilidad, a un sujeto moral y político que abandonó toda humanidad (si no es pecado recurrir a ella) para llevar a cabo un proyecto político, del que ahora reniega, y antaño, cuanto menos desconocía o le era indiferente, según dice. Paradigma periodístico en que lo ideológico se traviste de conceptual; pues en su discurso interrogador, pero nada hostil, el periodista se sumerge en las trampas del "perdón y reconciliación" de las víctimas del terrorismo; todo ello bajo un vago pero intenso tufo de "victimismo social del verdugo" y presentado el caso, como producción de pura mercancía que necesita venderse. Pues el etarra, concedía ese mismo día una entrevista extensa en  "El Mundo", periódico en el que repetía la misma misa del apenado reinsertado.

La dimensión ideológica en la que se insertaban tanto las preguntas como la respuestas, es la de la igualación política de las víctimas y los verdugos, la igualación del recuerdo personal a la memoria histórica, la dimensión de la usurpación del perdón y la reconciliación que sólo pueden dar las víctimas reales, los muertos y heridos, y no sus familiares, amigos, novios o novias, amantes, conocidos y allegados. La pedagogía terapéutica del dolor, que el progresismo mediático-político intentó, y consiguió en gran medida, instaurar con las reuniones de familiares de asesinados y asesinos, grupos de especialistas y discursos mediáticos sobre la paz y el perdón; no pretendían otra cosa que realizar una empresa política: Suturar y coser las heridas, arreglar y reparar el daño, y sanear la embrutecida resolución de un conflicto desgarrado y pasional en lo personal, y textual y narrativo en lo político, como un procedimiento pedagógico y terapéutico. Cuando debería tratarse, no como un fósil o una huella, cerrada y acabada, quizás efímera y borrable en lo perosnal, sino como un texto abierto a la interpretación y a la memoria política. Pues todos aquellos asesinatos no eran producto de arrebatos pasionales o anhelos y esperanzas existenciales mal digeridas, que podrían haberse ahogado en lo privado. Sino chantajes al Estado y  a toda una comunidad política, que necesariamente debían exhibirse ante la pesada y fatigosa luz pública; que debían aparecer ante el común como acontecimientos que necesitan ser narrados y contados según una prosa política y no una prosa  teológica del perdón y la redención, una prosa al fin y al cavo, del sentido. 

La operación de sutura y reparo, pura propaganda ideológica, consiste en imponer la necesidad psicológica del perdón y la reconciliación, propia del mecanismo psíquico de un individuo (incluso ahí, el imperativo de superarse y ser feliz ya es cuestionable ¡no se que problema hay en las vidas gruñonas y resentidas como la mía!), a los procesos políticos que nos incluyen e interpelan a todos. Que o bien se rigen por criterios morales y estéticos o  bien estrictamente políticos; pero que en ningún caso deben ser sometidos al yugo de la autoayuda colectiva. En esas reuniones televisadas (televisivas o televisables) de etarras y familiares de las víctimas, ambos bandos caían en el mismo error, el narcisismo y vano egoísmo emocional, todos ellos iban para expurgar sus miserias, unos por asesinar y otros por sufrir y padecer, una suciedad y hedor que había que mitigar a cualquier precio en el espacio público, pues en él y por él, se había producido. En nombre, unos de no se sabe bien que causa perdida, y otros en nombre de aquellos que ya no tienen voz. Y que tras la "reconciliación" circense, ni siquiera conservan el patrimonio del recuerdo: abierto, inacabado, en galeras, por narrar, y sin teleología; que toda víctima política requiere para su dignidad histórica. Recuerdo, que sus familiares, de buena fe, pero de total falta política, intentan construir como cerrado, acabado, con finalidad y sentido novelesco, para por fin "pasar página" y avanzar en otra cosa; como un fósil o una ánfora para el coleccionista de la historia. Eso sí, dicha tarea, que en ningún caso soportaría el filtro de la ética y la estética, es realizada con la inestimable ayuda y el torcido interés de la mano mecedora o terapéutica de los tecnócratas venidos a  bio-políticos; que ven en estos actos que deberían ser privados, la posibilidad de enmendar sus errores y limpiar su imagen pública. Privatizamos así lo público bajo categorías emotivas y personales, sustituyendo las categorías políticas, por categorías de la intimidad sentimental y lo doméstico.  En definitiva, si los familiares quieren perdonar a los asesinos por el dolor que les han causado a ellos, y no parasitando el nombre de las víctimas, en las consultas del psicólogo se están calentando los divanes. Pero ante el espacio público, no deben acogerse a manipulaciones políticas mediante la organización de actos embrutecedores y hostiles a lo que simboliza el espacio histórico de la memoria.

La entrevista se inscribía en este contexto, bueno, no solo de manera formal, sino que el discursos y sus palabras concretas y literales, presuponían que todos los espectadores, la sociedad podríamos decir, aceptaban y asumían esa jerga personal como propia, como ética y estética; que siendo el canal que es, no sé si suponían bien...


















jueves, 30 de abril de 2015

Posmologías



"Posmología: dígase de la ciencia que estudia las distintas perspectivas posmodernas sobre la realidad, es decir, acontecimientos anexionados al subjetivismo, al relativismo, al historicismo, al comunitarismo y al siempre recurrente y alarmante nihilismo. Dicha ciencia suele emplearse por un grupo amplio de personas de nacionalidades diversas, niveles culturales varios, y clase social adinerada. Su origen es impreciso y vago; diríase que nace después de la modernidad, pero su objeto es tan volátil y plástico que habita y parasita en distintos yacimientos del conocimiento occidental: véase la literatura, el arte, la política y la filosofía; sin datación estipulada o precisa. Los expertos desconocen su  procedencia exacta, aunque las teorías más desacomplejadas y aventuradas apuntan al surgimiento de esta ciencia en los filósofos de la vida del S.XIX; y su acuñamiento definitivo en la filosofía francesa de la segunda mitad del S.XX, hasta nuestros tiempos. Se conservan documentos arcaicos y populares de la antigua y ya desaparecida Universidad de Barcelona, especialmente la Facultad de Filosofía, en los que al parecer, un grupo de marginados socio-políticos, se referían a ella, a la Posmología, como wishful thinking. Por lo que se conoce hasta el momento, y según expertos del Instituto de investigaciones para el desarrollo científico y tecnológico de Connecticut, dichos restos documentales pertenecen a un grupo hostil y ajeno a la civilización de su tiempo que opositaban contra la nueva ciencia, promulgando la palabra irracional de su fe. Un credo religioso llamado antaño "sentido común", máximo representantes del oscurantismo y ostracismo de su época; que fue poco a poco perdiendo fuerza frente al ilustrado movimiento emancipador de la nueva ciencia llamada Posmología"   ( Enciclopedia de las ciencias del espíritu catalanas) 

A propósito de una charla sobre la libertad de expresión presentada por uno de los ex-dibujantes de " el jueves" (la revista que sale los miércoles) y una conexión en "las mañanas de cuatro" (Cuatro tv) de una madre activista (algún día se debería analizar el caso de las madres y amas de casa de los pueblos más artificiales y artificiosos, y descubrir la extraña inclinación al activismo en favor de  políticas de morfología infantil o casi fetal) que denunciaba las infernales condiciones en que sus hijos, un plural de hermandad maternal que incluye a todos los hijos de todas las madres del pueblo en un acto de solidaridad, se estaban escolarizando y educando. Ambos casos representan la misma concepción no sólo de la política, sino de los juicios que empleamos para dirigirnos, orientarnos y comprender la realidad. Pues desplegaban un rampante subjetivismo y una altivo relativismo sobre los hechos y las opiniones políticas, un ejemplo de ese pensamiento adulterado y desiderativo que a veces uno confunde con el cínico capricho y la basta chulería de la ignorancia. Empezando por el caso infantil; resulta que las demandas de "las madres" (nunca los padres; claro esta que estos prefieren ver el fútbol antes que...) de un pueblo pequeño de quién sabe donde, recaían en la necesidad de una escuela en condiciones para sus hijos, que hasta el momento, estudiaban en pequeños barracones de hojalata, o algún material parecido que no recuerdo, y no en las uterinas paredes de piedra de los edificios institucionales. Poniendo en peligro sus vidas, su salud, su educación y lo que es más importante, la comodidad pueblerina de "las madres". 

Pues a dichas señoras el ayuntamiento les ofreció matricular a sus hijos en la escuela del pueblo vecino, situado a 1,5 km de distancia de donde estaban, con plazas y atención educativa suficiente. Este discreto e insustancial hecho, se les había pasado por alto tanto a las madres como a los periodistas en plató (que como pude comprobar después, conocían el ofrecimiento del ayuntamiento), que prefirieron atender a los helénicos deseos de "las madres" y construir un relato sombrío, infernal y apocalíptico de la situación: barracones sin calefacción en invierno, sin aire acondicionado en verano, en frente de una autoescuela con circuito propio... Que atender a la realidad de los tercos y pesados hechos. La verdad, era que las madres preferían mantener a sus hijos en esas situaciones de peligro y exterminio nazi, según ellas, antes que andar 1,5 km (20 minutos ir y volver) y mantener en condiciones óptimas a sus sacrificables hijos. Pues los argumentos que esgrimían con total desvergüenza, y a su vez, eran aceptados no solo con total docilidad, sino con complacencia y acuerdo por los periodistas, consistían en desplegar el repertorio del relativismo y el nacionalismo más abrasador: "nosotros queremos nuestra escuela no la de otros", "merecemos que se respeten nuestras demandas y nuestros puntos de vista", "no queremos nada de otros, sino lo que es nuestro, y nuestros derechos como pueblo" etc. Y así un sin fin de consignas que se basaban en que eran un pueblo que tenía derechos y merecían una escuela propia, aunque no la pudiesen pagar; y su legítimo y vinculante punto de vista sobre las cosas que debían realizarse y ser efectivas. El sentido común, tanto en las madres como en los periodistas se sustituyó por el subjetivismos desiderativo y caprichoso. 

El segundo de los ejemplos, es más próximo e inmediato, pues lo viví en carne propia. No soy dado a asistir a masturbaciones colectivas y menos si son entre desconocidos y extraños, es una cuestión de higiene personal. Pero en este caso, y a causa de la manía viciosa y siempre recurrente de pasar tiempo con amigos, accedí a pasar una tarde escuchando a Albert Monteys, ex-dibujante de "el jueves". La charla iba sobre la experiencia del dibujante con la libertad de expresión en los medios y su relación conflictiva con la censura, sea externa o auto-impuesta, ya que de la revista en la que trabajaba censuraron alguna que otra portada desde la casa real o desde anunciantes que proporcionaban gran sustento económico a la misma. Lo más interesante, sin embargo, no son las peripecias y desvanes de la revista, sino la opinión que tenía de su propio trabajo ( él y los asistentes) de dibujante o humorista. Se planteó la cuestión de los límites de la sátira como portadora de opinión desde la perspectiva de la moral personal y las consecuencias políticas, refiriéndose evidentemente a las cuestiones sobre el Islam; las risotadas sobre las religiones en general y demás "identidades" según decían. Pues sus límites eran dos: "la clase social", entendida como los de arriba y los de abajo, es decir de aquellos que tienen poder (de los que uno se puede reír) y los que no tiene poder, ni prestigio ni influencia (de los que no nos podemos reír); simplificando el límite de su trabajo con el prejuicio de los buenos ( los de abajo) y los malos ( los de arriba), naufragando así en los mares de la indeterminación. El segundo de los límites consistía en no reírse de aquellos colectivos que se siente ofendidos apelando a la santidad y pulcritud de su identidad ( no voy a entrar a descalificar intelectual y prácticamente a los movimientos basados en la identidad, pues de probada simpleza son sus planteamientos que aburren al más resignado). A mi juicio, lo más particular del asunto no son los límites auto-impuestos o la censura, siempre existente en todo régimen, incluso los más blandos; sino el criterio y la ratio desde las que se emite el juicio. Para qué hablar de las condiciones y función que exigen las disposiciones del propio trabajo, pudiendo apelar a criterios de moralidad subjetiva fundados en concepciones generales del mundo harto cuestionables. Los únicos límites que debería tener el humor gráfico, audiovisual y periodístico si se quiere, son: el no hacer reír, no tener ninguna gracia, como sucede a menudo; y el jugar de manera ilícita con la ficción y la realidad, es decir, traspasar el límite de la opinión y ampararse tras la ficción de lo cómico o de la sátira para atribuir "hechos", más allá de los juicios de valor, sobre algún particular o algún acontecimiento, sea de la índole que sea. Es decir, el límite de la difamación y la mentira, jugando así la partida entre verdad y mentira, un parámetro ético y estético común en todo ejercicio público, pero que se olvida con frecuente indiferencia.

 La tensión entre ficción y realidad, puede vincularse estrechamente, en este caso, entre verdad y mentira. Pongamos como ejemplo el caso Bárcenas; imaginemos que se dibujan viñetas como las que hizo "Ricardo" en "El Mundo" sobre Bárcenas, en este caso, saqueando junto a otros miembros del PP las arcas del Estado, antes de que se conociera la verdad: ¿no sería un caso ejemplar en que mediante la ficción y otros recursos estéticos, el dibujante no sólo emitiera una opinión, sino que atribuyese "cuestiones de hecho" a un individuo, antes de demostrar su veracidad o falsedad? ¿no es una línea muy fina que se traspasa con sorna y alegría, siempre que el chiste sea muy graciosos o la broma muy explosiva? ¿o es que resulta que en el arte, la ficción y la sátira todo esta permitido como espacio donde los códigos normales de moralidad entre otros, son relativizados y tolerados como si no tuvieran vinculación con el mundo? ¿ no debería entenderse el arte de la caricatura y la viñeta cómica de los periódicos, como un formato más del periodismos, sujeto a las mismas reglas y códigos normativos? ¿ no debería entenderse ese noble ejercicio artesano del dibujo como una representación hiperbolizada, esperpéntica, hipertrofiada y manipulada de la realidad, pero al fin y al cabo, fidedigna a la verdad de los hechos? He aquí dos ejemplos de subjetivismo y relativismo, dos ejemplos claros de estudio para la Posmología. 













jueves, 23 de abril de 2015

Narraciones del sentido





La actualidad, es decir, aquello que se nos presenta como "actualidad" inmediata: la hipertrofia mediática de aquello hipertrofiado de por sí; ha vuelto a zarandear los más elementales cimientos de nuestra arquitectura moral y por qué no decirlo, epistemológica. Y una vez más, no por los hechos atroces, irracionales y meramente sociales, sin entidad política alguna, que suceden en cualquier comunidad humana (que a un nivel moral pueden abrir otro debate, véase otra vez el blog Bajo la Lluvia); sino por el tratamiento que los "medios", a petición de un palpitar social general que los demanda, han dado al caso del niño de 13 años que ha asesinado a un profesor en un Instituto de Barcelona. El tratamiento, más pedagógico y biopolítico que informativo, vuelve a rozar el límite entre información y espectáculo, o mejor, para no caer en maniqueísmos, entre  economía mediática y regocijo del sentido literario del periodismo. Pues una vez más, el relato o narración literaria (en sentido peyorativo; no como yo la entiendo) del periodismo lírico y épico, ha vuelto a construir un sentido (necesidad) manufacturado y plastificado para un hecho concreto y aislado, que sustituya la insobornable contingencia de lo real. Una vez más, los periodistas fatigados por la monotonía gélida de la información socialdemócrata, han sucumbido a las atractivas y suculentas curvas vertiginosas de la narrativa del sentido y del periodismo novelesco. Hartos de escribir de lo mismo como artesanos antiguos o mecánicos de viejas glorias automovilísticas, ven en acontecimientos como el del "niño de la ballesta", una oportunidad para desparramar su sentido de la vida, de la tragedia y la estética (son de  nuevo artistas) sobre los hechos chatos y secos de la realidad material más cotidiana e inmediata si se quiere. 

El espacio que ha ocupado en los "medios" la codificación de los mecanismos psicológicos del chaval (un asesino al fin y al cavo, por muy imberbe que sea) como ratio del sentido de sus acciones, como núcleo de la noticia, como así, la descripción casi novelesca de un personaje con profundidades psíquicas laberínticas y esquinas espirituales, con enfermedades no demostradas y la descripción de su carácter social y familiar, y demás caracterizaciones existenciales... Han borrado del mapa "el hecho" relevante, el sucio y brutal hecho de un asesinato a sangre fría. Precisamente aquello que un periodista debería haber recogido: la narración fría, mecánica, secuencial y contextual de los hechos, y no retransmitir especulativamente y abrir puertas para la trascendencia psicológica e incluso teológica, sobre las motivaciones o causas (no empíricas o visibles) interiores (y en cierto sentido exteriores) del sujeto que ha posibilitado un hecho. Como en cualquier otro asunto, tanto para informar de los casos de corrupción, de la subida o bajada del IVA, como de la muerte de inmigrantes en nuestras costas, como de un conflicto diplomático con el "gorila rojo" de Venezuela, la escritura mediática debe ser la misma: eminentemente periodística; y no novelesca o poética. La construcción del hecho y la jerarquización y prioridad de sus componentes no los decide el deseo o imaginación del periodista, ni el formato o soporte del medio (no hay nada más insultante que la domesticación y vulgarización de la sentencia: "el medio es el mensaje"), sino la propia realidad material. Atendiendo así con prioridad y casi diría con total exclusividad, al qué y al cómo han sucedido los acontecimientos o hechos, y dejando el porqué para la posteridad, si es que el hecho la merece y requiere. La realidad es mucho más jugosa y rugosa, mucho más profunda e interesante que la vulgar ficción volitiva y especulativa. Y no atenderla tal cual es, en su contingencia y crudeza, nos lleva al momento periodístico (hablo de los medios en general, hay ciertos periodistas concretos que se salvan) actual: supuración de metáforas trascendentes para dar un sentido, un carácter de necesidad y totalidad a un hecho aislado e independiente del sentido general. En el que se traslada el sentido de la novela a la propia vida privada y al ejercicio sobrio de la técnica periodística.

La literatura (hablo de su estereotipo e identificación con lo épico-poético) transmite siempre un sentido total dentro de un universo sin "afueras", sin alteridad, sin un exterior o un interior. En el momento en que encontramos exterioridades e interioridades en la novela o la poesía, ya no nos centramos en cuestiones estéticas, sino de otra índole: políticas, sociales, morales, autobiográficas del autor, que en ocasiones ayudan a comprender la obra, y en otras, embrutecen una legítima interpretación, pero que en todo caso, la exceden y sobrepasan. Siempre resultan adjetivaciones a lo sustantivo o añadidos decorativos a lo operativo por sí mismo. Es decir, al sentido estético de la propia obra (me distancio de Adorno en este caso) es independiente de la política, aunque casi siempre estén vinculados y relacionados (complementados uno por el otro) no tiene por qué ser así siempre, y sería perfectamente imaginable una estética despolitizada (así lo ve O.Wilde). El estilo novelesco (de la novela) opera pues en un plano unidimensional, por muy plural que sea, todo se envuelve e integra (en sus propios términos) en una unidad de sentido, en una totalidad cerrada e impermeable, sin dejar cabos sueltos que puedan subvertir su propio sentido interior. Aunque sea una novela del absurdo o hayan cabos sueltos (a causa de escribir mal), su sentido sería el absurdo y los cabos sueltos no serían más que vicios o defectos del engranaje, en ningún caso "otro sentido"; pues no hay un "más allá del límite del texto" al que puedan socorrerse para alterar o subvertir el sentido  homogéneo. De está  misma manera literaria o novelesca (poética), el periodismo pretende acceder y aprehender la realidad, pues a mi juicio, así lo demanda también una gran parte de la sociedad subsidiaría de lo mediático; hay que darle sentido a la vida incluso a costa de la propia realidad, esta puede ser sacrificada a cambio de más sentido. No hay mas que ver las audiencias de los telediarios del sentido, o los lectores de los diarios poéticos (véase un portada dibujada de una sección de El Mundo, dedicada al niño de la ballesta). La escritura periodística es actualmente un yacimiento del sentido, un aparato o una maquinaria que pretende construir los hechos contingentes y espontáneos de la realidad, aquello imprevisible, ilimitado e irreversible de lo concreto y particular, como una narración de la necesidad, inscribiendo en un juego de  palabras, lo contingente como prueba de la necesidad, como una novela de lo real.

 Una literaturalización de la realidad que de una explicación con principio y fin, con suturación y remedio, con inicio y desenlace que resuelva el desamparo de la conciencia media ante la falta de sentido; entendido como necesidad, unidad y totalidad acabada. No olvidemos que estos recursos sirven para ocultar la especificidad y singularidad de la acción del hombre y los hechos particulares de la realidad. De ahí que como una jauría, surjan psicólogos de debajo las piedras, cada cual, con una teoría o una explicación más ingenua y manida sobre el "cuento del asesino". Pretenden solucionar los problemas morales a base de psicólogo y psicología. He llegado a escuchar por parte de la propaganda progre-posmo, atrocidades intelectuales como: "la falta de comunicación entre padres e hijos", "el niño pasaba muchas horas solo", " La falta de atención de los padres", "influencia de los videojuegos y las webs bélicas"... Son capaces de decir que los días de lluvia o los grumos del colacao pueden generar actitudes violentas. Estoy completamente seguro que el niño hizo una lista de sus víctimas, se armó con una ballesta y un cuchillo y se fue para el colegio, para llamar la atención y demostrar a sus padres que sirve para algo, que también tiene una vena creativa, que quiere pasar más tiempo con ellos...O mejor aún, estaba tan cabreado por la hipocresía de este sistema capitalista, de la corrupta casta política y funcionarial de este país, que tomó la decisión de destruir el "sistema"; o quizás con trece años, no supo distinguir la realidad virtual de un videojuego y la virtualidad real de la vida diría, estoy plenamente convencido que no podía dormir pensando en estos problemas, y que pensaba demostrar que la realidad  era un juego sin vida ni muerte (como los dibujos animados). Desde luego, la culpa la tienen los Teletubbies, el Grand Theft Auto, y las películas tipo "Los juego del hambre". 

Además del ala posmo-bobo; también existen narraciones literarias conservadoras (de políticos y periodistas), como por ejemplo las declaraciones de nuestro autista ministro de interior (a veces, junto con Montoro, me parecen un imposible metafísico) Jorge Fernández Diaz: "Debemos reflexionar sobre qué tipo de sociedad estamos construyendo, qué tipo de valores estamos inculcando a nuestros jóvenes". Declaraciones por el estilo, no sólo muestran la puerilidad del pensamiento del pobre ministro, allá él con su capacidad intelectual, sino que responden a una propaganda común de distintos medios de comunicación conservadores, que a cada acontecimiento por el estilo, cantan como gallos consignas del tipo: la crisis de valores, el nihilismo de nuestra época, la necesidad de un orden moral (Dios), la apología de la violencia en nuestras sociedades... Y por supuesto, la siempre pérfida y séptica sociedad. Como si nunca antes hubiera habido asesinados y asesinos en el ámbito de lo doméstico. Cuando se convierte el lenguaje en titulares de impacto, y la escritura en una colección o agrupación sin cuidado de palabras usadas, recicladas, repetidas y reutilizadas, se inician los procesos sentenciadores de sentido del periodismos, como por ejemplo lo de "el fin de una época". Como si eso se pudiera saberse al instante, en el mismo momento que se esta viviendo el suceso, en el momento en que se necesita la inmediatez del sentido; y no cuando el poso de la historia se aposente en un plano frío y sólido de  narración de lo contingente.

Mi "editora" R. durante una larga conversación de lo más agradable e interesante, me objetó la tesis del mal sin-sentido o mal gratuito que un servidor ha mantenido en anteriores publicaciones. Resumiendo, ella objetaba, con una sencillez y rotundidad argumentativa virtuosas, que el sujeto que ejerce el mal, sea este banal o no, posee una concepción muy clara de la vida y la muerte; y ciertamente esto debe ser así también en el caso del niño o adolescente (no sé ya cuando empieza; y en algunos casos no termina nunca) de la ballesta. Pero no creo que su análisis se contraponga al mío ( por lo que recuerdo en lo referente a los medios estábamos de acuerdo), más bien le da un aire ontológico, un fundamento más sustancial a lo dicho. Es cierto que el sujeto que comete el mal, posee una concepción muy clara (en sentido ordinario y no metafísico) sobre la vida y la muerte, pero eso no excluye que el "hecho", aquello que trasciende la voluntad del sujeto y aquello que enmarca su acción, por lo tanto, algo más general y contextual al sujeto concreto, pueda no tener sentido, ser gratuito y espontáneo, imprevisto e ilimitado, para las operaciones narrativas de descripción (que no comprensión; esto viene después y sirve para orientarse), en este caso periodístico. Estando pues de acuerdo con R. (le agradezco su crítica precisa) no creo que se contraponga, sino que complementa y fecundiza mi propio relato del asunto. Es necesario decir para terminar; que lo único que conocemos de los hechos y la noticia, son los relatos y cuentos fantásticos de personajes intensos y sombríos que los medios, en connivencia con el espectador trágico (el que espera la injusta justicia poética al final del relato) han construido sobre la realidad, conocemos el sentido pero no la contingencia del acontecimiento, conocemos su principio y su fin englobados en una necesidad como totalidad acabada, pero no la descripción técnica y mecánica de los elementos inconexos. Lo desconocemos en fin, por nuestra desmesura, nuestra verborrea poética, nuestra atrevimiento e impertinencia hacía lo real, que se muestra por la indiferencia que sentimos por el hecho material y nuestra fascinación casi erótica por el cuento y el relato del sentido; la literatura periodística del sentido.





  






domingo, 19 de abril de 2015

Carnaza perruna



Quizá el acontecimiento informativo no sólo de la semana, sino de los últimos meses, sea la detención mediática de Rodrígo Rato y la escenificación cristina de la redención del Partido Popular. Pues el espectáculo y el circo en sentido estricto, Arcadi en el artículo del sábado (El correo catalán) lo calificaba de "fusilamiento", no es un mero recurso retórico para abrillantar y embellecer las desangeladas y frías páginas de lo virtual (no se posee la proximidad y calidez rugosa del papel); sino la descripción helada de un sabueso de los hechos, un ejercicio de meccano periodístico. Ya que resulta muy curioso que ante una detención de improvisto (el propio Rato la desconocía, evidentemente...) la casta y el pueblo acordarán asistir el mismo día y la misma hora en el mismo portal donde se iba a desarrollar la acción teatral, con las mismas entradas, para lanzar insultos como tomates y ejercer una responsabilidad civil como simbolización de una falsa ciudadanía, pues el poso de esa turba era como siempre el "hombre-masa". Ortega ya lo analizó en términos psicológicos y sociales más que políticos (cabe decir que Ortega jamás habla de teoría política, meramente de sociedad, psicología y etnografía de los pueblos). El "hombre-masa" es aquel que no se valora respecto a categorías individuales sino de aglomeración, que no se valora (sea bien o mal) por motivos específicos o razones especiales (diferencia), sino que se siente "como todo el mundo" idéntico a los demás; un hombre vacío de su propia historia y pasado interior como mesura y medida de sus acciones, dócil a las llamadas intencionales de las tunas colectivas (como resulta el caso de Rato); es decir, como dice Ortega "más que hombre, es un caparazón vacío de hombre".  

 Los personajes iban desfilando y las escenas sucediendo a un ritmo narrativo nada abusivo en lo estético, pero harto cuestionable en lo ético, periodistas y populacho se regodeaban, unos en la noticia  del año, otros en la sucia y contaminada conciencia satisfecha del mal ajeno. Quede claro que a mi gusto personal, los tipos como Rato, católicos puteros (véanse los gastos de su tarjeta black-B), evasores fiscales con ínfulas de grandes empresarios, hombres arrogantemente ricos, vanidosamente ignorantes de lo público, e hijos predilectos del provincianismo conservador (PP), me parecen algo peor, si cabe, que el pijo-progre de salón o la izquierda de violín. Mi gusto por la misantropía (la insociable sociabilidad kantiana) se ve alimentado por la "carnaza perruna" que envuelve la totalidad del espacio público (limitando con mi blindado y lujoso jardín de lo privado), cualquier rincón sombrío, cualquier arista marginal, cualquier acontecimiento manufacturado, producido y dirigido por las instituciones redentoras, en esta época electoral, constituye un yacimiento de carroña y carnaza para los periodistas de agencia y el mal llamado pueblo. Que acordarán interpretaciones y textualidad de sus noticias, más noticiosas de lo deseable. No voy a caer en las cautelas excesivamente higiénicas de Arcadi que le hacen dar la mano con guantes y andar por la calle con mascarilla, esta vez a representado el papel del asiático en la redacción. A mi juicio, sí se puede y se debe poder juzgar la responsabilidad política de un sujeto antes de que sea condenado por los tribunales, pues a veces la presunción de inocencia se hiperboliza, y se convierte en presunción de estupidez hacia el lector o espectador. Pero no debe hacerse como colectividad pútrida, sini como individualidad responsable y constituyente en la pluralidad, de un cuerpo político serio. En los tribunales se disputa la interpretación de los hechos (de las muchas que permite no sólo la ley) y el juego lingüístico que permita reescribir los "actos de habla"  y los actos (hechos) a secas en referencia y asimilación a la red de simbolismos, significantes y significados de lo establecido a derecho, como legal (de iure). Pero en ningún caso se disputa "la verdad" de los hechos de la realidad como dice Arcadi; pues el soporte, el trasfondo o el sostén de estos hechos no es la "realidad" percibida por el sentido común (el sentido más político según Arendt) o "científico", sino una red semántica efectiva y material que podríamos traducir petulantemente por "tecnologías de subjetividad" (Foucault). Que interpretan los hechos en función de sus axiomas constitutivos, en función de sus propios términos (sostenidos estructural o institucionalmente) que no tiene por que ser los términos del sentido común o real (político).  

¿ No deberían  abandonar su cargo Cháves, Griñán, la inombrable E.Aguirre, A. Mas, Rajoy (...) por los innumerables desajustes nacionales que han producido? Tengan o no tengan carga penal, sí la tienen política e incluso estratégica. Por lo tanto no deberían irse porque la butifarrada o la chirigota popular lo aclamase con una sola voz, sino que deberían haber sido expulsados por la propia red institucional y el propio tejido de determinaciones políticas materiales (aquellas que están al margen de la voluntad, sea de individuos o colectivos como los partidos) que aparecen como "el orden", " seguridad" y "estabilidad" que hay que preservar en la comunidad política; pues no sólo es el núcleo doctrinal del conservadurismo, dicho así sin vergüenza generalizadora ninguna; sino el presupuesto político de todo Estado moderno que se preste más avanzado que el tótem como modo de centralización del poder y organización social. Cierto es que en el caso de R.Rato, su figura travestida en lo público impedía saber si era rata o ratón, si era un actor político o si se trataba de un miembro de la sociedad civil con 78 cuentas bancarias. Promiscuidades a parte, y no me refiero sólo al dinero, lo que pretendo no es analizar la calidad política o penal de Rato, sino ver, cómo los medios de comunicación y "el pueblo", acompasados por el gobierno, han obedecido órdenes en lo referente a marcar la agenda mediática de este país. Pues lejos de creer en teorías conspirativas, bien es cierto que el impulso violento (así es en sociedades que se precien liberales) de querer dirigir el qué decir y el qué noticiar, acompañado de la docilidad y servilismo de los babosos medios de comunicación, hacen pensar que los aires épicos de la política concreta, singular y existencial si se quiere, quedan muy lejos frente a la construcción estructural institucional, y la unidimensionalidad semántica y léxica del lenguaje político socialdemócrata-tecnócrata de nuestro presente. 

Mi presentimiento se cumple, la re-construcción de lo público a gran escala, único modo de cambiar lo establecido, excluye lo ético de sus fila, y expulsa la moralización de todo tipo de acción, para dedicarse en el noble vicio de reparación y superposición de hegemonías. Quizás Weil tenga razón y sólo nos quede confiar en la toxicidad y degradación periódica del poder, como modo de abrir brechas en lo hegemónico, que permitan la posibilidad de re-introducir viejas nuevas políticas. ¿será Rato el nuevo Bárcenas, la nueva víctima sacrificial y redentora para la hegemonía, es decir, carnaza perruna para el sistema de partidos, las facciones de partido (medios de comunicación) y "la masa" ? ¿permitiría una vieja nueva política remediar los sacrificios y redenciones de nuestros acontecimientos políticos, o como dice Zambrano, lo sacrificial en nuestra cultura no depende de la "razón histórica" (que siempre se puede cambiar, pues es contingente y ofrece alternativas), sino que es consustancial al "ser del hombre"; a la propia interioridad e intimidad de la persona? 












domingo, 12 de abril de 2015

El silencio y el arte de la escritura


Tan sólo ciertas amistades exóticas y cierta filosofía silenciosa, son capaces de higienizar el propio lenguaje personal; ciertas lecturas frías y acompasadas por el ritmo de lo eterno y ciertas conversaciones amistosas cuyo objeto es la experiencia de lo real y no la ficción del choteo lingüístico, sea este esotérico o exotérico; permiten huir de la ignominiosa presencia desmesurada de la conciencia autoreflexiva. Tan impúdica estéticamente (éticamente) como impertinente resulta en lo intelectual. Pues si en las chozas gramaticales se regocija la esencia de la teoría, su traslación práctica a lo real, abandona toda cautela para con el desahucio semántico al que se enfrenta, disolviéndose la comprensión en el acontecimiento como el azucarillo en el agua. Nada más pesado y fatigoso que soportar la adjetivación adúltera y lujuriosa del sustantivo (Josep Pla buscaba un único adjetivo para un solo sustantivo), la negligencia en la técnica sulfurante del intelectual de salón o de plaza, y su arte libre de pensar. Un ejercicio aeróbico de la razón que pierde su contenido empírico, como quien pierde el contenido de un saco roto; pues pensar en el aire como el escribir en el agua, sólo sirve para rellenar los arenales del olvido. Si la escritura, aunque promiscua y expansiva, persigue los fines (sin fin) de todo pensamiento, es decir la comprensión (que no debe confundirse con la información ni con el conocimiento científico) de lo real a través de un proceso de reconciliación y aceptación de la realidad, un proceso sin fin pero con resultados nítidos y en cierta medida efímeros; al menos habrá logrado afirmarse como una voz legítima y autorizada para decir algo sobre el mundo; singularizándose en la charca de lo común. 

El ejercicio vanidoso de afrontar la escritura y la palabra, desde la castración popular o el abultamiento académico, y no desde el saludable ejercicio de podar y limpiar la lengua propia, no permite precisamente esa tarea de comprensión; de tal modo que ni la claridad chata y corta del analítico o la incontinencia y verborrea del barroquismo continental (que como decía Borjes, es un acto de narcisismo imperdonable) no hacen otra cosa que parasitar en lo verdadero, contaminar el lenguaje operativo y funcional, bien por la simplicidad estéril del tecnicismo, bien por la adulterada sentimentalidad. Eliminar todo rastro de inhumana humanidad, todo rastro de emoción coagulada y todo rastro de pétrea y afilada conceptualización narcisista, debería ser la tarea de todo escritor, como el trabajo artesano de pulidor de lentes: depurar todos los delirios de ensimismamiento del lenguaje, sin pretender por ello creer que se puede cambiar a los hombres ontológicamente: sus deseos incontrolables o sus voluntades embriagadas, y su posos constitutivo de basura infantil. Pues no quedaría tampoco nada interesante para la "vida" en sentido corporal e inmediato. Asumiendo el contagio del lenguaje "en todo", incluso en lo más soterrado del deseo, véase el sexo, la pasión, el hambre, el poder, la imaginación, la necesidad, la guerra incluso (...) no me resisto a creer en una zona blindada al silencio - aunque Sartre (Conversaciones con Jean-Paul Sartre) concibiera el silencio como reaccionario, pues representaba al ser-en-si, la piedra y el pedazo de madera, en el ser-para-sí que le correspondía en tanto que "hombre" que habla y actúa - que permanezca en todos los ámbitos de la vida espiritual. Ya que en el campo de la vita activa (política) sería una tesis imposible e indigna de sostener. 

Esos pequeños espacios de silencio deberían ser impermeables al parlamentarismo embrutecedor del lenguaje sobado de la cotidianidad y la especialidad, pues como único rincón en el que la narración de la propia identidad no viene dada por el reconocimiento de lo "otro", por la red de determinaciones causales o materiales, o por la influencia exterior de sombras y fantasmas psíquicos; sino que aparece como aparece lo real, como un hecho del que hay que partir sin origen concreto o ininteligible, debería preservarse tanto en la escritura como en la palabra hablada, Las atrocidades de no definir el límite fronterizo, no de lo pensable, sino de lo textual, lo escrito o lo hablado, pueden adquirir tamaños considerablemente peligrosos para la salubridad individual y la economía anímica. Saber callar, no decir, saber depurar la escritura, concretar el texto, abandonar el debate cuando se camina hacia el empache, y en definitiva mantenerse en un "yo" presentable y reconocible para uno mismo, sin necesidad de ninguna curación o encaje lingüístico, más que la inmediatez, es en lo que consiste, a mi juicio, el "arte de vivir" lo privado y el "arte de escribir". Sin caer en el llanto, que es de por si demagógico y el mayor acto pedante de autoconciencia, debe poder describirse lo trágico, lo cómico (si puede distinguirse uno de otro), lo real y lo imaginario con un mismo tipo de aproximación lingüística, con un mismo modo de comprensión de lo real y una misma voluntad de veracidad, aunque sea desde perspectivas y puntos de vista distintos. Pues aquellos elementos que decía Sartre que compusieron su personalidad, excéntrica si se quiere, fueron una cierta dosis de violencia infantil y la insobornable soledad, dos elementos clave que creo, pueden extrapolarse a nuestros escritos y nuestra palabra hablada; como medios de emancipación e integridad en la escritura, y medios de dignidad y calidad en el habla. 

 Pleonasmos tales como el de "columna literaria" que se dice en el periodismo, son el vivo ejemplo de la concepción limitativa y privativa, sectorial y elitista de la literatura, esto es, de la escritura autoconsciente (barroca o analítica). La perplejidad que me produce el término "columna literaria" me impide averiguar cuál es el fundamento de dicho término, pues la aceptación de dicha distinción, es la aceptación y quizás interiorización en el habla, de esa noción de escritura que venimos denunciando como vergonzosa supuración de metáforas vacías y demás recursos de simplificación-reducción y contagio sentimental. La expresión de esta noción de escritura y palabra que no respeta el silencio o la delicada geometría literaria, no tiene su síntoma en la separación por géneros, sino en la noción propia de estilo literario. No me parece que el periodismo (dicho como universal), en tanto que género literario, trate superficialmente los problemas (así como si lo hacen algunos periodistas), por ejemplo el poder; sino que representa otro punto de vista, otra perspectiva distinta sobre un mismo objeto o problema, que puede ser agenciado por ciertas disciplinas discursivas que impiden su apropiación común, y que prefieren, en función de réditos intelectuales, privatizarlo como propio, único y exclusivo. Por lo tanto, veo el género como una forma de tratar y procesar contenidos y objetos, y lo que se considera estilo me parece una impostura; todo estilo es siempre un pastiche de estilo. Bien es cierto que es un mecanismo de identificación ególatra de la autoria del texto, pero su perverso reverso es la expresión escritural autoconsciente, es la posibilidad de repetición, de copia y bancarrota literaria: véase el umbralismo con perfume a pachuli que se gastan gran parte de los columnistas que se consideran herederos de Francisco Umbral - por ejemplo los pastiches  de Antonio Lucas, el vodevil exagerado de la prosa de Jabois, o los latinajos mal trabados y los bodegones narrativos de Raúl del Pozo, son la verdadera hiperbolización atroz del umbralismo -  escritor aclamado y de vergonzosa y descompensada prosa. 

Así pues el único estilo, si es que caben categorizaciones al margen del género (la posmodernidad lo pone en cuestión), es el anti-estilo, lo que se ha venido a llamar el "estilo contra-mandarin" (A.Espada), transparente e imposible de copiar. Representantes del mismo son desde G.Orwell, J.Camba, O.Wilde (en sus ensayos) pasando por H.Arendt, L.Strauss y en lo referente al ámbito más local, R.S.Ferlosio o A.Espada. Cuando hablo pues de estilo, me refiero siempre a un anti-estilo, y cuando hablo de literatura hablo de cualquier tipo de escritura (se enfoque sobre una novela, o sobre una carta comercial), pues al escribir se pretenden superar los mismos problemas lingüísticos que en literatura. En mi caso, desde que escribo y leo lo que otros escriben, no tengo otra sensación que la de estar leyendo y escribiendo según una operación y función literaria. Pues por literatura entiendo la resolución de los infinitos problemas de la escritura: claridad (aún en lo oscuro), eficacia, rigor, precisión, geometría, y en definitiva romper el hielo del pensamiento confuso; silenciando el ruido, el rumor, el eco, la charanga metafórica y la chirigota sofística. Evidentemente eso no quita, que algunas columnas, algunos libros sean de narrativa, poesía o ensayo, me parezcan insoportables y una verdadera infamia. Pero no configurarían el elenco de la no-literatura, sino la de los escombros literarios. El escritor no puede ser un idiota y un irresponsable al que ya le salvarán las metáforas. Por el contrario, el escritor y la escritura, tiene que saber lo que narra y expresa; y su aproximación a lo real o al objeto (problema) debe ser la misma que la de cualquier otro sujeto, pero desde otro punto de vista. Parece que el escritor tiene aforamiento y gula para desconocer de lo que habla ¡que ya le salvará el estilo! Esa concepción es una de las vejaciones más inmensas y profundas para cualquier oficio relacionado con la escritura. El único límite de la escritura debe ser el silencio, pero no el estilo u otras manufacturas industriales; y su única función: la creación, nacimiento y plasticidad del lenguaje; y no la repetición y la copia. 


















sábado, 28 de marzo de 2015

El mal sin porqués




La densidad de la textualidad informativa en busca de porqués y de causas del caso del "piloto de los Alpes"( el piloto de Germanwings que estrelló el avión en los Alpes acabando con la vida de 150 personas) para subsanar los errores de "control" de trabajadores, sus voluntades y sus conciencias, con la asfixiante regulación burocrática y la estupefaciente vorágine psicologista de examinar mediante "test" (altamente sospechosos, chatos, e impertinentes) aquello que no puede ser nunca detectado (el mal sin razón y sin porqué); lleva ocupando los interminables e infinitos espacios informativos de las sobredosis (borracheras) de las llamadas "sociedades de la información". Cuya crítica , hoy ya insuficiente y de manual, consiste en decir (desde F.Savater, a R.M.Calaf) que el aluvión de informaciones es tal, su flujo incansable y continuo tan sofocante, que no permite filtros, análisis o criterios de selección crítica que determinen lo veraz de lo falaz. Cuando lo realmente preocupante y a su vez interesante; pues si se es un persona de inteligencia media, ya dispone él de los métodos y recursos intelectuales (y los amigos in extremis) para subsanar problemas de veracidad informativa; consiste no en atender a lo que se dice y el cómo se dice (relevantes también, pero en radio y televisión inconmensurables), sino en el contexto (el medio) en el que se produce. Atendiendo  a su vez, al "meta-relato" o meta-lectura del "decir mediático", esto es, las condiciones de posibilidad que permiten decir lo que se dice, como muy bien dice Rafael Sánchez Ferlosio. Pues en último término, en las también llamadas "sociedades de la expresión" (recuerdo que Lipovetsky las describe como sociedades de la expresión, la realización y la información, todo ello personalizado y a la carta; narcisístico), las opiniones son libres en el peor sentido de la palabra, y el contenido y su forma pueden ser de lo más séptico y vulgar, de lo más vacío y espectral; y por ello corresponden al insobornable ámbito de la mitomanía subjetiva, tan arrogante y sugestiva a la vez (al menos en algunos casos).

La exposición excesiva de "lo noticiable" ( no de la noticia en-sí) para la conciencia media, y tan normal para la lógica retórica de la información (televisiones, diarios, radios, han hecho el agosto con ella), no sólo cae como una piedra en la charca mediática, creando surcos de agua que inhabilitan cualquier noticia cualitativa-mente mayor pero cuantitativa-mente insignificante; sino que expresa de manera viva y voraz, dos fenómenos propios de los medios de hipertrofia  (R.S.Ferlosio)  de la hiperealidad (virtualidad-realidad, véase en el blog "bajo la lluvia"); es decir, de hipertrofiar la hipertrofiada realidad vapuleada. Estos son: A) la ascendente "politización de lo social y el prejuicio hacia lo político"; y  B) la necesidad parasitaria, expansiva y efectiva del "ocupar", del "extenderse" o el "rellenar"  los espacios sociales inexpresivos, de no-expresión, con ruido y zumbidos,  sin permanecer en silencio, en blanco. No voy a detenerme en el punto (A), pues mucho he escrito y se ha escrito mejor que yo sobre el asunto (véase "sobre la revolución" de Hannah Arednt...). Me interesa en especial el punto (B), que nos obliga a recurrir una vez a la lucidez viperina de Ferlosio, para comprender, que los nuevos "medios" de comunicación, a los que llama "el juego de las cajas vacías"; envuelven pegajosa-mente la totalidad de la temporalidad existencial de lo personal y lo inerte o indiferente. La totalidad de los acontecimientos en el mundo, y sólo permanecen segundos en solitario, en silencio, pues, en breves instantes son acompañados por una nube de sombras buitreras de ensordeceros aullidos y crecimiento canceroso. Pues es verdaderamente extenuante el tener 24 horas de qué hablar, siempre impuesto por la agenda y el orden del "relleno" al silencio, que generalmente suele obedecer o bien a una dinámica despersonalizada  (sin consciencia ni voluntad) del suicidio político, o bien a sectarios intereses de dudosa y hedionda procedencia empresarial. La ensordecedora falta de silencio parecerá una novatada sin importancia, pero constituye una inversión  diacrítica del proceso de construcción y recepción de la información. Los medios de comunicación ya no sólo juegan, como se les acusó, ha construir la realidad y nuestra referencia al mundo, es decir el objeto mismo de información, sino que ahora manufacturan y moldean las figuras o las condiciones de posibilidad de la subjetividad, construyen como un castillo, las estructuras mismas de la subjetividad del espectador; no es nada que no hayan descubierto otros (teoría crítica) antes que Ferlosio, poro quizás no con tanta brillantez literaria y expositiva (exceptuando a Benjamin).

Lo relevante de  todo esto para nuestro caso de "aviación criminal", es que se produce ( no surge espontáneamente o naturalmente) al espectador de la tragedia (emplazado a esperar la justicia divina , el reconocimiento, y la explicación del sentido), y se le obliga a introducir en el esquema de su conciencia la necesidad de responder a las causas, al culpable o responsable  y el porqué de todo acontecimiento; obligado a pensarlo en términos psicológicos, regulativos, normalizadores, estándares y en clichés, que más que buscar comprender (incluso la no explicación o la ausencia de razón es un comprender), buscan revitalizar rápidamente el desbarajuste técnico, el hueco práctico y "rellenar" el silencio, la falta de explicación. Pues la figura del copiloto Lubitz no responde ni a la anatomía anímica de un "eichman" (la banalidad del mal), ni al mal fabricado como sujeto de guerra como en el caso " Eatherly" (el piloto de Hiroshima), ni mucho menos a ninguna aparición teológica del mal, se exprese como alegoría bíblica o como traducción fundamenta-lista (terrorismo). Más bien su figura responde a un asunto mucho menos decorado por inclemencias histórico-políticas, y más dispuesto a ser condimentado de apreciaciones ontológicas desprovistas de trascendencia, sin más reflexión que su inmediatez: el caso del mal como correlato de la libertad humana. Un tema bien expuesto por Sade (y Kant), pero que sólo podemos ver en su absoluta plasticidad en el cine de David Lynch (véase Lost Highway o Terciopelo azul) ; la aparición del mal sin motivo, sin redención, sin causa, casi absurdo y surrealista si se quiere, pero que no juega dentro de ningún compartimento de aprehensión categorial posible, y que escapa como jabón mojado, de las manos de toda red intelectual de entendimiento.

 Así  el piloto, que no se parece en nada al piloto de Relatos salvajes, pues este tenia distintos motivos (sucios y divertidos) basados en rencillas personales; y descendía a la muerte acompañado de sus incriminados, no tenía (como aquél) ningún motivo razonable y perceptible, para terminar como acabó, y que yo sepa - a menos que no me haya enterado - ni las depresiones ni bajas laborales, ni el siempre sobado "dolor de amores", conllevan el indeseable implícito de estrellar aviones. Pueden alegarse miles de causas irracionales e imperceptibles de antemano, a priori, y que ahora se ven indefectiblemente como "la causa" de siniestro (como se jactan los periodistas de decir), pero lo cierto, es que no pueden conocerse todos los impulsos destructivos de la condición humana; el cine, y no sólo el de Lynch, nos dan gran muestra de ello. No es tan difícil, ni debería serlo, el romper el encasillamiento que nos produce la fabricación y producción de espectadores trágicos (en el que siempre el sufrimiento y el mal provocados por la injusta justicia divina, al fin terminan con un reconocimiento en un sentido epistemológico y político); para observar la realidad sin mediatizaciones hipertrofiadas, y reconocerla tal como es, a veces azarosa y sin sentido.